EN VEZ DE ALAS, UN BOOMERANG A MI ESPALDA -¡Os haré desaparecer a todos! ¡Ya veréis cómo bailáis! —…

EN VEZ DE ALAS, UN BOOMERANG A LA ESPALDA

¡Os voy a hacer la vida imposible! ¡Ya veréis quién ríe último! gritaba como una loca la mujer de mi hermano, Consuelo.

Pero, ¿por qué, Consuelo? Si ya te he dado toda la cantidad, ¿qué más quieres? mi madre no entendía por qué la cuñada le amenazaba.

¿Dónde está escrito eso de que me diste el dinero? ¿Dónde están los testigos? ¿Un recibo? Nos debes a Juan y a mí la mitad de este piso Consuelo no se movía del marco de la puerta, clavada.

Mira, Consuelo, vete y déjanos en paz. Yo fui testigo de la entrega del dinero, ¿te vale? Y saluda a mi hermano de mi parte. A ver si te pone freno de una vez. No vuelvas a aparecer por aquí yo no pude evitar meterme en una situación tan disparatada. Mi madre estaba indefensa.

¡Os arrepentiréis, pero será demasiado tarde! ¡Voy a acudir a una bruja y os voy a maldecir a todos! bramó Consuelo, y se marchó.

Después de que mi padre falleciera, nuestra madre vendió el chalé del pueblo y se vino a vivir conmigo, a un piso de tres habitaciones en Madrid. Yo ya era viuda por entonces, y criaba a mi hijo de cinco años, Julián. Le di la bienvenida a mi madre sin dudar.

Isabel, ¿no te importa si le doy a Juan la mitad del dinero que saqué por la casa? Al fin y al cabo es mi hijo. Consuelo le tiene amargado, diciéndole que no es buen esposo, que la familia está medio abandonada mi madre me miró suplicante.

Ay, madre, qué problema va a haber. Por supuesto, dale lo que quieras. Es lo justo yo lo veía igual.

Invitamos a Juan y Consuelo a cenar, entregamos el dinero de mano en mano. Y así, dos años después, Consuelo reaparece, exigiendo más y más, amenazando, maldiciendo.

La despaché y cerré la puerta. Desde entonces, ni mi hermano ni Consuelo nos hablaron. Como si hubiera pasado un gato negro entre nosotros. Y a partir de ese momento, la mala suerte cayó sobre el piso como una cortina de agua. Nos tocó hacer turismo por las desgracias. Ya se sabe: te escapas del dolor cruzando el río, pero el berrinche te espera en la orilla.

Mi madre se puso mala, yo me enfermé sin saber de qué, y Julián tenía una extraña dermatitis que le hacía perder el sueño. Todo se nos complicaba. El piso, impregnado en olor a medicamentos, se convertía en un campo de ruinas: todo se rompía, caía o se hacía añicos. El reloj de pared se paraba de madrugada. Yo, que era inspectora de policía, tuve que jubilarme por años de servicio, aunque pensaba seguir hasta que me pidiesen que dejase el puesto. Tenía que cuidar de mi madre postrada y tratar a Julián como podía. El dinero parecía evaporarse, como si tuviera agujeros en los bolsillos.

Me acuerdo de que convertí el piso en una selva de violetas: por todas partes, los tiestos llenos de esas flores tan sencillas. Las cultivaba y multiplicaba, y las vendía en el mercado de La Latina. Se podría decir que esos pequeños milagros florales nos salvaron de las deudas; las violetas se vendían como churros.

Cada año venía la familia de visita. Pasaban una semana, nos regalaban ropa usada pero limpia, y traían comida: carne, pasta, arroz, harina Todo nos venía como caído del cielo. Al irse, volvía la rutina de nunca acabar.

Sin un duro, enfermedades, apatía a granel.

Para no dejarme vencer por la mala racha, planté un pequeño jardín en la entrada del portal. Sembré semillas en primavera: boca de dragón, alhelíes, caléndula. Era lo único que me daba un poquito de alegría.

Un día, pasó el vecino Manuel, y miró la humilde esquina floral:

Buenas tardes, vecina. ¿Le apetece que le dé dinero para comprar flores? Así se pone el jardín de película.

No supe ni qué decir. Manuel me metió los billetes en el bolsillo del batín:

No se corte, nuestra querida jardinera. Usted está creando belleza para todos.

Animada, me fui a comprar plantas exóticas y arbustos. Mi jardín empezó a oler y a lucir como el Edén. Los vecinos se quedaban boquiabiertos.

Manuel siempre se paraba, admirando mi obra:

Solo a alguien de buen corazón le crecen así las flores.

El vecino siempre me regalaba bombones, tabletas de chocolate, helados:

Esto es para ti, Isabel, por no parar de trabajar.

A mí me hacía gracia tanta atención de un hombre que no era de la familia.

