Mira, hija, necesito contarte una cosa…
Carmen ya se preparaba para una charla larga. Siempre que su madre empezaba así, alargando ese Miiiraaa, era señal de que venía lío.
¿Te acuerdas de Lucía, la hija de la tía Mercedes? Mi prima tercera, aunque bueno, viene a ser tu prima lejana de algo.
¿Prima lejana…? Mamá, la vi una vez, en el funeral de la abuela hace casi diez años.
¡Qué más da! Familia es familia. Pues les ha pasado una desgracia. Están echando a Lucía, a su marido y al niño del piso que tenían alquilado. Los dueños lo han vendido. Imagínate…
Carmen se masajeó el entrecejo, agotada. Fuera, la tarde de diciembre se hacía más gris, y el café en su taza se enfriaba igual de implacable que su paciencia.
Mamá, lo siento por ellos, pero ¿yo qué pinto aquí?
¿Cómo que qué pintas? Tienes un piso enorme, tres habitaciones. Vives sola. Podrían quedarse contigo una temporada, un mes o dos, hasta que encuentren algo…
No.
La respuesta salió sola, sin pensar.
¿Cómo que no? su madre se quedó tan cortada por la negativa que le tembló la voz. ¡Si ni siquiera has escuchado!
Mamá, no quiero meter en mi casa a gente que apenas conozco. Y menos con un niño. Y mucho menos por tiempo indefinido.
¡Indefinido no! Que te lo he dicho, sería temporal. Un par de meses, nada más. El marido de Lucía trabaja, están ahorrando para la fianza, pronto se irían. Carmen, tienen un hijo de ocho años. Se van a quedar en la calle si no les ayudas.
Que alquilen una habitación, o vayan a un hostal, o a un hotel, lo que sea.
¿Con qué dinero? ¡No tienen ni un duro! Los echan a la fuerza, ¿no lo entiendes? ¡Van a acabar en la calle!
Mamá, no es mi problema.
De pronto, su madre se echó a llorar. Sin escándalo, ni aspavientos, solo unas lágrimas que le cortaban la voz.
No te reconozco murmuró entre sollozos. Mi hija se ha vuelto… fría, distante. La familia está en apuros y te da igual.
No son mi familia, esos son tus parientes.
Y por tanto, también tuyos. ¿Ya te has olvidado de lo que significa ser familia, de ayudar a los tuyos?
Mamá, trabajo desde casa. Necesito silencio, necesito mi espacio. No puedo vivir con desconocidos.
¡Es temporal, por favor! ¿Qué te cuesta? ¡Tienes tres habitaciones! Tres. Y vives como una ermitaña sin ni un gato. ¡Por lo menos el piso podría servir de algo…!
Ya sirve, yo vivo en él.
Egoísta susurró su madre, seca. He criado a una egoísta. Mira que nunca pensé que mi propia hija le negaría pan a su familia.
No les niego el pan, les niego entrar en mi casa.
La cosa empezó a dar vueltas, siempre los mismos argumentos, las mismas respuestas. Cuarenta minutos después, Carmen se dió cuenta de que ya había dicho dos veces lo pensaré. Después cedió: quizá, en principio, se puede probar…
Pero sólo un mes dijo por fin. Dos como mucho. Y si pasa algo, se van en seguida.
¡Por supuesto, claro! ¡Carmen, hija, muchas gracias! No sabes cuánto te lo agradezco.
Sintió un nudo en el estómago, esa pesadez agria que tienes cuando sabes que acabas de hacer una estupidez enorme.
Al día siguiente, llamaron a la puerta a las siete de la mañana. Carmen, medio dormida y de mal humor, abrió y retrocedió ante la avalancha de maletas, bolsas, cajas y el griterío del niño.
¡Carmen! ¡Eres un sol! Lucía entró y le plantó dos besos en las mejillas. ¡Gracias, gracias! Nos has salvado.
Detrás venía el marido, un hombretón en chándal, y el chiquillo de ocho años, que salió disparado a examinar la casa.
¡Dani, trae la bolsa grande! gritó Lucía.
Carmen contó siete maletas, cuatro cajas y dos contenedores gigantes de plástico. Para un par de meses… demasiado, pensó.
Tranquila, nos instalamos rápido le aseguró Lucía. Ni notarás que estamos.
Las primeras dos semanas fueron un caos asumible. Carmen se refugiaba en su habitación, trabajando entre el ruido de la tele y el correteo del niño. Se repetía: es algo temporal, se soporta. Todo pasará.
Pero luego Lucía movió los muebles de la cocina: según ella, así era más cómodo. Dani ocupó la terraza y la convirtió en zona de descanso. El niño rompió el pomo de la puerta del baño y nadie se molestaba en arreglarlo.
Lucía la interceptó un día en la cocina, tenemos que hablar. Lleváis casi un mes aquí. ¿Cómo vais con el piso?
Buscando… dijo sin despegar la mirada del móvil. Todo carísimo, no te imaginas. Pero pronto sale algo, tranquila.
Necesito fechas concretas.
Por primera vez, Lucía la miró a los ojos y Carmen notó algo diferente en su expresión.
¿Y a dónde quieres que vayamos, Carmen? ¿A la calle, con el niño?
