Las mejores amantes son esas esposas que ya nadie tiene en cuenta: la historia de Fede, que creía qu…

Las mejores amantes son esposas a las que hace tiempo han dejado de prestar atención

Fernando siempre pensó que no había tenido suerte con su esposa. Le tocó una fría, decía él. Aunque, siendo sinceros, antes era otra cosa, pero ahora ya no. Ya no existía aquella chispa que lo hacía correr a casa antes de tiempo.

No es que todo fuera mal, en general la vida seguía su curso: la casa siempre impecable, el cocido preparado, el hijo ya mayor, que se matriculó solo en la universidad y se fue a estudiar a Salamanca. Todo funcionaba como en piloto automático, sin el entusiasmo divertido de los tiempos de braguitas de encaje rojo. Simplemente, su esposa pasó silenciosa y sin aspavientos de ser la mujer fatal a el simpático hipopótamo doméstico, y Fernando lo asumió.

Ya no le daba por sentir celos de ella. ¿Celos de quién exactamente? ¿De las amigas del trabajo? ¿De la cajera del supermercado Día, de esos setenta y cinco kilos de estabilidad?

Por eso lo que antes hacía con mucho cuidado y discreción, empezó a hacerlo casi abiertamente. Entraba en páginas de citas solo para ver qué hay, escribía mensajes para subir la autoestima, quedaba con los amigos bueno, ya sabes, los hombres también necesitan desconectar.

La esposa un par de veces notó algo raro, sospechó, discutió y luego como que se resignó. Fernando lo tomó como señal de que ella aceptaba su lugar.

Entonces le surgió la oportunidad perfecta para vivir como un hombre libre. Su esposa tenía que irse de viaje de trabajo. Fernando estaba encantado: por fin podría disfrutar a lo grande.

Ya se imaginaba el intercambio de mensajes, las citas, invitar a alguien a tomar un café, y quizá algo más que café. Pensó que la vida adquiriría nuevos colores.

La realidad fue mucho más gris. Mandó cientos de mensajes en la web de citas; le contestaron diez, solo inició conversación con cuatro. De esas, una empezó a hablarle de inversión en criptomonedas y éxito, otra resultó ser un bot, y las otras dos desaparecieron tras unos cuantos mensajes. Fernando se dio cuenta de que un hombre casi divorciado, con piso propio y salario fijo no era tan apetecible como él creía.

Una noche, limpiando el historial del navegador para borrar rastros de sus aventuras virtuales, se topó con algo extraño sobre el viaje de su mujer. Cuanto más investigaba, peor se sentía.

El viaje de trabajo era real, sí. Pero había un pequeño detalle: la acompañaba un compañero joven, que resultó ser su amante, de veintisiete años. Y no solo la acompañaba: iba a cargo de ella. Los billetes, el hotel, la mesa del restaurante, todo lo pagaba su esposa, esa misma mujer tranquila, aburrida y fría.

Fernando al principio no lo creyó. Después, lo asumió y se sumió en la rabia. Descubrió que mientras él buscaba aventuras con desgana, su simpático hipopótamo doméstico vivía una vida intensa, llena de locuras que él solo imaginaba.

El escándalo fue monumental: gritos, reproches, horas de dimes y diretes.

Muchos hombres podrían decir que a mujeres así hay que darles puerta. Pero nadie se fue. Lloraron, se gritaron, hablaron y descubrieron que juntos seguían estando mejor que separados.

Fernando, de hecho, empezó a mirar a su esposa de otra manera. No como un mueble más de la casa, sino como una mujer con deseos y fantasías. Una mujer capaz de ser deseada aunque no por él.

No recomiendo experimentos así como receta para la felicidad conyugal. Por lo general acaban en divorcios, lágrimas y nervios destrozados. Pero esta historia me gusta por una idea sencilla: muy a menudo, las llamadas esposas frías no lo son en realidad. Solo están cansadas. De la rutina, de la indiferencia y de que ya nadie las mira como mujeres.

A veces basta un pequeño empujón para descubrir que en casa no vive un hipopótamo, sino una mujer apasionada. Solo que es apasionada para quien sabe mirar y apreciar ese fuego.

La vida nos muestra que lo que parece apagado quizá solo espera ser visto con otros ojos.

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MagistrUm
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