¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack negándose a comer lo que le daba Ludmila…

¡No cuentes las cigüeñas, Jacinto!
Llevaba varios días Jacinto rechazando la comida que le traía Lucía:
Pero, cariño, si son las mismas albóndigas que te compraba don Federico. No va a venir por ahora No lo esperes Lucía levantó los brazos, y el eco quedó flotando, extraño, por la marquesina.
Escena imposible… En la larguísima marquesina amarilla, todos los obreros se apretaban a un lado, pegados por el miedo invisible.
El otro costado permanecía desierto, salvo por el majestuoso perro pelirrojo, enmarañado y soñoliento, que se había estirado frente al banco como un marqués.
Jacinto ya arañaba el cuarto año de vida, y conocía la vida como las almohadillas de sus patas. Pasaba los días en la parada frente a la residencia de trabajadores. Detrás, la fábrica y más allá un campo. Nada especialJacinto ya había estado allí, más de una vez.
De cómo llegó a ser Jacinto, ni él mismo lo recordaba. Así lo bautizaron unas jóvenes de la residencia. Le daban de comer por compasión a su suerte perruna, apesadumbradas. Pero el resto de la gente evitaba a Jacinto.
Nunca miraba Jacinto con ojos tristes. No meneaba el rabo esperando cariño, ni buscaba mimos.
Jacinto, en plenitud de sus tres años, parecía un viejo gruñón, incomodado por la existencia. La gente lo temía y él respondía con desdén.
¿Qué decir de los humanos? De casi todos, nada dignamente bueno. Excepto aquellas dos mujeres que le daban pan y le miraban como si importase.
No le tenían amor los hombres ni las cigüeñas. Miraba a los gorriones chapoteando en los charcos con manifiesto asco.
La época de cachorro en que creía que cada humano quería acariciarle quedó atrás.
En su universo canino, humanos y cigüeñas hacían el mismo ruido desagradable. Allí discutían, empujaban, le ahuyentaban. ¿Cómo quererles? Ni siquiera merecen una respuesta.
Con las cigüeñas era aún peor. Se atrevían a robarle los últimos trozos de jamón y pan que las chicas de la residencia le dejaban junto al banco.
Jacinto las espantaba, pero ellas volvían. Parecían discutir en asamblea y siempre volvían por más.
Así se iban sus días. Se peleaba con las aves, ladraba a los bípedos. Y por supuesto, contaba a las cigüeñas desvergonzadas, pues sabía que con muchas ya no podía competir, y aún las veía pavonearse con sus plumas intactas.
En la parada amarilla la vida, en el fondo, era buena. No era un palacio, pero le guardaba del chubasco y del viento cortante. En días sofocantes, daba sombra. Quizá sólo sobraba la multitud humana…
¡Hombre, vaya maneras! ¡Déjame sentar! Un zapato interrumpió la modorra de Jacinto.
Abrió los ojos. El zapato intentó sortear sus patas. Pero el amo de la parada tenía otros planes:
¿Quieres pelea? ¡Pues venga!
Jacinto saltó de inmediato. El zapato intentó huir ileso, justo cuando llegó su autobús.
Lo que más detestaba Jacinto era ver a la gente subirse a los autobuses, intercambiando palabras que para él eran graznidos. Así escapaban los peores, y él se quedaba bufando.
El zapato, tras la batalla, quedó abandonado, solo y desvalido.
¡Bien merecido! pensó Jacinto, relamiéndose el triunfo. Mordisqueó su trofeo y lo arrastró hasta el cubo de basura, bien orgulloso.
¡María, no te acerques a ese chucho! Una mujer rubia apartó a su amiga.
¡Menudo perro loco! No hay quien pueda con él respaldó un hombre con pitillo.
La colilla voló y casi aterrizó en Jacinto. El perro ladró, y el hombre se perdió en el extremo de la marquesina, farfullando…
*****
Al día siguiente, Jacinto volvió a ver al dueño del zapato. Venía con alguien más.
¡Ahí está! El dedo del zapato señalaba a Jacinto con furia. Él se mantenía a distancia prudente. ¡Este perro agresivo! ¡Hagan algo!
¿Qué?se encogió de hombros el otro hombre. No es el primero. Pero aquí, en nuestro pueblo, no hay servicio de recogida
El zapato revoloteaba las manos como urraca charlatana. Jacinto erguía la cabeza y escuchaba la polémica con atención soberana.
