¿Te acuerdas, Carmen?
Él ya se había acostumbrado a asomarse a su ventana, porque vivían en la planta baja. Al principio querían algo más alto, pero al final se acostumbraron. La más feliz siempre era la abuela: así no tenía que subir escaleras. Los sábados, Doña Pilar la abuela de Carmen horneaba empanadas, tortas o cualquier cosa rica y aromática, que inundaba el edificio con su olor.
El aroma de la repostería se escapaba por la ventana de la cocina, provocando a los chavales que jugaban al fútbol en la plaza. Manolo, muy a su manera, se acercaba pero no por la ventana de la cocina, sino por el patio de atrás, colocaba una caja vieja que siempre estaba por ahí, se subía y miraba a Carmen. Ella lo intuía, y corría al escucharle trepar.
Ahora te traigo unas empanadas, la abuela ha hecho un montón. Su lazo rosa, sujetando la coleta de su pelo rubio, se aflojaba y volaba con su paso apresurado.
¡Qué bueno está esto! Manolo masticaba contento, asomándose a la habitación. ¿Las has hecho al estilo español? preguntaba con su acento madrileño.
Sí, ya están listas.
¿Me dejas copiar los deberes?
Carmen le pasaba el cuaderno sin dudar. No te olvides de traérmelo mañana, antes de clase.
Manolo era buen estudiante, pero como muchos chicos tenía su toque de pereza, aunque era listo. En matemáticas iba bien, pero la pachanga en el parque le robaba tiempo de estudio. En los noventa aún no estaban enganchados al móvil, y los chicos podían pasarse horas fuera sin que los padres se preocuparan demasiado.
En octavo Manolo llevó la mochila de Carmen por primera vez, balanceándola mientras le contaba sobre una nueva película. En noveno, la delicada Inés, de ojos caoba, fue declarada por todos el secreto para ser la chica más guapa del instituto. Y Manolo se enamoró perdidamente. No dejaba de mirarla, se pegaba a ella, la acompañaba hasta casa. Carmen pensaba que acabaría pasando. Y ahora era ella la que se quedaba esperando al lado de la ventana, por si Manolo la llamaba para pedirle los deberes.
Inés, aunque mantenía las distancias, ataba fuerte. Manolo iba y venía entre Inés a veces cariñosa, a veces fría y Carmen, que siempre estaba allí.
Seguía asomándose a su ventana, y Carmen le dejaba en el alféizar una taza de té humeante y unas galletas, si no había empanadillas.
¿Has visto? Han perdido los nuestros en fútbol. le decía él, refiriéndose al Real Madrid. Carmen por supuesto lo sabía, seguía el fútbol, leía los deportes, veía pelis de miedo aunque le daban repelús; todo para poder hablar con Manolo si le preguntaba. Siempre era compañera, y Manolo acudía a ella más como amiga que como otra cosa; sabía que Carmen siempre le escucharía, le ayudaría, le entendería. En cambio, con Inés con Inés soñaba, se le iba la cabeza, sufría, hasta se quejaba a Carmen de que Víctor se había ofrecido a acompañar a Inés.
Al acabar el bachillerato los tres fueron a universidades distintas. Manolo ya no venía a copiar los deberes, iba detrás de Inés sin descanso; a Carmen la visitaba de vez en cuando, por costumbre. Incluso fueron juntos al cine alguna vez, y Manolo charlaba sin parar todo el camino, porque necesitaba desahogarse.
Manolo, mi cumpleaños es el sábado. Te invito. ¿Vendrás? le decía Carmen, mirándole con esos ojos grises que siempre le miraban con ternura.
Él dudaba. ¿El sábado? Bueno, sí, en principio puedo. Vale, iré. ¿Quiénes más estarán?
Mis padres, la abuela, Verónica y David, Olalla vamos, todos los de siempre.
Perfecto, entonces. Me paso.
El sábado, Manolo no apareció. Llegó una semana después, abatido, deprimido.
¿Manolo, qué te pasa? Estás muy triste.
Le contó que Inés se había ido de intercambio, y ni siquiera le había avisado. Carmen intentó animarle, aunque le costaba mucho.
Te esperaba el sábado le recordó.
¿El sábado? ¿Qué pasó?
Era mi cumpleaños
Ah, vaya se golpeó la frente. Carmen, se me olvidó, pero tú no te enfades
Claro, no pasa nada. Ya ves.
Se acercó a la ventana.
¿Te acuerdas de cuando me dabas empanadas en verano? Ponías el té en el alféizar, y yo me sentaba en la caja, como en una mesa improvisada.
Carmen sonrió; ese recuerdo le daba calorcito en el corazón, y le agradaba que Manolo lo guardase. Volvieron a hablar despreocupadamente, recordando a la pandilla del barrio, a los compañeros, y aquel día que se escaparon de clase, la tutora los pilló en el parque y los mandó de vuelta a historia.
En el quinto año de carrera, Manolo iba flotando de felicidad: Inés aceptó casarse con él. Trajo la noticia a Carmen. Ella aguantó, mordiéndose el labio para no romper a llorar. Le escuchaba, como siempre, siendo esa amiga en la que se podía confiar.
Pasó el mes llorando en la almohada, reprochándose no haberle confesado el amor en todos esos años.
Luego él vino. La abuela y los padres estaban de visita. El piso se sentía extrañamente callado, Carmen, envuelta en su manta antigua, miraba la tele. No creyó que era Manolo hasta oír su voz tras la puerta.
Abrió, y lo vio tan apagado, la mirada muerta, apoyado en la pared. ¿Qué te pasa? le preguntó, asustada.
