Inés entró en el piso de puntillas y empezó a descalzarse con sigilo, procurando no despertar a su madre. Se mordió el labio para no gemir cuando se quitó aquellos zapatos nuevos, que ya le habían dejado los pies como si hubiese bailado la jota durante tres horas seguidas.
¿Qué? ¿Tan pronto de vuelta? ¿Has huido? ¿No te ha gustado la boda? asomó la cabeza su madre por la puerta del recibidor.
Y tú, ¿no duermes o qué? ¿Me estás esperando al acecho? le contestó Inés, más borde de lo que pretendía.
La madre frunció los labios y desapareció en la habitación. A Inés le picó la conciencia. La pobre mujer no había pegado ojo, esperándola, queriendo escuchar novedades, y ella ahí, soltando veneno. Inés entró en la sala, se sentó junto a su madre en el sofá y la abrazó.
No te me pongas melosa. No quieres contarlo, pues no lo cuentes. Ya me lo chivará la madre de Olalla.
Ay, mamá, perdona. Es que estoy agotada y encima con los pies en carne viva. El restaurante era de esos de postín, seguro había cincuenta invitados o más. Un alboroto
Y Olalla, en su vestido blanco, parecía una reina. Y el novio, más guapo que el pan empezó a enumerar Inés.
¿Entonces por qué te has ido antes? la cortó su madre.
Mamá, es que todo el mundo era tan estirado y con más aires que el escorial. Nada de gente corriente. Además, mañana me toca madrugar.
¿Madrugar un domingo? su madre la miró con ojos inquisitivos.
Mañana te lo cuento, de verdad. Me voy a la ducha. Inés le plantó un beso en la mejilla y huyó a su cuarto a cambiarse.
Con asco, se quitó el vestido con el que había intentado impresionar, pero que entre los modelitos de las demás, parecía comprado en rebajas para comparsas de carnaval.
Se duchó con esmero, frotándose la espalda con la esponja para quitarse el asco de aquel tipo sudoroso que la había tocado.
Aquel hombre insistió en sacarla a bailar, y cómo decirle que no si te embiste como un toro en San Fermín. La apretó tanto que parecía que le iba a dejar marca en las costillas.
Sentía sus manazas calientes y húmedas en la espalda y los talones del zapato se le hundían en los pies como dos pinzas de depilar. Aguantó la canción de milagro.
Después el individuo se sentó con ella y empezó a colmarle la copa. Nadie le hacía caso. La única cara conocida, Olalla, andaba de aquí para allá atendiendo a todo el personal y a su flamante marido.
Solo un par de veces notó Inés que alguien la miraba de reojo. Pero el hombre en cuestión tampoco se dignó a librarla del sobón de antes.
Con una excusa de “voy al baño” se esfumó. Salió del restaurante, pidió un taxi (pagando en euros, ¡qué menos!) y, directita a casa.
No, ella no quería nada semejante para sí. Todo tan ensayado que parecía una obra de teatro donde los papeles principales ya estaban dados y a ella le tocaba de figurante.
No pegó ojo en toda la noche. En la cabeza aún le retumbaba la música, las copas brindando, las voces, los brindis, las risas… Recordó a aquel hombre misterioso.
“Mejor que me hubiera sacado a bailar él y no el jabalí ese. Y nada, deja de pensar en él”, se dijo Inés, se giró buscando una postura menos insomne y al fin se quedó dormida.
Octubre llegó, y con él el frío y la lluvia, como solo en Madrid saben caer después de un septiembre aún soleado. Olalla volvió de la luna de miel y la invitó a pasar por su nueva casa, para ponérsela larga.
Inés también tenía curiosidad por ver cómo vivían los de la jet set. Pero ir con las manos vacías, ¡pecado mortal! Entró en una pastelería y compró las pastas favoritas de Olalla. Al salir, chocó de bruces con un hombre en la puerta.
¿Es usted? soltó él, sorprendido.
Inés levantó la mirada y reconoció al enigmático del banquete. Se quedó tan tiesa como una estatua de botero.
Pase, que estamos armando un atasco bromeó el hombre, tomándola suavemente del brazo para apartarla de la entrada.
