Los padres de Carmen nos hicieron un regalo de boda de esos que jamás se olvidan: ¡un piso en Madrid! Nos entregaron las llaves en una ceremonia familiar y nos dijeron, con lágrimas en los ojos, que éramos los propietarios. Pero como se trataba de una vivienda nueva, lo compraron directamente al promotor, en estado bruto, sin reformas ni nada.
Mi suegra comentó, delante de todos, que si ellos habían puesto el piso, mis padres deberían ayudar con la reforma. Mis padres ya nos habían dado una suma importante de dinero hacía tiempo, pero aceptaron también colaborar con los arreglos.
Tras la boda, Carmen y yo decidimos que había que ponerse cuanto antes con la obra. Mi padre, que lleva la construcción en la sangre, se encargó de comprar todo lo necesario y yo, por supuesto, fui su ayudante. A veces también venía Carmen a echar una mano.
Mi suegro se pasaba de vez en cuando, para supervisar y opinar, como era de esperar. Decidimos no alquilar ningún sitio mientras durase la reforma para ahorrar, y nos quedamos a vivir con los padres de Carmen.
Un día, buscando unos papeles, mi mirada se detuvo en los documentos del piso. Algo no cuadraba, un detalle que me golpeó con fuerza y me dejó helado: la propietaria era mi suegra, no Carmen.
Aquella tarde debía ir con mi padre a comprar los azulejos del baño, pero lo llamé para aplazarlo y le conté el porqué. Quería hablar seriamente sobre lo que aquello significaba.
¿Por qué la dueña del piso es mamá y no Carmen? le pregunté directamente cuando ya estábamos todos en casa.
¡Eres un niño! intervino mi suegra, con aire de suficiencia. Es para no hacerle daño a nuestra Carmen, está claro.
¿Eso qué significa?
El día que te divorcies le vas a querer quitar la mitad del piso a mi niña, ¿no te parece?
¿Vuestro? ¿Y crees que es justo que mi padre y yo estemos dejándonos la vida y el dinero en una reforma que vale casi como la mitad del piso? ¿Y por qué piensas que nos vamos a divorciar? ¡Si acabamos de casarnos!
Mamá, te he pedido mil veces que pongas el piso a mi nombre susurró Carmen, casi sin ganas.
¿Pero tú sabías esta mentira? dije, mirándola fijamente.
No Quiero decir, sí lo sabía, pero le pedí a mamá que lo pusiera a mi nombre, de verdad.
¡Vaya comienzo de matrimonio, Carmen! ¡Comenzamos con mentiras!
Han pasado ya algunos días desde que me fui a casa de mis padres. No sé qué hacer. Carmen llama y quiere hablar, pero necesito tiempo para pensar. Jamás esperé algo así de su familia, aunque quizá todos los padres hagan lo mismo
¿Y ahora, qué hago?