Al rato empezaron los insultos de ambos humanos. Jacinto se relamió, disfrutando la función. Nada más entretenido que ver humanos tirándose mordiscos verbales.
Al zapato le pareció incluso ver una mueca de satisfacción en el hocico del perro. No debió ser real. Eso no sucedía.
¡Yo vigilo la residencia, no la parada!El guardia apuntó al edificio y se alejó. Al irse, miró atrás:Tírele un hueso y verá cómo no le molesta.
Quiso ayudar con su consejo.
¡Ah, gracias! ¿Y también le llevo media tortilla de patatas?ironizó el zapato, mirando a Jacinto. ¿Y tú, animal, ni un gruñido? ¡Menudo monstruo!
El monstruo, como si comprendiera la falta de respeto, ayudó al humano a saltar al autobús con una carrera de galgo rabioso.
Jacinto ladró al autobús; el rostro colorado de don Federicopues así se llamaba el dueño del zapatose deshacía en insultos detrás del cristal empañado…
El encuentro siguiente era inevitable. Federico acababa de ser nombrado subdirector de producción de la fábrica.
Todo era nuevo para él. Y aquella mala fortuna con ese vagabundo pelirrojo… Y qué desastre, el coche, roto en el taller. Cada mañana lo recibía el aullido furioso del perro. ¿Por qué le había tomado manía solo a él?
Desde aquel día, Jacinto solo tenía ojos para Federico. El resto de bípedos ya no existía.
Esperaba ansioso la llegada del bus y el descenso de la pierna familiar.
Harto de las miradas, Federico decidió hacer caso al guardia y comprar una albóndiga para Jacinto en el bar de la esquina.
Toma, sacudió el envoltorio cerca del perro, mirándole desafiante.
Jacinto, listo para montar el número de cada día, titubeó. El aroma de la albóndiga era tormenta irresistible, y se acercó de puntillas…
En un soplo había desaparecido la albóndiga. Ni las migas quedaron en el asfalto, solo ese olor tan querido. Jacinto lamió el suelo, luego miró expectante al hombre.
¡Fíjate! ¿No tienes bastante? ¡Si no sé ni hacer albóndigas, y no tengo mujer que me las haga! ¿Quieres que las traiga de la cafetería todos los días? ¡Se te va a romper el hocico de gruñón!
*****
A la mañana siguiente, Federico se sorprendió:
Don Federico, ¿ya ve? Jacinto ya no le lanza ni un bufido rió Lucía, la secretaria, mofletuda y siempre jovial.
Sí, Lucía, parece que al fin me respeta respondió Federico con falsa suficiencia, mientras miraba a Jacinto de reojo.
Desde esa mañana, el pelirrojo solitario comenzó a confiar en el ritual diario: cada día, la albóndiga llegaba con Federico.
Quizá, sólo quizá, pensaba Jacinto, no todos los humanos eran tan tontos. Quizá algunos no eran como las cigüeñas que discutían por chapas relucientes cada mañana.
El frío fue calando. El invierno avanzaba con sus pasos de terciopelo. Pronto, una mañana, el amarillo de la marquesina amaneció bajo una fina capa blanca. El viento traía copos desde el campo de trigo.
Como ya era costumbre, Federico depositó la albóndiga y algunos premios frente al hocico de Jacinto.
El perro, temblando, olisqueó con ansia, pero apenas vio la albóndiga desaparecer. Un auténtico fantasma de albóndiga.
Federico miró los flancos pelirrojos y tiritones.
El autobús, don Federico tironeó Lucía, pero el hombre solo hizo un gesto y se quedó.
¡Ea!exclamó Federico con rabia rara, dándose la vuelta hacia la portería.
Unas manos enguantadas de negro acariciaron al perro. Jacinto levantó la mirada.
¿Tienes frío, amigo? Ya no eres tan fiero, ¿eh? Anda, échate a este cartón. Aquí, en el lateral, no entra tanto viento. Y otra albóndiga más.
*****
El sábado, Federico estaba en casa. Los parterres floridos desaparecían bajo la nieve en el barrio de la periferia donde al fin había comprado vivienda. El viento helado cruzaba errático.
Federico frió unos huevos con chorizo. Desayunó, fue al garaje a por la pala y, entre nevazo y nevazo, la imaginación se le marchaba lejos…
De repente, lanzó la pala y salió corriendo hacia la calle…
Nadie en la parada. Jacinto conocía esos días: nadie venía, pero el autobús igual detenía sus puertas; solo un par de viajeros.
Esos días, el hambre apretaba más. Las chicas de la residencia tampoco aparecían.