Entró. Se sentaron en su habitación. Parecía que lloraría. Manolito, por favor, dime qué ocurre.
Ella… no va a haber boda me dijo que quiere a otro. Nunca había visto Carmen a Manolo tan vacío. Se acercó, le puso las manos en los hombros. Manolo, calma puede que todo se solucione.
Ya no tiene arreglo, nada, ella lo dijo y retiró todo ¿entiendes? Es el final. Le saltaron las lágrimas. Apoyó la cabeza en sus rodillas, se deslizó del sofá, se agarró al vestido de Carmen. Es insoportable, Carmen, es imposible
Manolito, cariño, venga, calma ¿quieres un té con hierbabuena? ¿Te acuerdas cuando tomábamos té en el alféizar?
Claro que me acuerdo, Carmen, tú siempre me entiendes, eres maravillosa empezó a besarle las rodillas, primero tímido, luego cada vez más y con intensidad, como si quisiera borrar su dolor con besos. Se levantó, le rodeó la cintura, la besó en la cara, el cuello, susurrando cosas.
Manolo, para, ¿qué?
Carmencita Carmencita
Manolo, Manolito, te quiero. Te he querido siempre, desde sexto de primaria, mi niño
Se fue pasada la medianoche, esquivando su mirada, como si le diera vergüenza. Bueno, nos vemos, volveré
Te esperaré dijo ella mirándole hasta que la puerta se cerró.
Pero Manolo no volvió, como si esa noche nunca hubiera existido. A Carmen le parecía un sueño. Poco después, Manolo terminó su carrera y se marchó a Barcelona para trabajar.
¡Hay que hacer algo! decía indignado el padre. Se puede hablar con sus padres, al menos.
Deja, no quiere nada, está nerviosa y puede hacer daño a la niña respondía la madre. Además, Manolo ya sabe lo del embarazo, Carmen se lo dijo. Y él se portó como un extraño quizá se fue adrede
No podemos dejarlo así es injusto insistía el padre.
La abuela se distraía tejiendo, y de vez en cuando se le escapaba una lágrima. Le dolía por Carmen: una chica lista y buena.
Cuando nació la niña, Carmen consiguió el número de Manolo (se lo pidió a un compañero) y le llamó, diciéndole solo una frase: Manolo, tenemos una hija. La he llamado Manolita.
Él solo pudo balbucear. Enhorabuena.
Cuando Manolita cumplió año y medio, los padres anunciaron que por fin terminaron de pagar el piso nuevo y se mudaban con la abuela. Era también un piso de dos habitaciones, pero en otro barrio. Iremos a ayudarte, cada uno por turnos le prometió la madre.
Carmen se echó a llorar.
¿Pero qué llantos son esos? Iré todos los días, jugaré con Manolita, la llevaremos al nuestro, tú haces trabajos desde casa
Me da pena, me gusta cuando estáis todos juntos admitió Carmen.
Hija, la vida sigue, debes rehacerla, será más fácil sola le consoló la madre.
Últimamente, padres, abuela, amigas, todos le decían que tenía que rehacer su vida, que aún era joven, que muchas madres solteras rehacen su camino.
Una semana después, la casa era toda suya. Manolita intentaba andar, riéndose, se tropezaba y caía sentada, luego se levantaba y estiraba las manos hacia su madre. Carmen la cogía, la abrazaba y reía con ella.
Él llegó de repente. Siempre lo hacía así, como la vez de la boda fallida. Carmen pensó que era su padre, pero al abrir la puerta estaba Manolo con un camión de juguete enorme, rojo, de bomberos.
Hola, ¿estás sola? ¿No molesto? ¿Puedo pasar?
Había madurado; parecía más delgado, el rostro marcado.
Pasa.
Toma dejó el camión en el suelo.
Se oyó el llanto de la niña, Carmen fue a por ella y la cogió. Es mi hija dijo, señalando el camión.
Él se golpeó la frente. Perdóname
Llévate el camión, regálaselo a alguien dijo Carmen.
Se quitó la chaqueta, fue a la cocina. Casi todo igual, nada ha cambiado. ¿Me invitas al menos a un té?
Ella puso el hervidor, sin soltar a la niña. Manolo no encontraba cómo hablar.
La miraba: rubia, con el pelo suelto, ese vestido largo hasta los tobillos, y a la niña en brazos. Pareces una virgen, de verdad susurró, embelesado.
Carmen no respondió.
Me acuerdo de los pasteles de tu abuela. ¿Recuerdas cuando tomábamos té en el alféizar? En tu habitación. Y también cuando tu abuela regaba las plantas y el agua salía por la ventana, justo me cayó encima, ella ni me vio Manolo intentó sonreír. ¿Te acuerdas, Carmen?
Ya no me acuerdo le cortó Carmen, relajada, como si no sintiera nada. Manolo se calló. No era una respuesta fría, ni por despecho; era sincera. Carmen de verdad empezaba a olvidar los detalles de sus encuentros. Ahora tenía a su hija, llenaba su tiempo de alegría, admiraba sus primeros balbuceos, miraba como dormía, como despertaba, como jugaba
Tómate el té rápido, tengo que hacerle papilla a la niña.
Por primera vez Manolo sintió que ya no lo esperaban ahí. Se levantó, cogió la chaqueta. Bueno, me voy, a ver si otro día tienes tiempo. Esperó unos segundos por si Carmen le paraba, pero nada.
Cerró la puerta detrás de Manolo; Carmen susurró: Otro día no llegará, aquí ya no se sirve té. Ni café tampoco.
Volvió con Manolita, la cogió en brazos, la besó y fue a preparar la papilla.






