Javier y yo nos conocemos cuando ambos tenemos veintisiete años. En ese momento, Javier ya ha terminado la carrera con matrícula de honor y se está preparando para presentar su proyecto final. Ha tenido mucho éxito en sus estudios. Además, ya ha conseguido ahorrar lo suficiente para comprarse un piso de dos habitaciones con plaza de garaje. Tras terminar la universidad, planea comprarse un coche. Un año después, nos casamos. Y al año y medio nace nuestra hija. Cuando cumplimos los treinta años, nuestra niña tiene ya dos meses.
Como se acerca su cumpleaños, le propongo que lo celebremos en un restaurante con sus padres. Pero él no acepta. Me dice que solo quiere pasar ese día con nosotras, sus chicas.
Y así lo hacemos. Al día siguiente, al salir del trabajo, va a visitar a sus padres. Vuelve enseguida. Se sienta en el sofá y rompe a llorar. Me quedo paralizada. Un hombre adulto, independiente, padre de familia, llora como un niño. Empiezo a consolarle y tranquilizarle. Es entonces cuando por fin se desahoga. Resulta que de pequeño le pegaban por cualquier tontería: por jugar al fútbol, por ensuciar la ropa, por un borrón en el cuaderno… Le daban tanto su padre como su madre.
Cuando crecí dejaron de pegarme, pero nunca oí una palabra amable, me cuenta. Terminé el instituto con matrícula.
¿Y qué? Solo es el instituto. Ahora te toca la universidad. Y Javier fue, aunque no necesitaba realmente ese título.
Compró su piso.
Solo son cincuenta metros cuadrados.
Sus padres le criticaban, aunque ellos vivían en una casa de treinta metros. Se casó Una mujer pequeña y delgada. ¿Podrá tener hijos?
Tuvo una hija.
Vete a saber de quién es esa niña. ¡No tiene nada nuestro!
Y por último, sus padres le montaron un escándalo porque no organizó una fiesta por su aniversario de boda.
¡Hijo desagradecido!
Dieron su veredicto. Y entonces Javier me pregunta:
¿Soy tan mala persona que mis padres no me quieren? Yo le respondo que hay personas incapaces de querer. Él tuvo la mala suerte de nacer en esa familia. Pero ahora nos tiene a nosotras, a nuestra hija y a mí. Le queremos muchísimo. Porque es el mejor del mundo.
¿No ves lo feliz que se pone tu hija cuando entras por la puerta? Y Javier, recordando cómo brillan los ojos de nuestra niña al ver a su papá, se tranquiliza. Y entonces, finalmente, sonríe.