No he dicho la calle, sólo que
¡Estamos buscando! ¿Qué más quieres? ¿Te parece bien que acabemos durmiendo en Atocha?
Dani apareció desde la habitación.
¿Algún problema?
Carmen les miró. Ya sin vergüenza, sin agradecimiento.
No, dijo ningún problema.
Y se encerró en su cuarto.
Claro que los problemas estaban ahí. Y cada día, más. Dani ocupaba el baño justo a la hora en que Carmen se preparaba para sus reuniones con clientes. Lucía reorganizó la nevera, poniendo sus cosas arriba y relegando las de Carmen al fondo, porque es más accesible. El niño aprendió a poner los dibujos a todo volumen a las siete de la mañana los fines de semana.
Trabajaba a trompicones, dormía bajo el runrún del televisor del salón y amanecía con los golpes de Dani en el pasillo.
Un día volvió de la compra y encontró su escritorio sepultado bajo los juguetes del niño. Lucía, en su silla, mirando el móvil.
¡Ah, has vuelto! le dijo sin levantarse. Escucha, el internet va fatal, ¿puedes aumentarlo?
Ese es mi despacho.
¿Y qué? El niño no tiene espacio donde jugar, la habitación es pequeña.
Carmen recogió los juguetes y los llevó al pasillo. Lucía bufó, pero no dijo nada.
Al poco llegó la factura del gas y la luz. La cifra se había doblado. Carmen dejó el papel en la mesa cuando cenaban todos juntos.
Tenemos que hablar de los gastos.
Dani masticaba sin mirar. Lucía cortaba una hamburguesa.
¿Qué gastos?
Los de la casa. Sois tres, yo una. Lo lógico es que al menos dividamos los costes a la mitad.
Lucía apartó el tenedor.
¿En serio, Carmen? Pero si somos familia. ¿Ahora vas a cobrarnos?
Quiero repartir los gastos, es lo normal.
¿Normal? Dani levantó la mirada por primera vez. Lo normal es ayudar a la familia, no andar reclamando euros a los que están en apuros.
Lleváis dos meses aquí. Sin pagar nada. Ni el internet. No hablo de alquiler, sólo de los suministros.
Mira Lucía se levantó, si te duele soltar unos euros, dilo. Pero no vayas de generosa.
Carmen los vio salir de la cocina. Al niño llevándose el último trozo de pan. Dani murmurando: Tacaña.
Se quedó allí hasta medianoche, pensando, recordando las palabras de su madre sobre el deber de familia. Repasó cuánto había gastado en esos huéspedes. Calculó cuánto más podría soportar.
Al día siguiente, Carmen entró al salón, donde Lucía y Dani veían la tele.
Tenéis una semana.
Lucía ni se giró.
¿Qué dices?
Una semana para encontrar piso y marcharos.
Ahora sí se giraron.
¿Te ha dado un aire? Dani se levantó de golpe. ¿A dónde vamos a ir?
Eso no me corresponde. Os he dado dos meses. No buscabais piso, no pagabais nada, no habéis respetado mi espacio. Se acabó.
¿Y tú quién te crees? Lucía también se levantó. Aquí, heredaste el piso y te crees reina del mundo.
Soy la dueña de esta casa. Y quiero que os vayáis.
¿Tu madre sabe lo que haces con la familia? Dani se acercó. Igual hay que llamarla.
Llama si quieres.
Lucía ya buscando el móvil. Carmen no se movió. Que llamaran. Que su madre gritara, llorara, la culpara. Le daba igual; ella ya había decidido.
Una semana repitió. Si en siete días no os habéis ido, llamo a la policía.
¡Pero mira qué morro! Lucía escupió la rabia. ¡Qué poca vergüenza! ¡Nosotros te ayudamos!
No, vosotros vivisteis gratis en mi casa. Hay diferencia.
Carmen se dio la vuelta, cerró la puerta de su cuarto, se sentó en la cama abrazándose las piernas. El corazón acelerado, pero una tranquilidad extraña lo cubría todo.
La semana fue un infierno. Lucía no limpiaba, Dani accidentalmente rompió una balda del pasillo, el crío pintó las paredes con rotuladores. Carmen iba grabando todo con el móvil.
Al séptimo día, por fin se marcharon. Dani arrastraba las maletas, maldiciendo escalón a escalón. Lucía, en el umbral, soltó:
¡Ojalá te vuelva todo esto algún día!
Carmen cerró la puerta tras ellos.
Recorrió la casa recogiendo restos ajenos. Abrió las ventanas, aireando el olor a tabaco de la terraza. Recolocó los muebles en la cocina.
Por la noche, el piso volvió a ser hogar.
Carmen se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá. El móvil, en silencio: su madre seguiría digiriendo el drama de Lucía. Ya pasará, pensó.
Ser buena es importante. Pero si no pones límites, la bondad se convierte en debilidad. Y la gente se aprovecha.
Carmen se prometió: nunca más. Nada de deberes familiares. Nada de es temporal. Nadie más en mi casa.
Acabó el vino, limpió la copa y se fue a dormir. Por primera vez en meses, en un silencio absoluto.






