En el crudo invierno de hace ya muchos años, Carmen tomó la decisión de vender la casa de su pueblo y marcharse a vivir con su hijo. La nuera y el hijo la habían invitado desde hacía tiempo, pero ella no lograba desprenderse del nido que había construido con tanto esfuerzo. Sólo después de un derrame cerebral, del que apenas se recuperó, comprendió que vivir sola se había vuelto peligroso, sobre todo porque en el pequeño pueblo de Villanueva de la Sierra ya no había médico. Vendió la vivienda, dejando casi todo a la nueva dueña, y se trasladó a la casa de su hijo.
En el verano el núcleo familiar, que habitaba en un piso noveno de la capital, se mudó al chalet que el hijo, Juan, había levantado en las afueras de Toledo. El proyecto era propio: «Crecí en una casa de campo; así quiero que sea la mía», declaraba mientras firmaba los planos. La construcción resultó una vivienda de dos plantas, con todas las comodidades, una cocina espaciosa, salones luminosos y un baño cuyas baldosas azules recordaban al mar. Carmen, con su humor de siempre, bromeó: «Parece que hemos llegado a la playa».
Solo había un detalle que Juan no había previsto: la habitación de Carmen y la de su nieta Azucena quedaban en el segundo piso, y la anciana tenía que bajar cada noche por la estrecha escalera para ir al aseo. «Ojalá no me caiga mientras duermo», se repetía cada vez que se aferraba al pasamanos. A pesar de ello, Carmen se adaptó con rapidez a la nueva familia. Con la nuera, María, mantenía una relación cordial; la nieta, siempre pegada al móvil y al internet, no le causaba molestia. Carmen se obligaba a no dar lecciones, a guardar silencio y a ver menos, como se decía: «A buen entendedor, pocas palabras».
Cada mañana la casa se llenaba de salida: los niños al colegio, Juan al trabajo, María a sus tareas. Carmen quedaba sola con el perro Chico, un chihuahua de mirada vivaz, y la gata Marta, más perezosa. En una pecera de forma circular también vivía una pequeña tortuga, Lola, que se posaba en el borde y estiraba el cuello como queriendo observar la vida. Tras alimentar a los peces y a Lola, llamaba a Chico a la cocina para ofrecerle té. El perro, siempre sosegado, la observaba con sus ojos castaños como si quisiera leer su alma. «Vamos a tomar el té», le decía mientras sacaba de la alacena una caja de galletas. Chico adoraba esas galletas de niños; la mujer, compadecida, compraba esas mismas galletas para él, pues su raza, el chihuahua, requiere una dieta delicada.
Al terminar el almuerzo y poner orden en la casa, Carmen se dirigía al huerto. Acostumbrada al trabajo rural, continuaba con la tierra, cavando en los surcos y arrancando malas hierbas. Allí quedó atrapada la vista en el vecino de la otra parcela: una cerca alta ocultaba la mayor parte del terreno, salvo un pequeño tramo sin valla detrás de la casa. Juan, pensando que esa zona no necesitaba protección, había colocado una barandilla decorativa. Carmen no conocía al dueño de esa parcela, aunque a veces veía a un anciano de sombrero gastado que también labraba la tierra. Era un hombre taciturno, que se retiraba al cobertizo o al garaje en cuanto ella lo miraba.
Una tarde, mientras acomodaba la habitación de Azucena, Carmen subió al segundo piso y se acercó a la ventana. Al abrir las cortinas, descubrió al anciano caminando despacio, con la cabeza gacha, acercándose al arándano. Se sentó en un viejo cubo, tosió y se frotó los ojos con la manga de su camisa de tonos apagados. «Tose y anda desnudo», pensó Carmen, y entonces percibió que el hombre lloraba. Su corazón se encogió. «¿Qué ocurre? ¿Necesita ayuda?,» se lanzó al balcón, pero la voz aguda de una mujer que gritaba por la ventana la detuvo. Allí comprendió que el viejo no estaba solo.
Desde entonces, Carmen se volvió más atenta con los vecinos. Una noche escuchó al hombre hablar consigo mismo: «¡Ay, pobres pajarillos! Vuelan libres mientras el sol calienta, pero al llegar el frío los encierran y se olvidan de alimentarlos. Yo también estoy encerrado. ¿A dónde iré?,» y una profunda tristeza tintineó en su voz, provocándole una punzada de compasión.
Al día siguiente preguntó a María sobre los vecinos. María explicó que antes vivía allí una familia; el patriarca, don Pedro, había fallecido, y su hijo Luis, con su esposa, había tomado la parcela. Con los años, el anciano quedó solo, pues la hija ya no trabajaba para él, y él sólo se ocupaba del huerto y hacía sus compras. Cuando Carmen indagó por el hijo, María respondió: «Luis es callado, no sabe disputar. Así se crió toda la familia».
Esa noche, la inquietud no le permitió conciliar el sueño. Sacó una hoja y dibujó una puerta sobre un lago, con una llave hundida en el fondo. En el sueño recurrente, recordaba al marido enfermo que le había amenazado con enterrarla bajo un manzano. El miedo la acompañaba como una sombra; ató la sábana al pomelo de la puerta, colocó una barra de hierro y se quedó a la espera de cualquier ruido que la despertara. No era por ella misma, sino por Azucena, su nieta, a quien quería proteger.
