Tres años casados… y cada noche su esposo dormía junto a su madre. Una madrugada, ella le siguió los…

Tres años casados y cada noche él se iba a dormir con su madre. Una de esas noches, ella le siguió y se topó con una verdad que la dejó sin palabras.

Lucía y Javier llevaban ya tres años de matrimonio. A ojos de todo el mundo, eran la viva imagen de la pareja perfecta. Javier, todo un caballero madrileño: atento, trabajador, con una sonrisa siempre a punto. Pero había algo que le generaba a Lucía una angustia tremenda: esa costumbre tan suya y tan extraña.

Todas las noches, hacia las doce o la una, Javier se escurría del abrazo de Lucía con una maestría digna de un galgo en San Isidro. Se levantaba de la cama, salía del dormitorio y se iba al cuarto de su madre, doña Remedios, que vivía con ellos desde hace años. Y ahí se quedaba hasta el amanecer.

El primer año, Lucía sorteó la situación con estoicismo.
Mi madre tiene insomnio decía Javier. No puede dormir sola.

Pero al segundo año, a Lucía le surgieron más dudas que respuestas.
¿No estará el chico demasiado apegado a la madre? ¿Que si un poco niño de mamá?

En el tercer año, Lucía ya se quemaba por dentro de celos y sospechas. Sentía que, en vez de matrimonio, aquello parecía una comunidad de vecinos y ella, la inquilina de menos peso.

¿Por qué te vas a dormir allí? se plantó una noche. ¡Soy tu mujer! Deberías quedarte conmigo. ¿Qué hacéis ahí tanto tiempo? ¿Charlando o jugando a la brisca hasta el alba?

Lucía, por favor, entiende le respondió Javier, que arrastraba unas ojeras que ni durante la Feria de Abril. Mamá está enferma. Me necesita.

¿Enferma? Pues por la mañana la veo estupenda. Desayuna, ve sus culebrones, comenta el Sálvame Vamos, que a mí eso me suena a pretexto porque no quieres dormir conmigo.

Javier se encogió de hombros, suspiró y se marchó del dormitorio sin decir ni mu.

Ciega de rabia y de cotilla hasta la médula, Lucía tomó una decisión digna de novela de sobremesa: le iba a seguir. Ella necesitaba respuestas.

Llegó la medianoche.

Como siempre, Javier se escurre como quien huye de los villancicos en la Gran Vía. Lucía lo dejó ir, esperó unos minutos y luego, pisando de puntillas, le siguió el rastro.

La puerta de la habitación de doña Remedios estaba entornada.

Lucía se asomó, lista para montar el drama del siglo.

Pero lo que vio la dejó patitiesa.

La suave luz de una lamparita de cerámica iluminaba la escena: doña Remedios, que por el día parecía la reina de la compostura, estaba atada suavemente a la cama con pañuelos. Gritaba, se golpeaba, los ojos desorbitados, completamente empapada de sudor. Espuma en la boca.

¡Fuera! ¡Dejadme! ¡No, no matéis a mi hijo! berreaba, con voz rota y lejana.

Javier la sujetaba para que no se hiciese daño. Tenía los brazos decorados con mordiscos, arañazos y moretones varios.

Shhh mamá, soy yo, Javier. Ya está, tranquila, mamá le susurraba, acariciándole la espalda.

¡Tú no eres Javier! ¡A mi hijo lo mataron! gritaba la señora, lanzándose a morderle el hombro.

Javier cerró los ojos, aguantó el dolor y siguió ahí, sin soltarla.

Lucía pudo ver las lágrimas deslizándose por las mejillas de su marido, mientras soportaba una noche más el infierno.

Después de un rato, doña Remedios vomitó sobre la camiseta de su hijo. El aroma llegó hasta la puerta: más fuerte que un queso manchego bien curado. Y Javier, en vez de salir corriendo, sacó un paño y se puso a limpiar la cara de su madre y su propia ropa. Después, con toda la dignidad posible, le cambió el pañal a la señora.

Las piernas de Lucía temblaban más que en el sorteo del Gordo. Tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no caerse.

Finalmente, doña Remedios se calmó y, por un instante, salió del laberinto.

¿Ja-Javier? preguntó, muy flojito.

Sí, mamá. Soy yo.

La madre le tocó la cara y vio las heridas.

Hijo ¿te he hecho daño otra vez? Perdóname No quería Vete, anda, vuelve con Lucía. Esa pobre te debe de estar odiando, que la tienes olvidada.

Javier negó, arropando bien a su madre.

No, mamá. Yo me quedo aquí. No quiero que Lucía te vea así. No quiero que pase miedo ni tenga que limpiar estos líos. Soy tu hijo, es mi tarea. Que ella descanse.

Pero hijo, te vas a caer de cansancio

Puedo con ello, mamá. Os quiero a las dos, a ti y a Lucía. Protegeré a Lucía de día, y a ti de noche.

En ese momento, Lucía se vino abajo.

Abrió del todo la puerta y entró.

¿Lucía? dijo Javier, sobresaltado, disimulando las manchas en su ropa como podía. ¿Pero qué haces aquí? Vuelve a la cama, que esto huele muy mal

Lucía, ignorando el pestazo, se arrodilló, abrazó a su marido y rompió a llorar.

Perdóname sollozó. Pensé mal de ti y tú solo con todo esto

Se acercó a doña Remedios, que la miraba avergonzada.

Madre dijo Lucía, tomándole la mano. ¿Por qué no me lo dijisteis? Usted tiene demencia y le da fuerte por las noches, ¿a que sí?

No queríamos darte la lata, hija musitó la mujer mayor. Bastante tienes tú con tu trabajo. No quería ser un peso.

No lo es contestó Lucía, más firme que un roble.

Se levantó, calentó agua, buscó una toalla. Se puso a limpiar los brazos de Javier y la cara de su suegra, tal cual si estuviese preparando el chocolate con churros del domingo.

Javier le dijo. Tres años soportando esto tú solo. A partir de hoy, somos dos en esto. En lo bueno y en lo malo y eso incluye cuidar a madre. Ni peros ni gaitas. Nos organizamos, o buscamos una enfermera, pero tú ya no vas a comerte todo este marrón solo.

Javier la abrazó. Por fin, casi sin quererlo, sintió el auténtico descanso de saber que por fin no cargaba solo con la cruz.

Desde ese día, la situación de doña Remedios ya no fue un secreto. Trabajaron juntos. Y Lucía comprendió que el amor no se mide en cenas de lujo, sino en las noches más largas y las crisis más viscosas.

Los celos desaparecieron.
Solo quedó respeto
Y un amor más profundo, por un hombre capaz de sacrificar hasta el último minuto de sueño (y la camiseta) por el bien de las mujeres a las que más quiere.

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MagistrUm
Tres años casados… y cada noche su esposo dormía junto a su madre. Una madrugada, ella le siguió los…