Mi esposo trabaja, pero soy yo quien paga absolutamente todo.
Me preguntáis cómo llegué a este extraño momento en la vida, y cómo acepté algo así, pero os diré que todas las mujeres que aman caminan ciegas. Yo estaba ciega. Toda mi existencia la pasé intentando, aprendiendo, tropezando. Mi madre, desde que era niña, me repetía que si quería una vida buena, tenía que esforzarme sin tregua. Decía también que una mujer debía ser fuerte e independiente, para que, pase lo que pase, pudiera sostenerse por sí misma.
Parece que aquella última enseñanza me gastó una broma cruel. Al salir con chicos yo siempre actuaba con demasiada independencia, y pocos querían invitarme a cenar. En aquellos tiempos la mayoría deseaba a una mujer frágil, a la que cuidar y mostrarle su fortaleza, su hombría. Yo, en cambio, me cuidaba sola.
Entonces empecé a centrarme sólo en el trabajo. Me quedé soltera hasta los treinta y cinco, cuando conocí a Darío. Tiene mi misma edad. Me sorprendió que aceptase tan fácil mi independencia. Es decir, nunca insistía en ayudarme si yo decía que podía sola. Jamás me regaló flores ni me susurró palabras dulces e insulsas que tanto aborrezco. A su lado era su igual. Debería haber intuido cuánto costaría esa igualdad, que en el fondo ni siquiera era verdadera.
Nos casamos y él vino a vivir a mi piso de Madrid. Darío nunca tuvo vivienda propia, vivía con su madre, y yo no pensaba compartir techo con una suegra; ya había escuchado historias suficientes para huir. El primer mes Darío no aportó ni un solo euro de su sueldo, diciendo que debía liquidar un pequeño préstamo por la operación de su madre.
No le dije nada. Intenté ser comprensiva. Somos familia, pensé, que pague la deuda, luego ya nos organizaremos juntos. Pero tras siete meses seguía igual. Siempre repetía que le pagaban poco, le recortaban horas o que surgía algún imprevisto. El caso es que yo pagaba la comida, el ocio, la luz y el agua. Más tarde empezó a decirme que ahorraba para comprar una casita en un pueblo. Un ejemplo: los veranos.
Pero en cinco años jamás vi un extracto de su cuenta bancaria. Somos familia, pero nunca hubo transparencia. Al final discutimos. ¿Cómo es posible que lleve cinco años manteniéndolo? Esto no puede ser normal. Hizo su maleta y volvió con su madre. Así, sin más. Tres días después, incapaz de soportar la soledad, fui a buscarle y regresó. Y otra vez todo igual. No pone ni un céntimo. Yo estoy agotada. Quisiera gastar mis euros en caprichos de mujer, pero no puedo: gasto todo en la familia. ¿Qué puedo hacer? ¿Divorciarme? ¿Cambiará alguna vez?






