Tengo 65 años y esta es mi vida desde que me casé. Me casé a los 23, no por embarazo ni por obligaci…

Tengo 65 años y esta es mi vida desde que me casé. Me casé con 23, no porque estuviese embarazada ni por presión, sino porque en esa época creíamos que el matrimonio era un compromiso serio, no algo que se prueba a ver qué pasa. Ambos trabajábamos y, aunque apenas nos conocíamos en el día a día, pensábamos que el resto se aprende con el tiempo.

Los primeros años no fueron sencillos. Aprendimos a convivir bordeando desacuerdos sobre cómo gestionar la casa, sobre el dinero, sobre los hábitos. Hubo discusiones, silencios largos, días tensos. No hubo violencia ni traiciones, pero sí diferencias que hoy muchas parejas no toleran ni un año. Yo mismo dudaba si sería capaz de soportarlas.

Cuando nació nuestra primera hija, me di cuenta de que el matrimonio no es solo amor. Es responsabilidad, cansancio, renuncia a uno mismo. Él trabajaba mucho y yo llevaba el peso de la casa. A veces me sentía invisible. A veces simplemente agotado. Pero siempre que pensaba en irme, imaginaba lo que significaba romper un hogar no solo para mí, sino también para nuestros hijos.

Pasamos por épocas económicas duras. Hubo meses en los que apenas llegábamos a final de mes, contando euros. Di más de lo que creía posible. Él tenía sus caídas, su carácter fuerte, sus silencios. Hubo errores, palabras dolorosas, momentos en los que nos herimos. Y sí, perdoné. Muchas, muchas veces. No porque fuese débil, sino porque decidí quedarme y construir con lo que tenía, no con un ideal.

Tuvimos más hijos. Criarlos no fue sencillo. Discutimos por la educación, por el dinero, por los familiares, por el cansancio. Pero también hubo estabilidad una mesa donde nunca faltaba comida, estudios terminados, enfermedades superadas, cumpleaños celebrados. Nada perfecto, pero resistente.

Hoy escucho a muchos jóvenes decir que no hay que aferrarse a nada, que al primer problema hay que marcharse. Los entiendo los tiempos han cambiado. Pero también pienso que si me hubiese ido tras la primera discusión, la primera decepción o el primer cansancio, no estaría aquí para contar esta historia.

No me quedé por miedo. Me quedé porque creo que el compromiso se respeta incluso cuando resulta incómodo. No idealizo el sufrimiento, pero reconozco que el perdón continuado, consciente, es lo que ha dado sentido a este matrimonio durante décadas.

Cuando los hijos se fueron, llegó el silencio. Ya no discutimos tanto, pero tampoco somos la pareja de las películas. Somos dos personas que han compartido una vida, que se conocen hasta el fondo, que se han visto en sus peores momentos y, aún así, han elegido quedarse.

¿He sido feliz todo el tiempo? No.
¿Me he equivocado? Muchas veces.
¿Me arrepiento de haber perdonado? Para nada.

Hoy entiendo que el amor en España se construye más sobre el compromiso que sobre ideales. Y he aprendido que la vida compartida, aunque imperfecta, vale más que cualquier sueño solitario.

Rate article
MagistrUm
Tengo 65 años y esta es mi vida desde que me casé. Me casé a los 23, no por embarazo ni por obligaci…