Jacinto se levantó. Sabía que tendría que correr mucho para alcanzar la tienda y los pisos bajos, tal vez conseguir algún resto allí.
Iba a salir de su escondite cuando el autobús volvió a detenerse frente a él.
¿Dónde vas, chucho? ¿Quieres perderte?
Federico le puso delante un paquete de salchichas; Jacinto devoró al instante, temiendo que se desvanecieran.
No hay albóndigas, es sábado y la cantina no abre se excusó Federico. Pero mira esto…
En la parada apareció una caja grande con una vieja manta dentro.
No se me ha ocurrido nada mejor. Venga, métete. Estarás más caliente…
La nieve y el viento dejaron de existir para Jacinto. Algo cálido crecía dentro de él, algo insólito y placentero.
Pensó tan solo: nadie nunca antes me ha traído algo así…
*****
Pasaron días y Jacinto empezó otra vez a rechazar la comida de Lucía.
Vamos, cariño, son las mismas albóndigas que te traía don Federico. Pero hoy no viene, está en cama con fiebre No lo esperes Lucía lo miraba, sin saber qué más hacer.
Jacinto, orejas gachas, le mantenía la mirada.
Se alzaba cada vez que el bus abría la puerta o algún humano cruzaba la portería. No era él
Se echaba, resignado, sobre su manta vieja en la caja. Las cigüeñas reñían por un pedazo de pan más allá de la parada. Cada una quería su secreto escondite.
Jacinto las miraba sombrío. ¡Guau! ¡Pájaros torpes! Él tenía su propio tesoro: un agujero bajo la parada, justo tras la papelera.
Salió de la caja y fue hasta su rincón secreto. Él no era como esas cigüeñas chillonas que olvidan sus riquezas ocultas. Allí estaba el zapato. Por supuesto que no lo olvidaba. Antes le provocaba odio feroz. Ahora
¿Qué era esa sensación ardiendo en su pecho? Sacó el zapato. ¿Dónde estaba Federico? Jacinto ya había oído a la gente llamar así a su humano. Su humano…
¿Acaso eran amigos? ¿Un buen perro, si tiene dueño, lo deja perderse?
Gruñó a las cigüeñas. Algo misterioso despertaba en él. ¡Basta! ¡Ya está bien! ¡No quiero más estar aquí con vosotras!
¡¡Federico!! ¡¡Federico!!
Jacinto erizó las orejas y miró con esperanza a la joven con el móvil.
Se corta Ahora subo al bus. Llevo la carpeta con documentos para usted
Lucía se acomodó en el asiento y no se percató de cómo una cola pelirroja saltaba tras ella al autobús…
*****
Todo el trayecto, Jacinto miraba a la chica mientras ella repetía su nombre en voz alta.
Lucía se ajustó la bufanda y saltó del autobús. Jacinto tras ella, con el zapato negro aferrado en los dientes.
El ánimo del perro era casi festivo. ¿Cómo había pensado que aquella capa blanca era odiosa? ¡Cuánto crujía y reía bajo las botas de Lucía!
Ella pulsó el timbre y pronto se escuchó una voz al otro lado de la verja. El perro irrumpió en un estallido de ladridos. Lucía, que no había notado a su compañero de viaje, patinó sorprendida. La carpeta de documentos se hundió alegre en la nieve…
¿Y va a ayudarme usted a levantarme o va a seguir abrazando al perro?
Los ojos de Federico brillaban tras un cristal empañado. ¿De dónde venían esas lágrimas?
¿Has venido tú por mí? ¿De verdad viniste hasta aquí? ¡Y vaya regalo que me traes! le repetía, abrazando al perro mientras apretaba el zapato con fuerza.
A Lucía, por supuesto, la levantaron y le prepararon una taza de té humeante.
Lo que no entiendo, don Federicodecía Lucía mirando el revoloteo pelirrojo en la cocina, es por qué no se lo llevó antes. Si aquí hay sitio de sobra
Tenía miedo suspiró Federico. He estado mucho tiempo solo, ¿comprende? Un perro es responsabilidad grande, casi una familia Ahora ya no se va. Cuando me recupere, aprenderé a cocinarle albóndigas
¿Habrá que tomar su casa al asalto?rió Lucía. Menos mal que Jacinto decidió venir por sí mismo.
Y Lucía disimuló su sonrisa, escondiéndose tras la taza humeante…

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MagistrUm
¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack negándose a comer lo que le daba Ludmila…