Una niña entró en un restaurante. Vio un plato con los restos de comida en una mesa y empezó a comer…

Mira, te cuento una historia que me ha tocado el alma. Fue en Madrid. Una niña de ocho años, Lucía, entró una tarde en un restaurante del centro cuando todo el mundo se apuraba por la Gran Vía. Lucía venía de una familia numerosa; eran cinco hermanos y apenas llegaban a fin de mes. Su padre los había dejado, y su madre luchaba sola por sacarles adelante. Cada día era una batalla, y en vacaciones o los fines de semana, Lucía iba a un puesto del Mercado de San Miguel a ayudar a una señora con la mercancía. Así conseguía unas monedasnada, unos eurosque llevaba entusiasmada a casa para su madre.

Un sábado a mediodía, después de la mañana en el mercado, Lucía regresaba a casa y, como siempre, pasaba frente a un restaurante elegante. El aroma a comida casera salía hasta la calle y a ella se le hacían los ojos agua. Se quedaba mirando a través del ventanal, soñando con poder probar algún día esos guisos o, mejor aún, una tarta de chocolate que parecía de otro mundo. Ese sábado, no pudo con la tentación: se armó de valor, abrió despacito la puerta y entró. Iba con los zapatos gastados y la ropita remendada; se sentía tan pequeña e invisible…

Estuvo a punto de girarse e irse, pero vio en una mesa una bandeja donde quedaban unos trozos de carne asada y patatas fritas. Qué pintaza y qué olor… ni recordaba cuándo había comido carne por última vez. Se sentó muy despacio y cogió el tenedor y el cuchillo, tan tímida que costaba verla.

No sabía que un camarero la había observado desde el primer momento. Él se le acercó rápido y, justo antes de que pudiera llevarse el primer bocado a la boca, le retiró el plato sin decirle palabra. Lucía se quedó inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas, esperando la bronca o que la echaran a la calle. Pero el camarero, con una mirada dulce, se giró y desapareció en la cocina, dejándola confundida y asustada.

Poco después, el camarero volvió, pero esta vez con las manos llenas: le puso delante un plato humeante de cocido madrileño, una Fanta fresquita y, para rematar, una porción de tarta de chocolate. Tal cual lo que ella había soñado. Lucía abrió los ojos de par en par, sin poder creerlo. El camarero, sonriéndole, le dijo:

He visto que tenías ganas de comer. Todo el mundo merece disfrutar de una buena comida, sobre todo una niña.

Lucía no encontraba palabras. La bondad de aquel hombre desconocido la desbordaba. Cuando terminó de comer, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se acercó al camarero. Le dio la mano y, con voz bajita, le dijo:

Gracias, de verdad. No olvidaré nunca su generosidad. ¿Podría envolverme lo que ha sobrado? Quiero llevárselo a mis hermanos. Mi madre ayer no pudo comprar ni pan…

El camarero se quedó sin saber qué decir. Se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de emoción. Le respondió, apenas con un hilo de voz:

Por supuesto.

Se metió en la cocina y volvió con una bolsa llena de tuppers con comida, más de lo que Lucía habría imaginado. Le dijo:

Toma, para que tus hermanos también cenen caliente esta noche.

Ay, señor, mil gracias. ¿Cómo podría devolvérselo algún día? preguntó Lucía, conmovida.

Ya me lo has devuelto. Me has dado una gran lección de vida le contestó él. Nunca olvides compartir y ayudar cuando puedas. Así hacemos este mundo un poquito mejor.

Lucía salió del restaurante no solo con el estómago lleno, sino con el corazón inflado de esperanza. Aquel día no solo le cambió la forma de ver a la gente, sino que le sembró ganas de ayudar y sonreír a los demás. Y desde entonces, cada vez que podía, Lucía se acordaba de aquel camarero y trataba de ser para otros esa chispa de bondad, recordando aquella tarde de sábado en un restaurancito de Madrid.

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Una niña entró en un restaurante. Vio un plato con los restos de comida en una mesa y empezó a comer…