Un gato madrileño que vivía en un piso 30 jugaba cada semana con un limpiacristales… hasta que est…

Un gato que vivía en el piso 30 jugaba cada semana con un limpiacristales… hasta que desapareció durante seis meses y el reencuentro hizo llorar a millones.

Baltasar era un gato negro, tan negro como las noches de Castilla, que habitaba un piso en el trigésimo nivel de una torre moderna en el corazón de Madrid. El asfalto del Paseo de la Castellana era solo un rumor lejano, y los jardines del Parque del Retiro eran un espejismo imposible desde su altura. Su universo era vertical: muros de cal blanca, ventanales donde el cielo parecía un techo más cercano que la misma acera.

Era un gato de interior.
Pero no, Baltasar no era un gato solo.

Desde cachorro, había aprendido a descifrar el mundo tras el cristal. Se quedaba embobado con el encendido nocturno de las luces madrileñas, que titilaban como constelaciones fugaces mientras abajo la ciudad bostezaba. Los pájaros cruzaban, distantes, y Baltasar los seguía con la mirada de cazador impedido, hasta caer rendido entre manchas de sol, seguro de que la altura era su escudo perfecto.

Su dueño, Rodrigo, teletrabajaba y hablaba poco. Quería a Baltasar con la serenidad y la costumbre de quien ya ha elegido su compañía. Las jornadas eran largas, y el único consuelo del gato era el rumor sordo de Madrid, flotando desde abajo como una canción apenas recordada en el sueño.

Hasta que apareció Isidro.

Isidro era limpiacristales. Tenía 41 años, manos ajadas y una risa abierta como la Puerta de Alcalá, curtida bajo el sol y los vientos de muchas alturas y unos cuantos desengaños. Todos los martes, como si fuera un antiguo rito madrileño, descendía en su góndola de lavado por la fachada del edificio, balanceándose sobre un abismo de metros como si el miedo fuese una leyenda urbana.

La primera vez que Isidro rozó el piso 30, Baltasar dormía profundamente. El sonido húmedo de la rasqueta sobre el vidrio lo despertó. Un ojo. Otro.

Y ahí estaba.

Un hombre flotando en el aire.

Baltasar se deslizó sigiloso. Se sentó frente a la ventana, la cola hecha un espiral a sus patas. Miró cómo Isidro limpiaba con mimo, tarareando una melodía que solo él sentía vibrar en el vidrio.

Isidro alzó la vista y se topó con dos ojos de oro puro clavados en él.

Hombre, qué tal soltó, con una sonrisa tan amplia como la Gran Vía.

Baltasar no comprendía su idioma, pero reconocía el timbre del ánimo bueno.

Ese mismo martes, Isidro dibujó una carita sonriente en el sudor del jabón, sin darle vueltas al significado. Baltasar brincó y atizó el cristal de un manotazo.

Isidro se echó a reír.

Y ahí empezó todo.

Cada martes, cuando la góndola asomaba por el piso 30, Baltasar ya estaba firmemente sentado en su puesto de vigía. No importaba cuánto estuviera durmiendo: una especie de relojería secreta le avisaba.

Se apostaba ante el ventanal, temblando de expectación.

Isidro lo buscaba con la escobilla de un lado a otro, gesticulando como un mimo caído del Circo Price, y dibujaba corazones, círculos, gatos torpes. Baltasar seguía cada movimiento como si fuera un ave imposible, saltando, contorsionándose y estirándose como si, a fuerza de voluntad, el cristal se borrase.

Por diez minutos, la ciudad desaparecía de sus vidas.

Isidro, aquellos minutos, los necesitaba como el pan: viudo desde años atrás por un accidente absurdo en la autopista de Valencia, la vida le había quedado funcional, reglada, pero hueca. El gato no lo sabía, ni falta que hacía: cada martes lo salvaba un poco.

Hasta el martes que viene le decía Isidro, como una promesa de infancia.

Baltasar no distinguía el futuro, pero reconocía la costumbre.

Un martes, Isidro no apareció.

