Víctor tiene apenas tres años cuando queda huérfano de madre. La ve morir delante de él, arrojándolo lejos del rugido de la moto que se precipita contra ellos. Su vestido rojo se incendia en un destello y, de pronto, todo se vuelve negro y silencio.
Los médicos luchan y logran que abra los ojos. Todos temen el instante en que pregunte por su madre, pero Víctor guarda silencio. No dice una palabra durante medio año, hasta que una noche despierta con un grito desgarrador: «¡Mamá!»
En el sueño vuelve a fluir el recuerdo y el fuego rojo vuelve a arder en sus pupilas. Para entonces Víctor ya vive en un albergue de niños de la zona de Lavapiés, sin comprender por qué lo han dejado allí. Ha adquirido una costumbre: se planta frente a la gran ventana que da a la calle y a la avenida principal, mirando fijamente al horizonte.
¿Por qué estás siempre ahí parado? gruñe la anciana cuidadora, María, mientras barre el suelo con destreza.
Espero a mi madre. Vendrá a buscarme.
¡Ay, qué ilusión! suspira María. No pierdas el tiempo allí. Vamos, te invito a un té.
Vamos acepta el chico, pero vuelve a la ventana y se sobresalta cada vez que alguien se acerca al albergue.
Los días se suceden, los meses pasan, y Víctor no abandona su puesto, aguardando el día en que el vestido rojo se vea entre la gris monotonía y su madre le extienda la mano diciendo: «¡Al fin te encontré, hijito!»
María llora al ver al niño, lo siente más que a los demás, pero no puede ayudarlo. Psicólogos, médicos y trabajadores sociales le explican que no debe esperar tanto tiempo, que no tiene por qué vigilar la ventana día y noche, que hay juegos, amistades y otras actividades.
Víctor asiente, pero en cuanto lo sueltan vuelve a la ventana. María, al iniciar su turno, ve a través del cristal la silueta del muchacho y ya no puede contar cuántas veces le ha saludado al marcharse.
Ese día, María se vuelve, mira al niño y se dirige a su casa, cruzando el puente que pasa sobre la vía del metro. Allí, una joven de aspecto preocupado observa la bajada. De pronto, hace un gesto sutil que María interpreta al instante.
¡Qué despistada! dice acercándose la joven.
¿Qué ha dicho? pregunta la desconocida a María, con los ojos cansados.
¡Despistada! ¿Qué se te ocurre, descarriada? ¿No sabes que es un grave pecado negarte a la vida? No la elegiste tú, tampoco te corresponde acabar con ella.
¡Y si ya no puedo más! exclama la mujer con voz temblorosa. Si no tengo fuerzas, si ya no veo sentido a nada ¿Qué hago entonces?
Entonces ven conmigo. Vivo justo al otro lado del paso. Hablaremos allí. No hay nada que hacer aquí.
María se aleja sin mirar atrás, conteniendo la respiración. Detrás suenan los pasos de la mujer y María suspira aliviada, contenta de haber llegado a tiempo.
¿Cómo te llamas, tonta?
Olga.
Olga Así se llamaba mi hija. Murió hace cinco años, una enfermedad la consumió y me dejó huérfana. No tengo nietos, ni hijos, ni marido. Yo me llamo María. Pasa, entra; no es un palacio, pero es mi hogar. Me cambio y pongo la mesa; cenaremos y tomaremos un té, y todo se acomodará. Olga agradece y sonríe a la anciana.
Gracias, tía María.
De nada ¡Ay, niña, la vida siempre es dura para las mujeres! Lloramos, sufrimos, pero no nos lanzamos al abismo. No pienses que todo es culpa tuya.
No se lo tome a mal, dice Olga, calentándose las manos con una taza humeante. Yo soy fuerte, pero parece que la locura me ha atrapado.
Olga nació en un pueblo de Castilla y hasta los siete años vivió sin penas. Sus padres la adoraban, pues era hija única. Entonces todo se vino abajo: el padre la abandonó, se marchó a otra familia y a otros hijos. La madre, destrozada, empezó a beber en exceso y descargaba su ira en la niña.
Como venganza al marido que nunca divorció, la madre introdujo a extraños en la casa. Dejó de cocinar, de cuidar el hogar y toda la carga recayó sobre la pequeña. Pronto los compañeros de bebida de la madre se llevaron lo poco que quedaba del padre.
Olga tuvo que trabajar para los vecinos: deshierbar huertos, ayudar en lo que fuera, recibiendo alimento a cambio. Alimentaba a su madre desamparada sin recibir agradecimiento. No esperaba palabras tiernas, pues sabía que una familia normal ya no existía para ella.
El padre nunca volvió a llamarla; algunos decían que había emigrado a Andorra, y ella comprendió que nunca lo volvería a ver.
Olga sufrió humillaciones y pobreza; no tenía amigas y los chavales evitaban a la hija de la alcohólica del pueblo, lo que la sumía en una soledad abrumadora. Su aldea era acomodada, y familias como la suya eran excepciones. Desde niña fue marginada.
Una noche, cuando tenía quince años, el borracho de la madre irrumpió en su habitación. Por suerte, Olga logró zafarse por la ventana y escapar de la catástrofe.
Hasta el amanecer permaneció vigilando el viejo granero. Cuando confirmó que la casa estaba en silencio, entró a su cuarto, tomó sus documentos, sacó el dinero escondido, empacó unas pocas prendas y, sin mirar atrás, abandonó el hogar para no volver jamás.