Se fue usted de la boda como Cenicienta. Ni tiempo a presentarnos me dio sonreía mostrando unos dientes blancos como la leche merengada.
Sí, pero yo no perdí el zapato respondió Inés, devolviéndole la sonrisa.
¿Va a casa? Déjeme acompañarla, que para eso están los caballeros propuso él.
Qué va, voy a ver a la novia del bodorrio. ¿No pensaba comprar pasteles? inquirió Inés, arqueando una ceja.
Encuentro tan insólito nuestro reencuentro que podría renunciar a todas las pastas del mundo dijo él, señalando la típica cajita de la confitería. Vamos, le acerco. Y la llevó delicadamente hacia su flamante todoterreno, con más lujos que el coche de un ministro.
Ella nunca había subido a semejante cochazo, para qué engañarse, y en los normales tampoco se paseaba mucho. Él conducía con seguridad y no preguntó la dirección. A Inés le dio un respingo el corazón.
Sé dónde vive su amiga. Su marido y yo somos socios y colegas aclaró él al notar su cara de susto.
De camino, se presentó: Enrique, divorciado, con un labrador como mascota…
“Guapo, adinerado, encantador. Justo como quería mamá”, pensó Inés…
¿Por qué llegas tan tarde? Ya estaba a punto de llamar a la Guardia Civil le soltó su madre en cuanto cruzó la puerta.
Fui a ver a Olalla. Si vieras dónde vive ahora… y a gusto de su madre, empezó a detallar la casa y lo estupenda que estaba su amiga, con ese moreno que desafía el otoño madrileño.
¿Y cómo has ido hasta la famosa “Urbanización Valle de los Pobres”?
Así llamaban medio en broma, medio con envidia, a la urbanización cara de las afueras donde vivía Olalla.
Me ha acercado un conocido murmuró Inés, sabiendo que ya había dado pie al tercer grado materno.
¿Lo conociste en la boda? ¿Es “de los suyos”, no? ¿Al menos le diste tu número?
Sí, mamá, casi se lo metí con calzador en el bolsillo soltó Inés, ya de malas.
No te pongas así. Un tipo bien se ha fijado en ti, y tú con tus aires. ¡Te tengo calada! insistía la madre.
Le di el número. Fin del interrogatorio, ¿vale? cortó Inés.
¿Pero qué te pasa? ¿Tan mal te caigo que no puedes ni contarme las cosas?
Cansas… ¿Y por qué estás tan empeñada en darme puerta lo antes posible?
No seas ridícula. Me preocupo por ti. Quiero que te cases con alguien que valga la pena, no con un pobre estudiante por amor al arte. ¿O quieres ir de bocata en bocata?
Mamá, ¿cuándo hemos ido nosotras de bocata en bocata? replicó Inés, entrecerrando los ojos.
Bueno un decir, hija se excusó la madre . Pero dime la verdad: ¿ni un poquito te gusta?
Mamá, déjalo. No pienso casarme de momento.
El móvil de Inés sonó y eso la rescató del interrogatorio. Era Enrique.
He decidido no dejar para mañana lo que pueda hacer hoy. ¿Qué tal el domingo?
Nada especial, poniendo los codos para el lunes.
¿Todo el día? Hace un sol que ni en Benidorm. ¿Te apetece montar a caballo? ¿Nunca lo has probado? Pues te recojo a las once.
Y Inés aceptó, sin darse cuenta de cuándo habían pasado al tuteo.
Ella solo había visto caballos viejos y remendados en el pueblo de su abuela. Les tenía más miedo que respeto. Pero aquel paseo a caballo la dejó llena de emociones y risas.
Enrique sabía camelar: fue abriéndole poco a poco la puerta de su exclusivo mundo hecho de euros, contactos y posibilidades.
Era tan buen conversador que era difícil decirle que no a nada. Parecía que hasta las puertas blindadas se le abrían de par en par. Y a Inés, que era más joven, le halagaba tanta atención.
La siguiente semana apareció por casa con flores y un pastel de los de lujo.
Inés se avergonzaba de su pisito, la alfombra raída del pasillo, las paredes que pedían una mano de pintura a gritos. Pero Enrique ni cuenta. Sonreía, bromeaba, escuchaba con atención.
