Vitalio acomodado frente a su escritorio con el portátil y una taza de café, pensando que solo debía…

Ignacio estaba sentado cómodamente frente a su escritorio con el portátil encendido y una taza de café humeante. El silencio de la tarde madrileña flotaba en el aire espeso de junio, cuando un sonido metálico e irreal de teléfono irrumpió en la habitación, vibrando como el eco de una campana lejana. El número en la pantalla no era conocido, parecía venir de un sueño ajeno.

¿Diga? balbuceó Ignacio.

¿Ignacio Benítez Ocaña? Le llamamos desde la Maternidad de La Paz. ¿Le suena el nombre de Lucía Jiménez Salvatierra? la voz era vieja, masculina, con notas de polvo y relojes parados.

No No conozco a ninguna Lucía Jiménez. ¿De qué se trata exactamente? respondió Ignacio, con la mente parpadeando como si aterrizara en otra realidad.

Sucede que Lucía falleció ayer, durante el parto. Llamamos a su madre y nos indicó que usted es el padre de la niña hubo un silencio, tan largo que Ignacio oyó su propio latido.

¿Qué niña? ¿Padre de qué? ¡No entiendo nada! el aire se volvió más denso, casi invisible.

Lucía dio a luz a una niña ayer. Usted figura como el padre, si realmente es Ignacio Benítez Ocaña. Necesitaríamos que pasara por la maternidad mañana mismo, hay que decidir algo la voz arrastraba las palabras, como si anduviera descalza por pasillos infinitos.

¿Decidir qué? Sólo recibía frases huecas, como si siguiera nadando bajo el agua.

Mańana. Maternidad de La Paz, pregunte por Nicolás Herrera. Ese soy yo. Allí lo aclararemos todo.

La conversación quedó cortada, y el silencio cayó como una cortina pesada. Ignacio seguía de pie, apretando el móvil hasta que la realidad volvió a empujarlo. La taza de café, entre las manos, ya estaba fría y extraña. Lucía ¿Qué Lucía? murmuraba, vagando por el piso, mientras las paredes se alargaban y el reloj deformaba sus cifras.

¿Cuánto dura un embarazo? trató de calcular, como si buscará el final de un laberinto dentro de otro. Nueve meses. Ahora es junio ¿Entonces, en septiembre? Todo giraba. Cafés y veranos y aviones. Y una imagen borrosa de una playa en Cádiz, la luz dorada sobre la arena, la risa de una muchacha de ojos claros, difusa ya en la memoria: Lucía.

Ignacio nunca fue de compromisos. Cuarenta años y sin boda, menos aún hijos. Siempre escapando de cualquier lazo, como si fuesen sogas invisibles. Su vida era como una línea recta, y no planeaba desviarse por otra Lucía.

Pero en la noche, mientras la luz de la luna de Madrid entraba gris por la ventana, un peso frío, humedad de cementerio, empezó a instalarse en su pecho. Lucía muerta, el nombre resonando como una campana sumergida, y algo viejo y desconocido agitándose en su interior.

La niña Pues que se la quede su abuela. Yo no tengo nada que ver, podría ni ser mía decidió Ignacio, convenciéndose de que debía firmar un papel y nada más. Y sin embargo, el sueño no venía; pensamientos disparatados rompían la quietud, y una inquietud extraña le apretaba el estómago.

No recordaba bien su rostro un destello de risa junto al Atlántico, una mirada azul perdida en la noche andaluza. Y ahora Lucía, como una figura tendida bajo una sábana en el depósito de cadáveres, un cuerpo que ya no podía ser ella.

Mientras caminaba por los pasillos infinitos de la maternidad, bajo la luz amarilla de los fluorescentes, Ignacio vio las caras flotando a su alrededor, deformes y tristes. Nicolás Herrera, el médico, lo invitó a pasar.

¿No quiere ver a su hija? preguntó Nicolás.

No. Quisiera antes hablar con la madre de Lucía. ¿Dónde está? dijo Ignacio, con la voz como un eco lejano.