Al atardecer, su padre Iván llegó para encontrarse con ella. Al ver la ruina, la buscó entre los vecinos, pero nadie sabía nada. Ahora sabía cómo había vivido su hija todos esos años; lloró desconsolado en su coche de lujo, lamentando haberse dado cuenta demasiado tarde.
Iván había sido camionero y, en un viaje, conoció a la adinerada soltera Galia. Ella usaba frecuentemente la compañía de transporte de Iván y siempre exigía que él fuera quien la atendiera. Iván le cayó bien, y Galia hizo lo posible por retenerlo. Con los años tuvieron dos hijos, y ella anunció que abandonaría Rusia para mudarse a Madrid.
¿Quieres venir a vivir con nosotros? Si no, vuelve con tu mujer. Te quiero, Iván, y será duro sin ti, pero no te obligaré. Decide tú. le dijo Galia.
Iván eligió quedarse con ella. Le dolía dejar a su hija, pero no quería dividir su vida entre dos familias. Además, la madre de Olga le agotaba con constantes reclamos y celos, y su afición al alcohol empeoraba todo.
Un día, mientras Olga asistía a la escuela, Iván volvió a casa y la encontró con otro hombre. Eso lo quebró. Cuando Olga regresó, solo vio a su madre borracha, quien le dijo que su padre la había abandonado para siempre. Desanimada, Olga huyó a la ciudad.
Allí, una anciana bondadosa, Doña Zulema, le alquiló una habitación pequeña. Olga pagó tres meses por adelantado. Cuando el contrato expiró, Zulema le propuso vivir a cambio de cuidar de ella sin costo. Durante cinco años, Olga atendió a su casera; los últimos dos, la anciana estuvo postrada en cama. Cuando Zulema falleció, Olga, con lágrimas, descubre que ha heredado el modesto piso en el barrio de Vallecas.
Más tarde, Olga conoce a Yuri, un joven banquero que le gusta. Creen que el destino les sonríe, pero dos años después, Olga lo sorprende con otra mujer. Yuri no se disculpa; expulsa a la amante y, después, agrede a Olga brutalmente, dejándola hospitalizada.
Olga ni siquiera logra decirle a Yuri que está embarazada. Pierde al bebé; los médicos le advierten que es improbable que vuelva a concebir. Se queda sin familia, sin marido, sin hogar. Yuri vende el piso que había heredado de Zulema y compra un coche nuevo. Olga, aunque destrozada, sigue creyendo en el amor.
Al salir del hospital, sin rumbo, sus pasos la llevan al puente ferroviario. Allí, María la recibe, sin interrumpirla, y al terminar la conversación dice:
Eso no es nada. Hay que seguir viviendo, ¿entiendes? Eres joven, tienes todo por delante: amor, felicidad. Mientras estés conmigo, trabajas todo el día y vuelves a casa solo al atardecer.
Olga pasa dos semanas bajo el techo de María. Un nuevo vecino, el guardia civil Gregorio, llega para presentarse a los residentes del barrio. María no está, pero él habla con Olga y promete volver cuando ella regrese. Gregorio llega varias veces y se vuelve el confidente de Olga.
Un día, Gregorio llama a Olga y le dice:
¿Conoces a Iván Andrés?
Sí, es mi padre.
Él lleva años buscándote.
Al oír eso, Olga se siente feliz y su futuro mejora. Iván, al saber que su hija está viva, le compra un buen piso, abre una cuenta bancaria con varios miles de euros, le consigue un puesto de abogado en una firma prestigiosa y asegura visitarla con frecuencia.
Olga decide visitar a María con unas galletas y charlar con la amable anciana. Al llegar, María está enferma, con fiebre alta y sin fuerzas.
¡Me he derrumbado, Olga! Creo que no voy a salir de aquí.
No, tía María. Ya he llamado a la ambulancia, vendrán pronto y todo irá bien. ¿Me crees?
Sí. Escucha, trabajo en el albergue. Hay un niño, Víctor, que acaba de cumplir cinco años. Quiero dejarle mi apartamento; tengo un testamento en la estantería. Que lo tengas.
¿Quién es ese niño? ¿Cómo lo reconozco?
Lo reconocerás. Lleva dos años parado en la ventana del segundo piso, esperando a su madre. Dice que ella vendrá vestida de rojo
La ambulancia lleva a María al hospital. Pasa varios días allí, luego la trasladan a una clínica de rehabilitación. Olga paga todos los gastos y, al volver al albergue, encuentra la ventana vacía: Víctor ha sido adoptado.
Todos en el orfanato cuentan que, una mañana, mientras Víctor cumplía su guardia, apareció una figura femenina en el camino. El niño gritó y apretó su mano contra el corazón que latía con fuerza: la mujer de vestido rojo lo miró directamente y le agitó la mano.
¡Mamá!
Víctor corrió hacia ella, temiendo que se fuera, pero ella, con los brazos abiertos, se lanzó al encuentro del niño.
¡Mamá! ¡Mamá, te he esperado tanto!
Olga, abrazando al flaco niño, asegura que hará todo para que nunca vuelva a conocer la tristeza. Con el tiempo, Olga y Gregorio viven en una casa amplia, crían a Víctor, que ya se prepara para entrar en la escuela y espera con ansia la llegada de un hermanito. También vive con ellos la abuela María, eternamente agradecida a Olga y a Gregorio por su ayuda. La felicidad tranquila de esa familia reside en el amor que se profesan cada día.







