Te lo voy a contar, mamá, pero siéntate: Cómo mi vida cambió cuando conocí a Román, el arquitecto ca…

Mamá, te tengo que contar algo, pero siéntate primero, anda.

Carmen se dejó caer en el sofá junto a Marina y se arrebujó, acomodándose bien. Tenía una chispa en la mirada tan viva que Marina dejó el libro a un lado y se quitó las gafas. Hacía años que no veía a su hija así, desde que, siendo niña, ganó el concurso literario del instituto de Valladolid.

He conocido a un hombre. En una cafetería, por casualidad. Bueno, no tan casual Estábamos en mesas al lado y fue él quien empezó a hablar conmigo. De ahí, imagínate, nos tiramos tres horas charlando sin darnos cuenta.

Carmen le contaba emocionada, saltando de un detalle a otro, olvidando partes y luego volviendo atrás para contarlas. Se llamaba Román, tenía treinta y cuatro años, trabajaba en un estudio de arquitectura en Salamanca, tenía un sentido del humor increíble y era el único hombre, según ella, que la escuchaba de verdad y nunca la cortaba. En diez días habían tenido tres citas. La última acabó con un paseo por el río Tormes hasta las dos de la mañana, olvidando que ambos tenían que despertarse pronto para ir a trabajar.

Me entiende como nadie, mamá. Digo una cosa y parece que ya sabe lo que voy a decir; pienso, Madre mía, ¿de dónde ha salido este hombre?.
Marina la miraba ladeando la cabeza, y en un momento no pudo evitar negar con la cabeza, aunque no era en plan crítica, sino más bien asombrada.

Cómo se te nota Hija, brillas. Hacía mucho que no te veía así, Carmen.

En ese momento, Carmen se quedó callada. No de golpe, más bien como si se desinflase poco a poco, y lo único que quedó al fondo fue otra cosa. Bajó la vista a sus dedos cruzados y estuvo un rato así, cogiendo fuerzas.

Pero
¿Pero qué? Marina frunció el ceño y se inclinó hacia ella, escudriñando su cara. ¿Carmen, qué pasa?
Está casado.

Marina se recostó muy despacio en el respaldo. No dijo nada durante cinco segundos, pero a Carmen le bastaron para lamentar haber contado nada.

Carmen, ese pero no es cualquier cosa. Es gravísimo. ¿Te das cuenta de lo que significa? Estás destrozando una familia. Le estás quitando el marido a otra mujer.
Mamá, él me ha dicho que no quiere a su mujer desde hace tiempo. Que solo sigue ahí por la niña, te lo juro, es lo que él me ha contado, yo no me lo invento.
¿Y la niña, qué? ¿No cuenta? ¿Eres consciente de lo que haces? Te estás metiendo en la vida de otros y decidiendo por ellos quién debe estar con quién.
Yo no decido nada, mamá Yo solo
Solo te estás viendo con un hombre casado. Tres veces, en diez días. Y vienes a contármelo tan feliz, como si no pasara nada.

Carmen se levantó del sofá. No aguantaba seguir escuchando a su madre desde tan cerca. Marina se puso en pie también, pero no fue tras ella. Se quedó de pie junto al sofá y a Carmen eso la dejó aún más hecha polvo. Si su madre la hubiera abrazado, lo mismo habría aguantado mejor, pero la dejó ir. Carmen fue por la chaqueta, trató de ponérsela mientras se le escapaban las lágrimas y salió al rellano intentando no hacer ruido.

En casa, Carmen apenas pudo moverse del recibidor durante un buen rato, sentada en el suelo, las manos cubriéndose el rostro húmedo. El móvil vibró en el bolsillo; en la pantalla apareció el nombre de Román. Se limpió la cara con la manga, se aclaró la voz como pudo para que no se le notara, y contestó.

Hola él lo dijo con suavidad, y a Carmen se le hizo un nudo en la garganta.
Le he contado a mi madre. Sobre ti. Sobre nosotros.
¿Y qué tal lo ha tomado?
Fatal. Dice que estoy destrozando una familia. Que soy horrible. Bueno, no con esas palabras, pero viene a ser lo mismo.

Silencio de Román al otro lado. Carmen oía su respiración, como si buscara cómo decir lo que venía después.

Car, mira Yo ya no sé ni qué hacer. La niña tiene cuatro años y pienso en ella todos los días; si me voy, siento que la traiciono. Pero seguir así no puedo más. Creo que mi mujer, Lucía, me engaña. Podría usarlo en el divorcio, si todo va mal, pero

Se le quebró la voz. Hubo silencio y luego, como si le cayera encima la claridad, a Carmen le asaltó una idea que llevaba tiempo al borde de su mente, pero no se había atrevido a poner en voz alta.

