La perra ya casi no le importaba nada, estaba dispuesta a abandonar ese mundo cruel
Isabel llevaba años viviendo en una casita al final del pueblo de Valduerna. Cuando alguien le decía que estaba sola, ella soltaba una risa: ¿Yo sola? replicaba con una sonrisa. ¡Ni hablar! Tengo una familia enorme.
Las vecinas del pueblo asentían con amabilidad, pero al volver la vista atrás se cruzaban miradas y se giraban el dedo sobre la sien, como diciendo que aquella familia no tenía marido, ni hijos, solo animales Sin embargo, a Isabel esos cuadrúpedos y plumíferos los consideraba sus parientes. No le importaba la opinión de quien creía que un animal solo sirve para algo: una vaca para la leche, un gallo para el amanecer, un perro para la guardia, un gato para los ratones. En su hogar había cinco gatos y cuatro perros, y todos dormían dentro, no en el patio, lo que desconcertaba a los vecinos.
Ellos apenas comentaban su sorpresa entre ellos, sabiendo que discutir con la extravagante era inútil. Cada reproche le sacaba una carcajada a Isabel: ¡Anda ya! No les falta nada, la calle les basta, aquí en casa nos sentimos todos a gusto.
Hace cinco años su vida se truncó en un día: perdió al marido y al hijo en un accidente cuando, al volver de la pesca, una pesada furgoneta se cruzó en la carretera. Tras el susto, Isabel comprendió que seguir en esa casa, llena de recuerdos, era imposible. Resultaba insoportable recorrer las mismas calles, entrar en los comercios de siempre y recibir miradas compasivas.
Seis meses después vendió la vivienda y, acompañada de su gata Luna, se mudó a una casita en las afueras de Valduerna. En verano trabajaba en el huerto y, en invierno, en la cafetería del centro de salud. Poco a poco fueron llegando nuevos compañeros: algunos pedían limosna en la estación, otros deambulaban cerca de la cafetería en busca de comida. Así nació su familia, compuesta por seres que alguna vez habían sido solitarios o habían sufrido. El cálido corazón de Isabel curaba sus viejas heridas, y ellos respondían con lealtad y cariño.
Alimentaba a todos, aunque a veces resultaba difícil. Consciente de que no podía seguir adoptando indefinidamente, se prometía a sí misma no aceptar más animales Pero un marzo se tornó en un febrero rígido: la nieve espesa cubría los senderos y el viento cortaba como navaja.
Aquella tarde Isabel corría para alcanzar el último autobús que la llevaría a su pueblo. Tenía dos días libres y, después de su turno, había entrado en las tiendas, comprado provisiones para ella y para sus mascotas, y llevaba también comida de la cafetería. Las bolsas pesadas le arrastraban los brazos mientras avanzaba, pensando solo en el calor del hogar. De pronto, a pocos pasos del paradero, se detuvo y giró la cabeza.
Debajo de un banco yacía una perra. La miraba con los ojos apagados, como cristales. La nieve la cubría, y se veía que llevaba allí varias horas. La gente pasaba envuelta en bufandas y no se detenía. ¿Nadie se ha fijado? pasó por su mente en un suspiro.
El corazón se le encogió. Olvidó el autobús y sus promesas, corrió, dejó las bolsas y tendió la mano. El perro parpadeó lentamente. ¡Gracias a Dios, sigues viva! exhaló aliviada. Vamos, amiga, levántate
El animal no se movía, pero tampoco se resistía mientras Isabel lo sacaba con cuidado del banco. Parecía que ya no le importaba nada, como si estuviera lista para abandonar ese mundo cruel
Isabel no recordaba cómo logró subir las dos bolsas y a la perra al autobús. Una vez dentro, se sentó en la esquina del salón de espera y empezó a frotar y calentar el escuálido cuerpo, apretando entre sus manos sus patitas entumecidas.
Vamos, niña, recupérate. Todavía tenemos que volver a casa le murmuró. Serás la quinta de nuestra manada, para que el número cuadre.
Sacó de su bolso una albóndiga y se la ofreció a la recién llegada. Al principio la perra la rechazó, pero al calentarse un poco, cambió de parecer: sus ojos se iluminaron, sus fosas nasales temblaron y aceptó el bocado.
Una hora después, Isabel ya estaba en la carretera con la perra así la llamó, Mila, alzando la mano para que un coche se detuviera, pues el autobús había partido hacía tiempo. Desde su cinturón improvisó una especie de collar con una correa, aunque no era estrictamente necesario: la perra se mantuvo a su lado, pegada a sus pies. Décimo minuto después, un coche se detuvo.
Muchísimas gracias exclamó Isabel. No se preocupe, llevaré a la perra en mi regazo, no ensuciará nada. No hay problema respondió el conductor, Víctor. Que se siente, no es tan pequeña.
Mila, temblorosa, se aferró a su dueña y ambas se acomodaron en el asiento del pasajero. Así está mejor sonrió Isabel.
El conductor subió la calefacción y, en silencio, el vehículo avanzó. Isabel, mirando los copos de nieve que se reflejaban en los faros, abrazaba a su nueva compañera, mientras Víctor lanzaba miradas furtivas al perfil cansado pero tranquilo de la pasajera. Se dio cuenta de que había encontrado a una perra que necesitaba volver a casa.
Al llegar a la casa, Víctor ayudó a cargar las bolsas. La nieve había acumulado un montón frente al portón, tan alto que el hombre tuvo que empujarlo con el hombro. Los viejos goznes cedieron y el portón se desplomó de lado.
No pasa nada suspiró Isabel. Ya hacía tiempo que había que repararlo.
Desde el interior se escuchó un alegre ladrido y maullidos. Isabel corrió a la puerta, abrió el patio y dejó salir a su variopinta familia. ¿Me esperabais? dijo, presentando a Mila, que asomaba entre sus piernas.
Los perros movían la cola, olfateaban las bolsas que llevaba Víctor. ¿Qué hacemos aquí en pleno frío? reaccionó Isabel. Pasad al día, si no os asusta una familia tan grande. ¿Un té?
Gracias, pero ya es tarde repuso el conductor. Alimentad a los vuestros, que seguro os extrañan.
Al día siguiente, al mediodía, Isabel escuchó un golpeteo en el patio. Se puso la chaqueta y salió; allí estaba Víctor, trabajando con nuevas bisagras y herramientas.
Buenos días saludó él. Rompí el portón, así que he venido a arreglarlo. Me llamo Víctor, ¿y tú?
Isabel respondió ella.
Su familia de colas y bigotes rodeó al visitante, olisqueando y moviendo el rabo. Víctor se sentó para acariciar a los animales.
Isabel, entra, no te congeles. Termino en un momento y luego tomamos un café. Por cierto, tengo un pastel en el coche y algunas delicias para vuestra gran familia.
El día terminó con la casa llena de risas, maullidos y ladridos. Isabel miró a sus mascotas, a los nuevos y a los antiguos, y comprendió que la verdadera familia no se mide por la sangre, sino por los cuidados y el amor que se comparten.
Al fin, aprendió que el cariño es el refugio que protege a cualquiera del frío del mundo, y que quien abre su corazón siempre encontraré compañía.