La tiene ahí, sentada en el pasillo. Acaba de pasar junto a ella repuso el médico.

Ignacio vio a una mujer pequeña, vestida de luto, ausente como una sombra. Tres pasos, y se plantó ante ella.

Buenos días dijo apenas, la garganta tan apretada que parecía no ser suya.

La madre levantó la vista; sus ojos eran espejos rotos, llenos de sal, tan tristes que Ignacio sintió vértigo.

Es igualita que Lucía, pensó, sorprendido de la coincidencia de los rostros en los sueños.

Me llamo Carmen. Carmen Salvatierra, la madre de Lucía dijo, voz de hilo.

Yo soy Ignacio Benítez añadió él, sin saber por qué.

Lo sé. Lucía me hablaba de usted. Pero ya jamás me dirá nada y Carmen rompió en llanto, diluyendo los bordes de los pasillos.

Ignacio no supo moverse, sentía como si el aire estuviera hecho de gelatina. Carmen secó sus lágrimas.

No renuncie a su hija, se lo suplico. No puedo dejar que mi nieta acabe en un orfanato, ¿lo entiende?

Pero Si usted es la abuela, se la darán a usted. Y mientras, pensaba: No parece tan mayor, casi de mi edad

No me la darán. Tengo problemas de salud: insuficiencia cardíaca. Sólo pido que la reconozca. Yo la criaré, no le molestaremos, lo juro los dedos de Carmen temblaban en el aire, como mariposas asustadas.

Ignacio la llevó al despacho del director.

¿Qué tengo que hacer para el reconocimiento? preguntó, las manos sudorosas.

Una prueba de ADN dijo Nicolás Herrera, observándolo como si pudiera leer pensamientos. ¿Ya han elegido nombre?

¿Nombre para?

Para la niña. ¿Cómo la llamarán? el médico sonrió ligeramente, desplazando el despacho hacia otro plano imposible.

¿Quiere verla? insistió Nicolás.

No ahora no Ignacio miró a Carmen, que asintió comprensiva.

Todo quedó zanjado con una velocidad absurda, detalles legales esfumándose bajo la luz de neón. La prueba confirmó la paternidad: una niña, y era suya. Ignacio no supo si llorar, salir corriendo, o quedarse allí flotando. No podía dejarla sólo con Carmen, pero tampoco lograba decir hija; era la niña, sólo la niña.

Les ayudaré. Mandaré dinero, compraré lo necesario, pero nada más, decidió para sus adentros.

Cuando la vio por primera vez, envuelta en una tela rosa absurda de encajes y lazos brillantes, Ignacio sintió un nudo seco en la garganta. Carmen destapó la esquina del fardo con ternura.

¿Quieres ver a la pequeña? ofreció ella.

No llegó a contestar. La puerta del despacho se abrió de golpe y Nicolás Herrera llamó a Carmen. Ella puso a la bebé en brazos de Ignacio; un vértigo lo poseyó. El bulto temblaba y despedía un olor dulzón, extraño, como algodón de azúcar en carnaval. De repente, un maullido, luego un llanto desesperado, y al mirar a la niña Ignacio vio su propio reflejo en miniatura.

La criatura se le quedó mirando ojos redondos como lunas y, por un instante fugaz, le sonrió. Ignacio sintió que el suelo se disolvía, y se sentó en una silla, balanceando suavemente el bulto. La bebé se calmó, como si ya se conocieran de otra vida.

Carmen apareció de nuevo.

Dámela, anda.

No, déjamela. Me acaba de sonreír Ignacio sonrió, por primera vez en siglos.

Vámonos a casa, Carmen. Juntos. Lo haremos juntos dijo, y sus palabras flotaron en el aire de la maternidad como una promesa desbordada en aquel Madrid irreal, al filo de lo imposible.

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Vitalio acomodado frente a su escritorio con el portátil y una taza de café, pensando que solo debía…