Baltasar esperó.

Se sentó temprano. Dio vueltas inquieto. Maulló despacio, nervioso, con la ciudad latiendo sordamente bajo sus patas. Cuando descendió otra góndola, su corazón de felino saltó.

Corrió hacia el cristal.

Pero no era Isidro.

Era otro hombre. Más joven. El gesto adusto. No miró adentro. Solo limpió y bajó.

Baltasar se quedó inmóvil.

Después anduvo lejos de la ventana, la cola baja como bandera ausente.

Aquel martes, el sol no dejó de entrar, pero algo se había astillado.

Isidro no volvió en seis meses.

No fue una decisión, ni un olvido: fue una batalla ingrata.

Una infección grave lo llevó al hospital de La Paz, primero unos días, luego semanas. A ratos, los médicos tampoco sabían si ganaría. Isidro pasaba las noches mirando el techo, pensando en cosas minúsculas: el olor a jabón, el silbar del viento arriba, un gato negro que lo miraba como si él contara.

¿Sobreviviré? ¿Y si sí… para qué? estaba el pensamiento, flotando por encima de las sábanas.

Mientras tanto, en el piso 30, Baltasar ya no esperaba.

No porque olvidara.

Sino porque supo que esperar duele.

Dormía más. Jugaba menos. Rodrigo le notó el cambio, pero lo llamó vejez.

Será que se hace mayor pensó.

Pero Baltasar solo portaba luto.

Cuando Isidro salió adelante, volvió a trabajar aún agotado, frágil, respirando hondo ante cada esfuerzo. Su jefe casi le ruega que se quedara en casa.

Tengo que volver dijo Isidro. Aunque sea un solo día.

Ese martes subió a la góndola con las manos temblorosas.

¿Y si no se acuerda? ¿Y si ya no están?

Al llegar al piso 30, el piso guardaba un silencio espeso. Baltasar, hecho ovillo, dormía en el sofá como si nada pudiera despertarle.

Isidro llamó al cristal, muy suave.

Tac.

Baltasar alzó la cabeza, como tocado por un trueno.

Sus ojos se abrieron, pavorosos, ante el prodigio del reencuentro.

Y entonces corrió.

Saltó contra la ventana, maullando tan fuerte que Isidro alcanzó a oírlo. Restregó su cara contra el cristal y ronroneó como nunca.

Isidro rompió a llorar.

Puso la mano sobre el vidrio.

Baltasar apoyó su pata, justo allí.

Rodrigo, desde la otra estancia, hizo una foto sin pensar.

La subió a las redes con una frase mínima:
“Después de seis meses, mi gato ha recuperado a su mejor amigo”.

La imagen voló.

Miles de personas compartieron la historia. Comenzaron a llorar. Recordaron a alguien que habían perdido, o a quien alguna vez los esperó.

Isidro y Baltasar se convirtieron en símbolo de algo sin nombre, pero que todos comprendían:

Que el cariño no pide palabras.
Que la amistad se ríe de especies.
Que ni el cristal, ni la altura, ni el tiempo siempre separan.

Días después, Rodrigo recibió un mensaje privado.

Era Isidro.

Le contó su historia. El hospital. La infección. El silencio.

No sé si hubiera salido de la cama pensando en ese gato escribió. Necesitaba creer que alguien me esperaba.

Rodrigo leyó el mensaje, los ojos encendidos de lágrimas.

Aquella noche vio a Baltasar dormir y, de pronto, entendió lo que nunca supo ver:

Baltasar no había esperado a Isidro.

Le había sostenido, allá arriba.

Isidro siguió limpiando cristales.
Baltasar siguió viviendo en su altura número treinta.

Cada martes, durante diez minutos, Madrid se detenía.

Y aunque nunca pudieron tocarse de verdad, ambos sabían algo que millones olvidan:

La amistad no precisa cercanía.
Solo presencia.

Porque hay lazos que no se rompen.

Ni por el tiempo.
Ni por la altura.
Ni por el cristal.

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