Sombras del pasado
Hoy, como tantos otros días, me encontré limpiando el polvo de los lomos de los viejos tomos de Galdós en mi pequeño librero de la Calle Gran Vía, en Madrid. El mes de octubre trae siempre lluvia fina y tristeza al centro, pero este año parecía aún más gris desde la pérdida de Fernando, hace tres meses. La ciudad estaba silenciosa, casi suspendida en el aire esa mañana.
Cuando el cartero tocó la puerta acristalada de la tienda, sentí una punzada de inquietud. Apenas recibía cartas en papel en la era digital, los sobres blancos sin remitente son una rareza. Firmé el recibo y, con unas gafas de lectura, abrí el sobre frente al mostrador.
Estimada Mariana Ruiz. Lamento molestarla en su duelo, pero mi conciencia impide seguir callando. Su difunto marido, Fernando Martínez, llevó una doble vida durante los últimos veinte años. Si quiere conocer la verdad, venga mañana a las dos de la tarde al café El Lobo en la Plaza de Santa Ana. Llevaré un pañuelo rojo. Disculpe el dolor causado.
Las manos me temblaron; la carta cayó al suelo y me dejé caer en la silla. ¿Fernando? ¿Mi Fernando, quien cada madrugada me besaba la frente antes de ir a la Universidad Complutense? ¿El que me leía versos de Machado por las noches? ¿Aquel que falleció en plena clase sobre Cervantes?
Debe ser un error susurré al vacío del local. O una crueldad.
Pero la semilla de la duda ya estaba plantada. La noche entera me la pasé dando vueltas, recordando cada detalle peculiar de los últimos años: sus viajes frecuentes a congresos, sus llamadas misteriosas que siempre hacía desde la terraza, los extractos bancarios que recogía antes que yo…
Al día siguiente, puntual a las dos, entré en el café El Lobo. En una mesa del rincón, aguardaba una mujer joven, tal vez de treinta años, de rasgos delicados y unos ojos grises cargados de tristeza. Llevaba un pañuelo de cashmere rojo alrededor del cuello.
¿Mariana Ruiz? se levantó. Soy Inés. Gracias por venir.
¿Quién es usted? mi voz salió tensa, casi rota. ¿Cómo osa decir eso de mi marido?
Inés sacó una fotografía desgastada. En ella aparecía Fernando, quince años más joven, abrazando a una mujer con una niña en brazos.
Ella era mi madre explicó suavemente. Y la niña, yo. Fernando Martínez… fue mi padre. No biológico, pero me cuidó desde los cinco años. Mi madre murió de cáncer hace un año. Antes de fallecer, me pidió que la buscara a usted y le contara la verdad. Pero no pude mientras él vivía.
Sentí que el suelo me abandonaba. Una camarera trajo agua, pero apenas podía sostener el vaso.
No puede ser alcancé a decir. Estuvimos casados cuarenta y cinco años. Nunca hubo secretos.
Le amaba, Inés se inclinó hacia mí. Siempre hablaba de usted con ternura. Pero mi madre… ella dependía de él. Enferma, vulnerada por el abandono de mi padre biológico, varias veces intentó suicidarse. Fernando era su profesor en el doctorado. Le salvó una vez y no supo cómo marcharse después.
Veinte años… me quedé mirando el vacío. Veinte años de engaño.
No era engaño corrigió Inés. Se debatía entre el deber y el amor. Pagaba el tratamiento de mi madre y mi educación. Al anochecer siempre regresaba a usted. Mamá sabía que él era casado. Nunca pidió más.
Me levanté bruscamente, se me volcó el vaso.
Necesito pensar dije. No me busque más.
Afuera, Madrid seguía lloviendo, mezclando el agua con mis propias lágrimas. ¿Todo este tiempo fue una ilusión? ¿O algo más?
Ya en casa, comencé a buscar. Revisé cada cajón, cada documento de Fernando. En un viejo maletín, tras el forro, hallé la llave de una caja de seguridad y una factura a nombre de P. S. Ramírez el apellido materno de Fernando, nunca usado por él.
En el banco, presentando los documentos de herencia y el certificado de defunción, accedí a la caja. Encontré papeles: alquiler de un piso en Malasaña, informes médicos a nombre de Carmen Inés diagnóstico de trastorno bipolar, fotos de Inés desde la infancia hasta su graduación universitaria, y el diario de Fernando.
