Durante mucho tiempo guardé silencio y soporté a mi madre. Pero un acontecimiento lo cambió todo

Mira, te voy a contar algo de mi vida que llevo dentro desde hace tiempo. Cuando tenía diecisiete años, mi padre nos dejó de forma repentina. Aquello fue un palo muy duro para mi madre, para mi hermana pequeña y para mí. Mi madre se partía el lomo trabajando en dos sitios a la vez en Madrid y, aun así, no ganaba gran cosa. Iban justitas de euros para todo. Solo en Navidad teníamos fruta y algún dulce, imagínate. Yo nunca tenía valor para pedirle nada a mi madre; más bien intentaba buscarme la vida para tener mis propias cosas sin agobiarla demasiado. Y como mi hermana era mucho más pequeña, las dos junto a mi madre hacíamos lo que podíamos para que no se sintiera diferente ni menos que nadie.
Pero, te soy sincera, la muerte de mi padre no fue el final de nuestros problemas. Al poco tiempo, mi madre tuvo un ictus y la ingresaron en el hospital de La Paz. Desde entonces no volvió a caminar. Le dieron una pensión por discapacidad, pero no era suficiente ni para lo básico. A pesar de todo, yo intentaba pensar que en algún momento las cosas mejorarían.
El caso es que tuve que dejar la universidad, porque pasé a ser la única que mantenía la casa. Cuidar de mi madre enferma y de mi hermana era agotador, no te puedes hacer una idea. Varias personas intentaron ayudarme, pero siempre decía que no. Antes de enfermar, mi madre era amabilísima, muy honesta, una mujer bondadosa. Pero tras el ictus, parecía otra.
Empezó a quejarse de su mala suerte, luego a criticar a mi hermana y a mí: que cocinábamos fatal, que todo estaba sucio, que gastábamos demasiado dinero en tonterías…
Yo intentaba no hacer caso a sus palabras. Comprendía que el dolor y la situación pudieran sacarla de quicio. Pero aun así, dolía. Lo daba todo por ella y nunca sentí ni una pizca de gratitud. Algunas personas me aconsejaban que buscara una enfermera para que la cuidara y que buscase un trabajo mejor pagado, pero yo no quería dejarla con alguien desconocido, sabiendo que sus únicas hijas estábamos ahí. No me veía capaz de eso.
Las quejas de mi madre iban a más. Si compraba algo, era una discusión segura. Y eso que ahorrábamos donde podíamos, eh.
Durante mucho tiempo aguanté y callé, pero hubo un momento que lo cambió todo. Me puse malísima. Me dolía la cabeza, tenía fiebre alta, tos a rabiar.
No dormí apenas y por la mañana me dije: Lo primero, el médico. Mi hermana menor, al verme tan hecha polvo antes de irse al instituto, me dio un abrazo y me animó a ir al centro de salud cuanto antes. ¿Y mi madre? No necesitas doctores, hija. Tu cuerpo es joven, lo superas en dos días. Yo sí que estoy fatal y hacen falta euros para mí, lo más importante; si ahora gastas en ir al médico, seguro que es una gripe y eso se pasa solo, me soltó. Hasta me acusó de no preocuparme por ella y de querer que se muera antes.
Mientras la escuchaba, se me saltaban las lágrimas del cansancio y la impotencia. Te juro que ya no podía más. Por mi madre lo dejé todo, incluso mis estudios, para trabajar en algo que nunca quise… Solo podía con todo si me vaciaba, y aún así, ningún reconocimiento. Supongo que fue el hartazgo y al final exploté. Le grité y solté todo lo que llevaba dentro.
Resulta que lo que tenía era una neumonía. El médico me dijo que era grave y que debía ingresar en el hospital, pero ni me lo planteé; no podía dejar a mi hermana con mi madre sola. Así que compré los medicamentos y me fui a casa de mi mejor amiga.
Sara me abrió la puerta y nada más verme, me puso las pilas: ¿Pero se puede saber qué haces por la calle, tía, y no metida en la cama?. Le conté todo lo de casa y le pedí ayuda para buscar una enfermera para mi madre. Yo, además, necesitaba salir de allí urgentemente.
Sara me ofreció quedarme con ella un tiempo y volver a por mis cosas con calma. Pero cuando regresé a casa, mi madre volvió a gritarme nada más abrir la puerta. Ni preguntó por mi salud, solo andaba contando los billetes. Le di de comer y me fui a mi cuarto. Ya tenía claro que no podía seguir allí.
Sara se portó de diez. Encontró una enfermera enseguida y en su casa pude respirar. Cambié de trabajo y desde entonces no he vuelto a visitar a mi madre. Sé que puedo parecer una hija fría, pero de verdad, lo intenté todo. Jamás recibí una sola palabra de agradecimiento. ¿Realmente mereció la pena todo ese sacrificio? Supongo que ya me toca empezar a pensar en mí.
Eso sí, cada mes le paso el dinero necesario para todo y para pagarle la enfermera, incluso algo de más. Victoria, la señora que cuida de mi madre ahora, me cuenta que cada vez se acuerda menos de nosotras. Ya ni felicita por el cumpleaños, aunque mi hermana y yo seguimos escribiéndole. Pero bueno, eso ya no es lo importante. Lo bueno es que he conseguido rehacer mi vida y pronto podré mudarme con mi hermana a un piso que vamos a compartir. Ella siempre me repite: Hay que ayudar a los padres, sí, pero nunca si acaban contigo poco a poco.
Así está la cosa… Soy otra persona ahora y aunque fue durísimo, creo que merezco vivir en paz.

Rate article
MagistrUm
Durante mucho tiempo guardé silencio y soporté a mi madre. Pero un acontecimiento lo cambió todo