Tengo 60 años, llevo tiempo jubilada y disfruto de mi propio ritmo de vida. Desde hace una década vivo sola: sin marido, sin hijos, sin amigas. Mis hijos tienen ya sus vidas montadas, familias repartidas por otras ciudades, mi marido hace años que falleció y yo, ¡pues tengo mi casita en el pueblo, mi pequeño paraíso! Eso sí, en cuanto el sol calienta un poco, me voy allí de cabeza. Lo primero: limpieza general a la casa y al jardín, y luego a plantar, cuidar las flores y hacer parterres. ¡Es que allí me siento como una reina, es mi retiro espiritual!
En invierno, claro, ni por asomo puedo quedarme allí: las heladas y las nevadas me superan, y ya no estoy yo para palear nieve, que una tiene sus años. Al no tener a nadie de confianza por la zona, cada año me veo obligada a volver a la ciudad cuando el frío aprieta. Todavía aguanto el otoño. Este septiembre incluso me puse pocha y me quedé una semanita en el piso, con sopas y manta, pero en cuanto mejoré y escampó el frío, pies para que os quiero: ¡directa a mi pueblo querido!
Cuando llegué, noté algo raro. La cancela del jardín estaba abierta de par en par. Mala señal, pensé, igual alguien ha entrado. Revisé el jardín, parecía en orden, pero la puerta de casa abierta… Me temí lo peor, ¿un robo? Entré de puntillas. Pero no, todo estaba en su sitio, salvo una manta que ni recuerdo haber usado… encaramada sobre una silla. Y en la mesa, un vaso como el que uso siempre, pero yo nunca dejo vajilla sin fregar. Algo no cuadraba
El susto dio paso al mosqueo: ¡qué morro tiene el personal, entrando en mi casa y bebiendo de mi vaso! Miré por la ventana y detrás de la casa veo a un chaval raro, con cara de pillo, que había encendido una fogatilla y calentaba las manos. Ay madre, ya decía yo El intruso.
Salí con disimulo y tosí para hacerme notar. El chico, sobresaltado, se giró con cara de cordero, pero en vez de huir, va y se me para delante y me suelta:
Perdone señora, llevo poco aquí
Tan apocado y tristón, que cualquiera se enternece:
¿Cuánto llevas aquí? ¿Has comido algo?
Sólo un par de días No tenía mucha cosa que llevarme a la boca Un poco de pan, y ahora quedan sólo migas
Presumiendo incluso, me enseñó su caña de pescar con un trozo de pan empapado en el anzuelo.
¿Y tú cómo te llamas, criatura? ¿Y qué haces aquí solo?
Soy Felipe. Mi madre y su novio me han echado de casa. No quiero vivir con ellos
¿Y te estarán buscando por el pueblo, no?
No, señora. No les importo lo más mínimo. De hecho, no es la primera vez que me escapo. Puedo estar fuera semanas, nadie da señales. Sólo vuelvo cuando tengo hambre de verdad, y ni siquiera se alegran de verme
Resulta que ni siquiera era del pueblo. Historia de libro triste donde las haya: su madre en paro, padrastros entrando y saliendo cuando les da la gana, poco pan en casa y de bebida mejor ni hablamos todo el día entre copas y broncas.
A mí aquello me revolvió el alma y me pregunté cómo podía ayudarle. Lo primero, claro: meterle en casa, darle de cenar y hacerle sitio en el sofá. Pasé la noche sin pegar ojo, dándole vueltas. Por la mañana me acordé de una antigua amiga del instituto, que ahora trabaja en el ayuntamiento, y la llamé. Si ella no podía ayudarme, al menos sabría a quién dirigirme.
Tuve suerte: me dijo que sí, que podía echarme un cable y se haría cargo del caso. Me tocó patear papeles arriba y abajo varias semanas, pero al final acabé convertida en tutora legal de Felipe. Él no se lo creía, y la madre… ni una llamada, ni un mensaje preguntando por el niño.
Ahora vivimos como abuela y nieto, compartiendo piso en invierno y la casita en verano. Dentro de nada, Felipe empieza el cole y estoy segura de que le irá bien. Sabe leer, escribir, sumar y hasta dibuja de maravilla. ¡Pero qué arte tiene el niño con los lápices! Un verdadero artistaAhora, cuando paseo por el jardín y escucho las risas de Felipe, el silencio de la casa ya no es tan pesado. Él cuida de mis rosales y hasta me ayuda a plantar tomatescada uno con su propio palito y letrero. Por las noches, cenamos juntos bajo las bombillas del porche, y a veces, cuando el cielo está despejado, inventamos historias sobre las estrellas, como si compartiéramos un secreto con el universo.
Quién me iba a decir que, a mis sesenta años, después de tanta soledad, la vida aún me guardaba un compañero inesperado, una alegría nueva. Felipe me llama abuela sin dudar, y a mí se me agranda el alma cada vez que lo oigo. Juntos, el tiempo se llena de risas, deberes y meriendas; y aunque afuera el mundo cambie, dentro de esta casa la esperanza florece cada estación.
A veces, al atardecer, paso la mano por la verja del jardín y pienso que, después de tanto vivir, quizá era esto lo que me faltaba: volver a cuidar, sentirme necesaria. Porque, de pronto, la vida no parece tan larga ni tan solitaria cuando alguien te llama para enseñarte un dibujo, buscar luciérnagas o simplemente darte un abrazo.
Y así, entre tierra, flores y luz de hogar, descubrí que a cualquier edad se puede volver a empezary que, incluso sin buscarlo, el corazón siempre encuentra la forma de volver a florecer.