Al alba del día siguiente, salió a comprar pan en la panadería del mercado de Toledo. Al abrir la puerta, un vendedor le mostraba un bocadillo que aseguraba recién horneado, pero la corteza estaba dura, claramente de día anterior. «Señor, eso no es pan fresco», le contestó Carmen, señalando la costra. El vendedor, avergonzado, cambió el producto y ella compró un pan de pueblo en otro mostrador. Al salir, un anciano del lado de la puerta le dio las gracias por su defensa: «Gracias, Señora, pues a veces es difícil enfrentarse a la grosería». Él resultó ser don Pedro, el vecino que había escuchado antes; su rostro era delgado pero su sonrisa cálida.
«Vamos, que estamos por la misma calle», le propuso Carmen, «nosotros somos vecinos». Él, sorprendido, respondió: «¿Viven con Óscar y Clara? Conozco a los padres de Clara, trabajan mucho en el huerto». Carmen aclaró que ella era la madre de Óscar, recién llegada a esas tierras. El hombre recordó haber oído que vivía en Siberia; ella corrigió: «Yo viví sola, y ahora, con la salud menguada, necesitaba compañía».
Al conversar, don Pedro comentó que el pan recién horneado olía delicioso. «¿Su hijo ya está sembrando patatas?», preguntó mientras masticaba. Carmen respondió: «Empezaremos el sábado». Entonces, con un toque de valentía, le invitó a tomar el té: «Me llamo Carmen, ¿y usted es don Pedro, verdad? Le invito a mi casa». Él vaciló, pero ella insistió: «No hay inconveniente, mi perro sólo está en casa y no molesta a nadie. He preparado té recién hecho». Lo condujo por la puerta del jardín, cruzaron la verja y entraron a la cocina. Allí, sobre la mesa, había pasteles caseros, y el perro Chico, sentado a la entrada, los observaba con sus ojos curiosos.
La conversación giró en torno al huerto, al clima y a los precios del mercado. Carmen sintió una punzada de compasión al ver la melancolía en la voz de don Pedro y pensó: «¿Cómo puede uno vivir sin hablar con la gente?». Él, al fin, confesó que se sentía encerrado, como una jaula, y que la soledad le oprimía.
Desde aquel día, la vida de Carmen cobró un nuevo sentido. Cada mañana, mientras despedía a los niños, se apresuraba a preparar el desayuno y luego se dirigía al huerto, donde don Pedro ya la esperaba saludándola con una mano levante. Le llevaba fruta, le ofrecía pan y, a cambio, él le contaba historias de su juventud. El rincón tras la casa permanecía oculto a los curiosos, pero allí podían hablar sin temor a los reproches de María.
Una mañana, don Pedro anunció que su hijo Luis y su familia se marcharían de vacaciones a las Islas Canarias. Carmen, al oírlo, exclamó: «Que vayan, que se lo merecen; yo seguiré aquí, cuidando la casa, que ya se hace tarde para seguir en el cobertizo». Luis, al escuchar la conversación, se sonrojó y se marchó apresuradamente.
Al día siguiente, al abrir la puerta de su casa, Carmen se encontró con la ausencia de don Pedro. El silencio del patio la inquietó. Decidió escalar la pequeña cerca y tocar el timbre. La puerta se entreabrió y, al entrar, encontró al vecino tendido en el suelo, con la mano izquierda sin vida y una bolsa de nitrógeno esparcida a su alrededor. Gritó: «¡Señor mío!». Llamó a su hijo Óscar, que acudió de inmediato y, entre sollozos, pidió una ambulancia. Quinientos metros después, llegaban los paramédicos, el doctor de guardia tomó su pulso, verificó sus pupilas y preparó la inyección. Carmen sintió que, al fin, aquel hombre que tanto había sufrido, estaba a salvo.
Los días siguientes transcurrieron como un sueño. Carmen se debatía entre la culpa y el alivio, pensando: «¿Cómo pudo la familia dejar al padre sin ayuda?». Recordó la historia del autor de “Cañón del Río” que, en su infancia, encerró a su madre en la cocina de verano para que muriera de hambre. «Que Dios no permita que haya hijos así», rezó.
Tras un mes, don Pedro salió del hospital. Carmen lo visitaba cada día, llevándole sopa y pan. «Para vivir hay que comer», le repetía mientras compartían la mesa. En aquella visita, él le confesó que el fondo de su casa era suyo, que había redactado un testamento a favor de su hijo, pero que la nuera exigía una donación de la pensión y la escritura de la vivienda. Carmen, con voz firme, le respondió: «No dejes que te arrebaten lo que es tuyo. Yo hablaré con la familia; ellos tienen una vivienda en Madrid que está vacía. Podemos movernos allí y tú vivirás tranquilo».
Así, la anciana Carmen, que había cruzado el crudo invierno para buscar refugio, encontró en aquel vecino una nueva razón para seguir adelante. La soledad que una vez la acechó quedó atrás, reemplazada por la solidaridad de un pueblo que, aunque a veces parezca rígido, aún guarda espacio para la compasión y la ayuda mutua.





