¡Señorita, siéntese al niño en el regazo!me soltó una señora grandota, de unos cincuenta años, con tono de directora de colegio veterana. Por cierto, pagué por el asiento de mi hijo, exactamente 78 euros, cosa que no le dije, claro.
Ese día llevaba a mi hijo Pablo a casa de su abuela en Valladolid. Pablo es un chico grande en mi familiatiene solo cinco años, pero lo miras y parece como mínimo alumno de primaria. Además, en casa lo tratamos como si fuera un adulto. Por eso siempre le compramos asiento propio en el autobús interurbano: se porta bien, y además, con lo alto y lo robusto que es, mantenerlo en brazos es misión imposible. Tanto él como yo acabaríamos incómodos, y terminaría con los zapatos llenos de barro rozando a media España sentada. Así que, por el bien de todos, Pablo debe ir en su propio asiento.
Aquel día Pablo iba pegado a la ventana, sumido en sus observaciones filosóficas, y yo en el asiento de al lado. Elegimos los asientos delanteros para salir antes que los demás pasajeros. Le expliqué al conductor que había pagado el billete de Pablo también, para que no hiciera la típica maniobra de aquí cabe uno más.
Salimos de Madrid y, a mitad de trayecto, se nos cruzó una señora rotunda. Aún había asientos libres por la parte de atrás, pero el conductor, amable pero resignado, paró. Cuando la mujer abordó el bus, no puedo decir literalmente que el vehículo tembló, pero el silencio de los otros pasajeros fue tan notorio que parecía que esperaban que lo hiciera. Al cerrar la puerta, todos escuchamos cómo el conductor soltaba un suspiro de lo que me queda de jornada….
La señora avanzó, arrastrando sus bolsas, y apuntando directamente hacia nuestros asientos.
Chica, pon al niño sobre tus piernas,me indicó ella con ese tono de esto es lo que toca. Yo le respondí, muy digna y tranquila, que había pagado el asiento de mi hijo y no pensaba sentarlo encima. El conductor, gran aliado, sugirió que había sitios disponibles delante, que podría escoger uno. La señora replicó malhumorada que a ella le correspondía un sitio, y que sería más fácil que nosotros nos moviésemos. Además, según ella, era clienta habitual y siempre iba junto a la ventana.
No cedí. El bus arrancó y la señora seguía plantada a nuestro lado, sin intención de moverse atrás. Yo hervía por dentro, pero preferí evitar el drama en presencia de Pablo. Así que nos pusimos a charlar, como si nada. Cuanto más tranquila yo, más furiosa ella: ¡Vamos a ver, mueve al niño rápido que tengo que sentarme aquí!gritó. Respondí tranquila que Pablo ya tiene su asiento, que yo pagué por él, y que, como fuimos de los primeros en subir, nos sentamos donde nos dio la gana, y aquí no hay tickets numerados.
El conductor seguía a lo suyo, pero se notaba que esa escena le era familiar. Al principio, los demás pasajeros pasaban del asunto, cada uno en su mundounos con auriculares, otros durmiendo. Pero poco a poco, la señora empezó a recibir sabios consejos: Señora, vaya a un asiento vacío.¡No grite, que esto no es su casa!
A todo esto, la señora protestaba que no podía moverse hacia delante, que era complicado para ella, aunque estaba claro que era pura cabezonería y lo que quería era nuestro sitio.
El ambiente en el bus era como el patio de vecinos en plena crisis. Y entonces, ocurrió lo mejor del día: el conductor paró el vehículo, se levantó de su asiento con una precisión digna de torero, cogió las bolsas de la señora, las dejó fuera, y la acompañó con toda la educación, aunque con firmeza, a la puerta. A la señora ni tiempo le dio de entender qué pasaba, cuando el conductor ya estaba otra vez en el volante, y el bus en marcha.
En la cabina, silencio absoluto. Todos, como en una colecta de barrio, juntamos euros para compensar al conductor por la señora perdida, y cuando llegamos a destino, se lo entregamos. El hombre, entre emocionado y feliz, nos aseguró que nunca dejaría subir a esa señora otra vez; que siempre armaba algún lío. Vamos, toda una anécdota para contar en la sobremesa de domingo.