Hasta contó que su infancia fue en un piso igual de pequeño y acogedor. Su madre no cabía en sí de gozo.
¡Este hombre es un sueño! Si te pide matrimonio, ni se te ocurra rechazarlo le soltó.
Ay, madre, si casi no nos conocemos. ¿Qué proposición?
Pero, mira tú por dónde, justo antes de Nochevieja, Enrique le propuso matrimonio con un solitario de diamantes.
Ay Dios, qué descanso. Ahora ya puedo irme al otro barrio tranquila suspiró la madre con drama hispano, apretándose el pecho. Inés solo pudo negar con la cabeza.
La boda fue en una finca, a principio de marzo, con el sol ya asomando y los carámbanos derritiéndose, prometiendo primavera y esperanza. Inés puso la condición de que todo fuera íntimo y sin parafernalia. Enrique accedió sin rechistar. Después Inés se mudó con él.
Por lo menos ahora tendré con quién hablar. Porque las mujeres de los amigos de mi marido solo piensan en trapitos, spa y compras en Milán. Apostaría a que no han leído un libro en su vida admitía Olalla.
Ahora vivían cerca Olalla, embarazada ya de seis meses, y todo parecía bastante tranquilo.
Pero Enrique no dejaba que Inés fuera a ninguna parte sola. Por las mañanas, su chófer la llevaba a la universidad y la recogía luego. Un día, al suspenderse una clase, Inés decidió volver andando.
El clima era tan agradable, la primavera en pleno estallido, los árboles a punto de cubrirse de hojas.
Un compañero, Santiago, la alcanzó por el camino y le propuso tomar un café. ¡Qué ganas tenía Inés de charlar a gusto, sin postureo ni presión!
Nada le faltaba, salvo eso: amistad sencilla y humana. Desde hacía poco la notaban “apartada” y eso dolía.
¿En qué piensas? preguntó Santiago.
Que se me ha hecho tarde respondió Inés, seca y seria.
¿Te controla él? preguntó el chico, mosqueado.
No, solo que de verdad se me ha hecho tarde. Inés se levantó de la mesa.
Al llegar a casa, Enrique ya estaba esperando.
¿Dónde estabas? le preguntó en tono gélido.
En la universidad.
No mientas. Hoy no había clase y no llamaste al chófer. ¿Por qué? ¿Para verte con tu amante?
¡Que no es mi amante, que es de mi grupo! se quedó sin aire Inés.
Enrique jamás le había hablado así. Sus ojos ahora eran dos trozos de hielo.
Solo tomamos un café, nada más. ¿Qué pasa?
Ahora eres mi mujer. Mi posición es delicada, llena de rivales, gente envidiosa esperando verme tropezar. No puedes dejarme en evidencia.
¿En qué te he puesto en evidencia por tomar un café con un compañero? protestó Inés.
¿No lo entiendes? se puso de pie de un salto y fue hacia ella.
No me hables así cortó Inés, dando un paso atrás.
No te he dado permiso para irte siseó él entre dientes, agarrándola del brazo y tirando de ella. Si no obedeces
¿Qué vas a hacer? ¿Encadenarme? Cuando sea médica, ¿vas a ver enemigos y amantes entre mis pacientes? Inés forcejeó para soltarse.
Ni se dio cuenta de cómo pasó lo siguiente. Ni le dolió, al principio. Solo escuchó un zumbido en los oídos y, de pronto, ya no oía nada.
Enrique hablaba, gesticulaba, pero la cabeza de Inés zumbaba y apenas le entendía. Notó sabor a sangre en los labios rotos y una cara que ya no era suya. Enrique se acercó de nuevo.
¿Lo has entendido? alcanzó a oír Inés.
Sí apenas pudo articular.
Enrique la abofeteó tan rápido que no logró ni cubrirse. El golpe la lanzó contra el sofá. El dolor fue tan brutal que perdió el sentido.
Al recobrarlo, Enrique ya no estaba. Temblaba y sollozaba sin poder articular palabra. Logró levantarse a duras penas y subió las escaleras hasta el dormitorio.