Aquel frío almacén bancario me acogió mientras leía:
Soy un canalla, lo sé. No puedo actuar distinto. Mariana es mi luz, mi fuerza, mi vida real. Pero Carmen y Inés… se perderían sin mí. Carmen vuelve a intentar la autolesión cuando hablo de irme. Y la niña… me mira como a un padre. ¿Cómo abandonarla?
Hoy Inés ingresó en la Universidad Autónoma de Madrid para estudiar Filología. Quiere ser como yo, enseñar literatura. Me enorgullece y me detesto. Mariana me preguntó por mis lágrimas; le dije que me emocioné leyendo La Regenta. Era verdad, lloraba por mi vida partida.
Carmen se muere. Cáncer. Meses, dice el médico. Ella pide solo una cosa: que cuente la verdad a Mariana después de su muerte. Lo prometí, pero sé que no podré. Soy cobarde. Siempre lo fui.
La última línea era de una semana antes del infarto:
Mi corazón no aguanta más. Literalmente. El cardiólogo quiere operarme; sé que es un castigo. Viví dos vidas y ahora el corazón explota. Mariana, si algún día lees esto, perdóname. Te amé cada segundo. Pero tampoco pude dejar a una mujer enferma y a una niña. Perdona a este viejo torpe.
Cerré el diario, sentada en el frío. ¿Fueron los cuarenta y cinco años una mentira? ¿O realmente me había amado, solo atrapado en una situación imposible?
Recordé sus ojos cansados pero siempre tiernos cuando me miraba. Como me sostenía la mano en el hospital, como me leía poesía, como reía con mis bromas.
Por la noche llamé a Javier Sánchez, viejo amigo de Fernando en la universidad.
Javi, ¿lo sabías?
El silencio duró segundos eternos.
Mariana… sí, lo sabía. Me pidió ser testigo en la firma de aquel alquiler. Perdóname.
¿Por qué no me abandonó? pregunté entre lágrimas.
Porque te quería. Te lo juro, te adoraba. Pero esa mujer… intentó matarse varias veces. Fernando no podía vivir sabiendo que era causa de una muerte. Y luego llegó la niña, llamándole papá…
Corté la llamada. Me acerqué al ventanal, contemplé Madrid iluminada, reflejándose en el asfalto mojado.
Una semana después, volví a ver a Inés. Esta vez en mi librero.
Cuéntame de él le pedí. De esa otra vida que nunca supe.
Inés habló horas. Cómo Fernando le enseñó a montar bici, cómo le ayudó con los deberes, cómo consolaba a su madre en crisis, cómo lloró en su graduación.
Hablaba mucho de usted confesó Inés. Le llamaba su ángel. Decía que no merecía a una mujer así.
Se equivocaba limpié mis lágrimas. Yo no merezco a un hombre capaz de resistir veinte años entre deber y amor, y aún así seguir de pie.
¿No está enfadada?
Sí. Mucho. Pero también lo entiendo. La vida rara vez es blanca y negra, querida. Menos cuando se trata de amor y responsabilidad.
Saqué un ejemplar de La dama del perrito de Chejov.
Adoraba este relato. Ahora sé por qué. Llévatelo, era suyo.
Inés lo tomó con manos temblorosas.
Mariana… siento tanto todo esto.
No tienes culpa le acaricié la mano. Ninguno tiene culpa. Ni siquiera Fernando. Sólo intentó ser buena persona en circunstancias imposibles.
Tras la partida de Inés, me quedé en la tienda, pensando en Fernando, su doble vida, el peso que llevó tantos años. Y el amor extraño, complejo, imperfecto, pero real.
Abrí el diario en la última página y escribí:
Fernando, mi querido, he descubierto todo y lo he comprendido. Te perdono. Más aún, estoy orgullosa de ti. Viste una carga que habría destruido a muchos. Descansa tranquilo. Tus secretos quedan conmigo, tu memoria intacta. Cuidaré de Inés. Al fin y al cabo, es parte de ti, y ahora, parte de mi vida.
Guardé el diario en el cajón. Mañana será otro día. Seguiré adelante, manteniendo viva la memoria de mi esposo y quizá encontrando en Inés a la hija que nunca tuvimos.
La vida sigue, complicada, llena de secretos y revelaciones. Pero es auténtica. Como el amor, más fuerte que la mentira, que la muerte, que todo.




