Cuando regresé del trabajo, mi gato no estaba.
Me llamo Javier Gómez y nunca he sido una persona de excesos. El día en que cumplí 25 años, mis padres me ayudaron con el dinero para la entrada de mi piso en Madrid. No fue exactamente un regalo, pero sí una forma de impulsarme a comenzar mi vida independiente. Trabajo como programador y llevo una vida tranquila, casi sin trato con nadie.
Para llenar las horas en casa y espantar la soledad, decidí adoptar un gatito. El pequeño tenía un defecto en las patas delanteras; la familia que tenía a la madre del gato pensaba en sacrificarlo. Me dio muchísima pena y me lo llevé conmigo. Lo llamé Guapo. Pronto él se convirtió en mi compañero inseparable. Siempre llegaba corriendo a la puerta cuando yo volvía del trabajo, y ronroneaba al encontrarme.
Un tiempo después empecé a salir con una compañera de la oficina. Era muy viva y no tardó en conquistarme. Menos de un mes después, Lucía se mudó conmigo al piso. Desde el principio no simpatizó con Guapo. Me pidió que me deshiciera de él, pero le expliqué que era muy importante para mí y que no podía hacerlo.
Lucía insistió varias veces: quería que el gato se fuera. Yo me negué. La razón que me daba era que a nuestros invitados les incomodaba el aspecto de las patas defectuosas de Guapo, y que eso perjudicaba nuestra imagen. Me sentí atrapado entre Lucía y mi gato, porque quería a los dos.
De hecho, mis padres tampoco aprobaban del todo mi relación con Lucía; pensaban que era demasiado altiva y poco educada. Me recomendaron que no precipitara nada, que la conociera mejor antes de tomar decisiones importantes.
La visita de los padres de Lucía fue definitiva. Su padre, apenas entrar por la puerta, soltó una carcajada al ver a Guapo. Lo llamó bicho raro. Salí en defensa de mi gato, pero durante toda la velada Lucía y su padre se burlaron de él, de su fealdad, haciendo bromas crueles sobre a dónde podríamos llevarlo para deshacernos de él. Su madre también se reía con ellos, de Guapo y de mí.
Al día siguiente, cuando volví de trabajar, descubrí que Guapo no estaba. Al preguntarle a Lucía, me dijo con frialdad que lo había dejado en una clínica veterinaria.
Salí desesperado a buscar a mi amigo. Estuve dando vueltas por Madrid durante cinco largas horas… hasta que al fin lo encontré. Al verme, Guapo comenzó a ronronear suavemente en mis brazos.
Esa noche, le pedí a Lucía que recogiera sus cosas y que se fuera. No quería volver a verla. Para mí, se había vuelto odiosa.
A la mañana siguiente, Lucía empaquetó sus pertenencias y se marchó, sin decir una palabra, dolida y sorprendida de que el gato fuera más importante para mí que ella.
Ahora Guapo y yo seguimos juntos. Cada tarde, al llegar del trabajo, mi amigo sale a recibirme patas torcidas y todo, lleno de alegría. Hoy comprendo que el verdadero valor de una relación está en el respeto y la bondad. Nadie debería obligarte a abandonar a quien te acompaña fielmente, pese a lo que piense la gente o el qué dirán.





