Sentí una vergüenza terrible por la grasa bajo las uñas de mi novio durante un carísimo brunch domin…

Tía, tienes que escuchar lo que me pasó el domingo pasado, que todavía le doy vueltas. Imagínate: brunch carísimo en el centro de Madrid, en uno de esos cafés súper modernos donde las paredes rebosan de plantas y donde ni en la carta te ponen el euro, solo los números, como si la gente ni preguntara. Entrar ahí ya es un postureo. El típico domingo en el que todos pretendemos que la vida es fácil y sin preocupaciones.

Me tiré dos horas arreglándome. Maquillaje, pelo, vestido que ni me queda tan bien ni me lo puedo permitir, pero claro, quería estar a la altura, no desentonar, sobre todo delante de Lucía y su prometido nuevo.

Javier, el prometido, es tal cual los hombres perfectos que ves en Instagram: traje impoluto, sonrisa segura, colonia fuerte de las que se quedan en la ropa, y ese aire de yo lo sé todo porque trabajo en finanzas y tecnología, dicho de una manera que parece que con eso ya está todo explicado. Hablaba alto, ocupando toda la mesa, te juro, como si le entrevistaran en una radio, antes siquiera de que trajeran el café.

Y entonces llegó mi chico, Andrés.

Veinte minutos tarde y directo de una avería, venía oliendo a grasa y metal, con su chaqueta reflectante aún puesta y esas botas de trabajo llenas de historia. Cuando se sentó, lo primero que vi fueron sus uñas, negras del aceite, de ese que se mete debajo de la piel y no sale con agua y jabón. Levantó la silla y sonó que hasta la gente de la mesa de al lado nos miró. Lucía le echó un vistazo de arriba a abajo, pasó de sus zapatillas al traje de Javier y me dedicó esa sonrisa entre lástima y superioridad que me dan ganas de llorar… O de gritar.

Me encogí.

¿En serio, Andrés? ¿No podías al menos lavarte un poco las manos? le susurré.

Él me miró, agotado, pero sin enfadarse. Era ese cansancio que no se arregla durmiendo.

Perdona, cariño me dijo bajito. Ha reventado otra tubería en la Gran Vía y hemos tenido que aguantar hasta que llegara el equipo de relevo. Ni he tenido tiempo de darme un agua.

Se pidió solo un café y dos pinchos de tortilla. Ni zumos verdes, ni brunch de esos de influencer, lo justo para seguir en pie.

Durante la siguiente hora, Javier se crecía, como si estuviese subido a una tarima. Hablaba de libertad financiera, ingresos pasivos, y se cachondeaba de los que venden su tiempo por dinero porque no entienden cómo funciona el sistema. Incluso reía de los que se parten el lomo, como si fuese un fracaso personal.

Hasta que se volvió hacia Andrés con ese tono condescendiente disfrazado de simpatía:

Mira, Andrés, yo te puedo echar una mano. Tienes que dejar esas herramientas antes de que te destrocen la espalda. Usa la cabeza, tío, no las manos le decía, como si le hiciera un favor.

Me quedé helada.

Andrés se limitó a dar un trago al café.

A mí me gusta mi trabajo le dijo tranquilo. Madrid no puede vivir sin luz. Cuando se va, no vuelve con palabras bonitas. Hay que ir y arreglarla.

Javier sonrió, paternalista.

Sí, sí, todo eso del trabajo honrado. Pero, ¿no te gustaría más? Viajes por Europa, gastar sin mirar el precio, la buena vida…

Y ahí me tocó, tía. Porque claro que yo también quiero más. Fines de semana limpios, manos suaves, una vida que huela a flores y no a rutina. Me dio rabia pensar así, pero lo pensé. ¿Por qué mi vida pesa tanto mientras la de Lucía flota como una nube?

Entonces llegó la cuenta.

Un número que daba miedo. De esos que te aterrizan en la realidad de un tortazo.

Dejad, que invito yo soltó Javier, como quien gana un premio, y sacó la tarjeta negra y la plantó esperando el aplauso.

Esperamos.

Volvió la camarera, incómoda:

Disculpe, caballero… su tarjeta ha sido rechazada…

Silencio total. Javier se rió demasiado alto.

Imposible, inténtelo de nuevo.

Nada.

Lo siento mucho… no hay fondos suficientes.

Le cambió la cara. Empezó a mirar el móvil nervioso, murmurando algo de errores y transferencias. Me fijé: no había error, solo la notificación simple de límite agotado y pago rechazado.

Bueno… no llevo suelto susurró apurado. ¿Puede alguien adelantar? Os lo devuelvo enseguida…

Lucía mirando al vacío. Yo abrí el bolso sabiendo que no podía ayudar.

Andrés ni sonrió, ni soltó ni un te lo dije. Sacó de su bolsillo el fajo arrugado de billetes de euros manchados de aceite, los que había ganado ese mismo día, y los dejó tranquilamente en la mesa.

El cambio para vosotras dijo a la camarera, ni subiendo la voz ni haciendo teatro.

Cuando se levantó, lo noté cansado. Puso la mano en el hombro de Javier, pero para tranquilizarle, no para humillarle.

No pasa nada le dijo. Todos tenemos un mes complicado.

Salimos.

En el aparcamiento, Lucía y Javier pusieron rumbo a su flamante coche eléctrico. Nuevo, brillante, ni un ruido… pero no se abría ni a tiros. Javier volvió a mirar el móvil y la frustración se le notó en la cara:

Nada… bloqueado por la cuota impagada murmuró.

Andrés me llevó a su furgoneta, vieja, abollada, barro en las ruedas. Dentro: herramientas, casco, papeles y tickets cero postureo.

Dio al contacto y arrancó a la primera, sin historias. Era suyo y estaba pagado.

Miré sus manos sobre el volante. Las uñas negras, la quemadura reciente en el pulgar. Y, de repente, dejaron de parecerme sucias. Me parecieron reales.

¿Estás bien? me preguntó Andrés. Sé que he venido hecho un desastre, me ducho nada más llegar.

Le agarré la mano, rugosa y cálida. Fuerte.

No te disculpes le dije. Hoy eres lo más auténtico que he visto en Madrid.

Nos han enseñado a idolatrar lo superficial y despreciar el curro que sostiene todo lo demás. A pensar que el traje significa seguridad y el uniforme, problemas.

Pero, mira, ese domingo lo entendí clarísimo:

El valor de alguien no se mide en una mesa de brunch. Se ve cuando aparece la cuenta, cuando caen las máscaras.

Cuando hay alguien que no necesita aplausos, que paga y se va, sin pisar a nadie.

Si tienes a tu lado a alguien que llega cansado, con las manos que sujetan el mundo… Ahí no falta brillo. Eso es la prueba de que algo todavía funciona, gracias a él.

Así que dime tú: ¿qué es para ti el éxito? ¿El escaparate o el esfuerzo?

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Sentí una vergüenza terrible por la grasa bajo las uñas de mi novio durante un carísimo brunch domin…