Te cuento, mira: Elena venía de un pueblo pequeño, de esos donde todo el mundo se conoce y cualquier cambio es noticia. Allí le atravesó Cupido con su flecha, sí, ¡así tal cual! Elena se enamoró de Alejandro, y él también cayó rendido por ella. Así que un día decidieron dejar atrás su terruño y empezar nueva vida en Madrid. Cuando le dijeron a sus padres que se iban a la capital, les contaron que querían ahorrar para poder celebrar la boda a lo grande. Y sí, se fueron a currar; pero al final decidieron que el dinero no lo gastarían en una boda tradicional.
Estaban hartos de ver la moda de los madrileños jóvenes, que llegan a sus bodas en zapatillas y vaqueros, aceptan regalos solo en euros y, en vez de banquetazo, organizan un picoteo, o incluso una videollamada, y el dinero de los invitados acaba en el pago de la hipoteca.
Eso hicieron Elena y Alejandro. Pero claro, las madres, cuando volvieron a su pueblo, les montaron una pequeña celebración, muy modesta y muy familiar. En Madrid no tenían apenas conocidos. Todo esto te lo cuento para que te hagas una idea del tipo de personas que son, y puedas imaginarte el carácter que tienen
Han pasado cinco años desde aquel sí, quiero. Decidieron esperar antes de tener hijos, porque tenían que pagar la hipoteca entre los dos. La madre de Elena era de armas tomar, crió a su hija sola y no se le pasaba una llamada sin recordarle que estaba más que preparada para tener nietos. Pero Elena sabía que si vivían juntos con la madre, acabaría cada uno por su lado. Sin prisa, siguieron aplazando lo de tener familia.
Y de repente, Elena empezó a tener pequeñas manías con Alejandro, algunas de ellas ya eran antiguas, pero ahora empezaban a molestarle de verdad. Un día me llamó:
Habla horas con otros por teléfono, pero conmigo hola y adiós, y poco más.
Cuando llegue del trabajo, hablaréis más, ya verás.
Yo quiero ver películas tranquilas, de amor, después del curro, y él solo quiere ver pelis de miedo.
¿Cuántas teles tenéis? Hoy por hoy, puedes ver lo que quieras en el portátil con cascos. Pero tampoco es vida en pareja estar sentados juntos y cada uno en su mundo.
¡Eso justo pienso yo! ¡Alejandro no me entiende!
Qué reclamación más original
¿Por qué te ríes?
Vale, ya no me río. Elena, ¿cuándo disfrutáis juntos?
Cuando estamos de vacaciones, o cuando vienen visitas esos días es súper atento.
La charla fue larga, casi una hora. Me contó cómo se conocieron, y cómo todas las chicas del pueblo le tenían envidia. Me di cuenta de que Elena tenía una necesidad de lucirse delante de demás, pero en Madrid no tenía a quién impresionar. Ese era el primer problema, y el segundo
Elena, ¿cómo ves el matrimonio perfecto?
Obligatoriamente con hijos.
Eso lo dice todo el mundo, pero tras los hijos, muchos matrimonios se rompen
Mi esposo debería interesarse por cómo estoy, por mi estado de ánimo, por cómo me va en el trabajo Valorar mi ropa, y alabar mis platos
¿No lo hace de ninguna manera?
No, dice que está bueno, pero eso no me basta.
Cuéntame con detalle Él llega a casa, tú le pones comida, ¿por ejemplo?
Sí, le sirvo puré de patatas con filetes, y él
¿Qué hace?
Se frota las manos, sonríe.
¡Eso es un cumplido! ¿Qué prefieres, que te aparte el plato y te diga con mala cara que no tiene hambre?
Elena se quedó callada; creo que ni ella misma entendía del todo su queja. Pero algo le molestaba a su pareja, y yo ya tenía claro por qué. Para confirmar mi teoría, le pregunté por la relación con su madre.
Me contó que su madre era muy expresiva, siempre preguntándole mil cosas, y cuando algo iba mal, siempre ahí para apoyarla y decirle que todo iría bien.
Dicen que nos casamos con quienes se parecen a nuestros padres, y también buscamos quien nos dé mucho cariño. Elena no tenía padre, así que ni se imaginaba que no todo el mundo expresa emociones de esa manera.
Le dije a Elena que, en realidad, llevaba cinco años casada con su madre, y esperaba que Alejandro se comportara igual que ella. Al principio se quedó sorprendida, pero al rato me dio la razón.
¿Y cómo me divorcio de mi madre?
Muy fácil. Cada vez que te enfades o sientas ese vacío, imagina que Alejandro no tiene nada que ver; es tu madre la que está ahí, cuidándote. ¡Él nunca podrá competir con eso!
¡Pues ya está!
¡Eso es todo! Y verás cómo, poco a poco, esos disgustos desaparecen solos.