Román ¿Estás seguro de que la niña es tuya? Tú mismo dices que sospechas que Lucía te engaña.

Silencio.

Román no la llamó ni esa noche ni al día siguiente. Carmen le mandó un mensaje breve, sin exigir, solo acercándose. Él respondió al día: Me he hecho la prueba. Espero el resultado. No puedo hablar ahora, lo siento. Y Carmen no insistió, aunque le costó la vida no llamarle.

El mes se le hizo eterno, como si el tiempo se burlara de ella. Román la llamaba de vez en cuando, tarde o apenas un momento; Carmen percibía su angustia por los silencios, por cómo se interrumpía, desviando la conversación enseguida a cosas tontas, sin importancia.

Ella tampoco preguntaba, simplemente estaba ahí, le contaba cosas corrientes: cómo en el barrio nuevo abrían una panadería con unas napolitanas locas de buenas, cualquier anécdota, para que él pudiese respirar cinco minutos.

Y llegó un jueves en el que diluviaba en serio sobre Salamanca; Carmen se fue a la cama pronto, decidida a descansar. Eran las once cuando sonó el timbre. Carmen se puso una chaqueta sobre el pijama y fue a abrir. Era Román.

Empapado, con los ojos rojos y un papel arrugado en la mano. No dijo nada, y ni falta hacía: Carmen lo leyó todo en su cara antes de mirar el papel. Le agarró del brazo, lo metió en casa de un tirón, cerró la puerta y lo abrazó con toda su fuerza; y entonces Román dejó de aguantar y apoyó la frente en el hombro de ella.

No es mía musitó, y a Carmen le dolió ese dolor, tan condensado en dos palabras. Cuatro años, Car. Cuatro años creyendo que era mi hija. Y ella, todo este tiempo sabiendo y callando.

Carmen le acariciaba el pelo mojado, en silencio; no era momento de consejos. Solo había que estar y no soltarle.

El divorcio duró meses, fue durísimo. Carmen le acompañaba al abogado, recogía los papeles, le preparaba la cena cuando volvía de aquellas reuniones con cara de no tener ya alma.

Ella nunca le reprochaba nada, ni pedía atención, aunque a veces el miedo y la soledad la rozaban también. Pero Román empezó a recuperarse poco a poco, y Carmen veía cómo, día a día, volvía a ser el de antes, o incluso mejor; lo que durante años había estado roto, se reconstruía poco a poco.

Pasó casi un año. Se casaron sin alharacas, en el registro civil, de manera sencilla. Carmen luego lo confesó: había sido el mejor día de su vida, porque todo era de verdad. Eligieron juntos su piso en Valladolid, que aún olía a pintura y a algo de polvo, y ese olor a Carmen le sabía a estreno, a vida nueva.

Al poco nació Leo. Cuando se lo pusieron en brazos en la habitación, pequeñito y berreando, Carmen miró a Román, que temblaba de la emoción, y pensó en aquellas noches en las que todo esto parecía un imposible.

Dos semanas después de salir del hospital, Carmen dejó el sobre con el resultado del test de ADN delante de Román. Él alternó la mirada entre el sobre y Carmen y negó con la cabeza.

Car, mujer, de ti no hace falta esto.
Ábrelo dijo Carmen, encogiéndose a su lado en el sofá y abrazando a un Leo medio dormido. No es por desconfianza, es para quedarnos tranquilos los dos. Imagínate que han cambiado al niño en el hospital y ni nos enteramos. ¡Así estamos seguros de que este trasto es nuestro!

Román leyó el papel, lo dejó sobre la mesa, y se sentó muy pegado a Carmen y Leo; se abrazaron los tres hasta que los vecinos empezaron a armar ruido poniendo la tele. Carmen cerró los ojos y pensó cómo, por fin, sus padres se habían ablandado: el padre le dio la mano a Román la semana anterior y hasta se ofreció para montar la cuna, y Marina trajo patucos de lana enormes, tejidos con tanto cariño que a Carmen casi se le saltan las lágrimas en la puerta.

Y ahí pensó que al final, un año atrás, no se equivocó decidiendo no rendirse.

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MagistrUm
Te lo voy a contar, mamá, pero siéntate: Cómo mi vida cambió cuando conocí a Román, el arquitecto ca…