Querido diario,
Hoy he vivido una de esas situaciones tan típicas de mi barrio en Madrid, donde todo el mundo se conoce y los favores forman parte del día a día. Apenas había salido de la ducha cuando he llamado al timbre: en la puerta estaba una joven, de esas que apenas levanta la mirada, con cara de preocupación.
Disculpe, doña Consuelo, ¿podría quedarse un ratito con mi hijo? De verdad que le estaría eternamente agradecida me dijo con voz temblorosa.
¿Cómo? Le respondí haciendo como que no entendía su petición, aunque todos en la comunidad saben que de vez en cuando ayudo a los vecinos a cuidar a sus pequeños mientras solucionan algún asunto.
Me comentó la portera que usted alguna vez se hace cargo de los niños del edificio, pero solo por poco tiempo trató de sonreír, un poco cohibida.
Mira, hija, no existen niños ajenos. Todos son nuestros le contesté solemne, como si diera una lección de abuela de toda la vida.
Eso sí es verdad respondió aliviada, ahora sí, sonriendo con más ganas. ¿Así que me puede hacer ese favor?
¿Pero cuántas horas me lo vas a dejar? quise asegurarme.
Solo dos horitas, se lo prometo.
¿Dos exactas?
Quizá tres ya no parecía tan segura.
No, cielo, esto hay que dejarlo claro le advertí con el tono serio de quien pone las cartas sobre la mesa. Me lo entregas para un tiempo concreto y, además, me firmas, ¿estamos?
¿Firmar? ¿Para qué?
Porque por cada minuto de retraso me vas a pagar un euro más, así que ya puedes imaginarte: sesenta minutos extra, sesenta euros de más.
¡Madre mía! ¿Cuánto cobra entonces por tres horas?
¿Es niño o niña?
¿Eso importa?
¡Pues claro! Tres horas de niña salen por veinte euros, pero si es niño, cuarenta.
¿Y esa diferencia, doña Consuelo?
¿Acaso no ves la diferencia tú? Le miré con picardía.
Para mí son igualitos, salvo algún detalle
¡Ay, querida! En esos detalles está todo. Si es niño
Sí, es niño suspiró.
Pues fíjate: tengo que arreglarme el pelo, plancharme la bata, pintarme los labios, echarme sombra que el maquillaje está carísimo.
Pero si mi niño Jaime apenas tiene cinco años, ¿qué más le da cómo vaya usted arreglada?
¡Ay, hija! Los niños han de ir aprendiendo desde chicos lo que es el buen gusto. Apreciar la belleza es importantísimo sentencié.
¿Y las niñas?
Ellas lo aprenden solas; pero a los chicos hay que enseñarles a distinguir entre una mujer elegante y una desastrada. No querrás que el día de mañana vuelva a casa contigo una cualquiera ¿O paseas tú por casa en bata sucia y medias rotas delante del niño?
Yo se quedó pensativa y hasta se sonrojó un poco. ¿Eso no se debe hacer?
¡Por supuesto que no, hija mía! dije con esa autoridad maternal. Un niño buscará de mayor una esposa como era su madre. Así que tú sabrás.
No quiero que eso pase. Entonces ¿puedo dejarte ya a mi hijo?
¿Cuándo?
Ahora mismo; solo necesito esas dos horitas.
¿Vas a llegar puntual?
Bueno vendré, seguro, a las tres horas.
Trato hecho. Pero tráelo en quince minutos. Por cierto, ¿en qué está interesado el nene?
¿Perdone?
Que a qué dedica su tiempo, de qué le gusta hablar: de ciencia, de fútbol, de dibujo
¡Pero si tiene solo cinco años!
Por eso lo pregunto. Las pasiones se despiertan a esa edad. Mi Curro, por ejemplo, con cinco ya desmontaba bicis; y mi otro hijo, Álvaro, tocaba el violín tan mal, que pensábamos que acabaría dejando la música hasta que ahora da clases en el conservatorio.
¿De verdad?
Claro. Al final, con ganas, uno consigue lo que quiere. Mi tercer hijo es deportista, así que en casa seguimos teniendo espaldera. Si tu Jaime quiere trepar, le puedo enseñar un par de ejercicios que quitan el hipo.
¿Usted? la joven no podía creerme.
¿Por qué no? También tengo piano, violín, libros de ciencia, de pesca, de todo. Dime qué le interesa y lo tendré entretenido tres horas mejor que en cualquier parque.
Es que no le interesa nada confesó con tristeza.
¿Y sueños, tiene?
Creo que tampoco.
Eso no puede ser exclamé sorprendida. Un niño de cinco años debe soñar con varitas mágicas, ser pájaro, marciano, meterse en la lavadora hasta destripar la tele. ¿Tampoco quiere tocar un tigre en el zoo?
Solo pide una cosa: tener un móvil como los adultos suspiró la pobre madre.
Vaya, todo en orden entonces. Tráelo en quince minutos y te cobro los veinte euros de la tarifa de niña.
¿Y eso por qué? Si es niño.
Da igual. Llevar un apéndice masculino no significa que yo vea a un hombre hecho y derecho. Pero te prometo que va a salir de aquí hecho un verdadero chaval.
¿Y cómo lo conseguirá? preguntó la madre, un poco asustada.
Eso déjamelo a mí, cariño. Cuando vuelva a pedirme quedarse conmigo que lo hará, ya te cobraré lo de niño. ¿Tratamos?
No me queda otradijo resignada.
Así que se marchó a por el crío y yo me fui a arreglar la cara y el alma para recibir a mi pequeño huésped.
Y, querido diario, lo más curioso es que al día siguiente, nada más despertar, Jaime preguntó:
Mamá, ¿hoy voy a casa de la abuela Consuelo?
¿Por qué lo preguntas, cariño? dijo su madre, medio celosa.
¡Es que en su casa es todo tan divertido!
A veces, la vida del barrio tiene estos regalos. ¿No es maravilloso?