Pasaron los años y, poco a poco, las cosas en casa mejoraron.

Mi madre, algo recuperada, se animó. Julián vio su piel curarse. Yo, de pronto, me sentí dama de encaje blanco, con ganas de amar y que me amen, sin fijarme en el otoño de mi edad.

Julián, tras ver tanta enfermedad en casa, decidió ser médico. Entró en la Facultad de Medicina sin problemas, trabajó en hospitales a la vez. Pronto asistió en operaciones. Con el tiempo, los vecinos venían a pedirle diagnósticos, inyecciones, goteros

Julián se especializó en cuidados intensivos.

Entre los dos hicimos una reforma estética en el piso. Julián se compró un coche de segunda mano, y está preparando boda con su colega, Pilar, que es cardióloga. La vida va tranquila y bien.

Hace poco me llama Consuelo, con voz ronca:

Isabel, ¿puedes venir a verme? Estoy ingresada en el hospital.

Voy a la dirección. Entro a la sala común, encuentro la cama de Consuelo.

¿Qué te pasa, Consuelo? me sorprende verla tan demacrada, con la mirada vacía.

Pues mira, Isabel Paseábamos por la sierra Juan y yo. Encontramos un cráneo humano entre la hierba, lo llevamos a casa. Lo limpiamos, le pusimos barniz, lo hicimos cenicero. Medio año después, tu hermano murió en accidente. Dos meses después, nuestro hijo se asfixió en el garaje, estaba de fiesta con colegas. Yo, aquí, con una neumonía. Madre mía, ¿por qué nos trajimos ese cráneo maldito? Empezaron los problemas desde entonces Consuelo lloró amargamente.

No, Consuelo, todo empezó cuando fuiste corriendo a brujas y hechiceras. El cráneo fue la consecuencia no pude callarme. Demasiadas desgracias nos había traído.

Tienes razón, Isabel. Confieso: maldije y busqué daño para vosotros. Mi rabia se volvió alquitrán negro. Al final, me he condenado a la soledad. Perdón. Olvidemos las rencillas. De joven tenía alas en la espalda, ahora solo tengo un boomerang clavado. Y quema Consuelo se hundió, pensativa.

Le conté todo a Julián. No se quedó indiferente:

Mamá, vamos a trasladar a la tía Consuelo a mi hospital. Allí la cuidan mejor. No es una extraña.

Sí, hijo yo perdoné a Consuelo de corazón. Y hay que compadecerla: se ha quedado sola, con tanto dolor.

Manuel propuso unir nuestros caminos. Vivía justo encima.

Isabel, vente a mi casa, será más alegre. Tú eres viuda, yo viudo. Tendremos conversaciones para rato. ¿Te parece?

Sí, Manuel no creía en mi inesperada felicidad. Cayó desde el cielo, me caldeó el alma, me hizo brillar.

Mi madre se alegró por mí:

¿Ves, Isabel? Tu destino estaba a tu lado, se fue acercando poco a poco, observándote. Te has ganado la dicha.

Consuelo se recupera rápido y pide venir de visita. ¿La invitamos? Ya lo consultaré con Julián y ManuelLa tarde en que Consuelo llamó para pedir venir, sentí un vértigo extraño. Miré a Manuel, buscando su opinión:

Creo que debemos darle la oportunidad, Isabel. Todos merecen un nuevo comienzo me dijo, con dulzura.

Preparé el salón con flores frescas, Julián ayudó a ordenar la mesa, mi madre puso la vajilla antigua. Cuando Consuelo llegó, temblaba, pero el abrazo que le di borró años de resentimiento.

Nos sentamos alrededor del café y las violetas, y la conversación fluyó, tímida al principio, luego cálida. Consuelo miró a Julián:

Nunca imaginé que serías médico. De verdad, gracias por cuidar de mí

Julián le sonrió y le apretó la mano:

Todos tropezamos, tía. Lo importante es levantarse juntos.

Esa noche, el piso, renovado y perfumado, fue testigo de una cena de reconciliación. Los viejos dolores se disiparon, y el futuro se llenó de promesas.

Manuel brindó por la familia:

Que esta mesa siempre tenga espacio para la esperanza.

En ese instante, comprendí que las violetas que plantamos cuando todo parecía perdido eran no solo flores, sino símbolos de resiliencia. Nos hicieron recordar que la vida devuelve multiplicado lo que se da con amor.

Al mirar a mi alrededor, vi a mi madre sonreír, Manuel mirándome con ternura, Julián entre risas y Consuelo, por fin, en paz. Sentí que no necesitaba alas para volar: la alegría nacía justo de quienes me rodeaban.

Y así, terminamos la noche riendo, compartiendo historias, sabiendo que, por fin, el boomerang había regresado trayendo consuelo pero esta vez, hecho de perdón.

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