Se tiró boca abajo en la cama y lloró sin consuelo hasta vaciarse. Cuando quiso salir a buscar hielo a la cocina, la puerta estaba cerrada. Enrique la había encerrado sin que ella se diera cuenta.
Por la mañana tenía la cara como un pan, el labio hinchado y dolorido. Enrique ni asomó por la puerta ni le dejó el móvil. Ni una llamada de socorro.
Caminó de un lado a otro como un ratón enjaulado. De pronto, escuchó el clic de la cerradura.
¿Ya recapacitaste? preguntó Enrique desde el umbral.
¡Te odio! ¡Suéltame! gritó Inés.
Sintió de nuevo la sangre en la boca cuando la herida del labio se abrió. Otro bofetón la volvió a lanzar sobre la cama. No era tan fuerte como el anterior, pero la cogió toda en la misma mejilla. Inés aulló. Enrique volvió a cerrarla.
Antes de la comida solía venir una mujer a limpiar. Inés le suplicó que la dejara salir. Vio la cara de la chica y casi se la come el pánico.
Como se entere, me mata temblaba la mujer.
Dígale que le pedí un vaso de agua y me escapé dijo Inés, bajando corriendo por las escaleras.
Pero al menos póngase la capucha, que no le vean esa cara aconsejó la mujer.
Inés se lo agradeció, se cubrió y salió a la calle. Llegó a su bloque buscando caminos secundarios, tapándose la cara de los curiosos. Más de uno se apartó con espanto. Su madre, al verla, se llevó las manos a la cabeza.
¿Cómo ha podido ser? Pero si parecía tan decente. Perdóname, hija, solo quería lo mejor para ti. ¿Y si viene aquí? Las puertas casi ni cierran
No digas tonterías, mamá.
A Inés ya todo le daba igual. Peor no podía estar. Pero aun así llamó a Santiago y le pidió que viniera.
Él hacía prácticas en el Samur de Madrid; sabía cómo actuar. Le curó las heridas y llamó al médico para que quedara constancia de las lesiones.
Luego, discretamente, fotografió la cara de Inés y le mandó las imágenes a Enrique, dejando claro que si volvía a acercarse o a ejercer la violencia, las fotos acabarían en Internet.
Desde ese día, Enrique no volvió a aparecer. Pasaron un par de semanas, la hinchazón desapareció y los moratones se volvieron menos evidentes; entonces, Inés se animó a volver a la universidad.
El divorcio fue rápido y limpio. En verano, después de la especialidad, Inés y Santiago fueron a celebrarlo al Café Gijón. De repente, vieron pasar a Enrique acompañado de una joven.
Él ni la reconoció, iba tan pendiente de su nueva conquista. Cuando Enrique fue al baño, Inés se acercó a la chica.
Ten cuidado. Mejor huye mientras puedas. Si lo haces enfadar, te hará lo mismo que a mí.
¿Y usted quién es? preguntó la chica, desconfiada.
Su exmujer. Por favor, no le digas que nos has visto. Escapa a tiempo Inés se fue del local antes de que Enrique volviera.
Por la cristalera vio cómo él regresaba y preguntaba algo a su acompañante. Ella se encogió de hombros. Inés respiró tranquila. “No se lo ha dicho”.
¿Por qué te has arriesgado a hablar con ella? ¿Y si se va de la lengua? reprochó Santiago al salir detrás de ella.
Ojalá a mí alguien me hubiera avisado a tiempo. Siempre pregunté por qué se divorció y nadie decía nada, ni siquiera Olalla respondió Inés.
Poco después, ella y Santiago se mudaron a otra ciudad. Él se hizo cirujano y ella cardióloga.
Tuvieron un hijo. La madre de Inés jamás, repito, jamás volvió a meter baza en su vida sentimental.
Un día, en la peluquería, Inés leyó en una revista una noticia escandalosa:
“El empresario Enrique Fernández envía al otro barrio a su mujer”, decía el titular.
Por la ventana, vio a Santiago paseando con el carrito del pequeño. “Qué suerte tenerlo al lado, tener a Rubén, que mamá esté bien. El dinero… el dinero solo sirve para vivir dignamente”, pensó Inés.
Pase, que es su turno la llamó entonces la peluquera.





