DOÑA CARMEN
Carmen Ortega estaba sentada en la cocina, observando cómo la leche burbujeaba en el cazo. Ya era la tercera vez que se olvidaba de removerla, y siempre se acordaba justo cuando la espuma asomaba y empezaba a derramarse. Con resignación, limpiaba la vitrocerámica con el estropajo. En momentos así, tenía clarísimo: el problema no era la leche.
Desde que había nacido su segundo nieto, la familia parecía un tren descarrilado. Su hija estaba siempre cansada, había adelgazado y apenas hablaba. Su yerno llegaba tarde, cenaba en silencio y a veces se encerraba en la habitación sin decir ni mu. Carmen lo veía y pensaba: ¿de verdad se puede dejar sola a una mujer así?
Al principio, lo insinuaba con delicadeza. Luego, más directo. Primero a su hija, después al yerno. Y después notó algo raro: sus palabras, en vez de arreglar el ambiente, solo lo volvían más denso. Su hija defendía al marido, el yerno se le quedaba más serio que un lunes sin café, y ella se iba a casa convencida de que otra vez la había fastidiado.
Aquel día fue a hablar con don Francisco, el párroco, no tanto buscando consejo, sino porque, sinceramente, ya no sabía dónde meter esa sensación.
Creo que soy una pésima suegra le confesó, sin mirarle a la cara. Todo lo hago mal.
Don Francisco estaba escribiendo algo en su mesa. Dejó el bolígrafo.
¿Por qué lo piensa usted, Carmen?
Ella se encogió de hombros.
Solo quiero ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos.
El cura la miró, sereno, sin pizca de juicio.
Usted no es mala. Usted está agotada. Y muy preocupada.
Carmen suspiró. Tuvo que reconocer que sonaba bastante cierto.
Me da miedo lo que le pasa a mi hija dijo. Desde que tuvo el niño, ya no es la misma. Y él… hizo un gesto de desdén. Parece que ni se da cuenta.
¿Y usted presta atención a lo que hace él? preguntó don Francisco.
Carmen se quedó pensando. Recordó aquella noche, cuando el yerno fregó los platos a las tantas, creyendo que nadie lo veía. O un domingo, paseando con el carrito aunque se notaba a kilómetros que lo que quería era tirarse a la siesta.
Hace cosas… supongo admitió a medias. Pero no de la manera correcta.
¿Y cómo sería la manera correcta? inquirió calmado el párroco.
Carmen iba a responder, pero de golpe se quedó en blanco. Solo tenía en la cabeza: más, mejor, con más ganas. Pero explicarlo… ya era otro cantar.
Solo quiero que ella esté mejor dijo con voz bajita.
Entonces, dígase eso a sí misma susurró don Francisco. No a él, a usted misma.
Ella lo miró, perpleja.
¿En qué sentido?
Ahora mismo no está luchando por su hija, está luchando contra su yerno. Y esa lucha agota a todos, incluso a usted.
Carmen guardó silencio un buen rato. Finalmente preguntó:
¿Y qué hago entonces? ¿Me hago la tonta, finjo que todo está bien?
No, mujer se rio él. Haga lo que ayude. Menos hablar y más hacer. Y jamás contra nadie, siempre por alguien.
De camino a casa, le daba vueltas. Se acordó de cuándo su hija era pequeña, que en vez de sermones simplemente se sentaba a su lado cuando lloraba. ¿Por qué ahora todo era tan diferente?
Al día siguiente fue a casa de su hija sin avisar. Llevó una olla de cocido. Su hija puso cara de sorpresa, el yerno se puso tieso como un palo.
Nada, que vengo solo un rato explicó Carmen. A ayudar un poco.
Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó de puntillas, sin decir nada sobre cómo deberían vivir ni lo mal que lo veía todo.
La semana siguiente volvió. Y a la otra, también.
Seguía sin ver perfección en su yerno, pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía con cuidado al pequeño, cómo arropaba a su hija por las noches pensando que nadie lo ve.
Un día, no aguantó y le preguntó en la cocina:
¿Te está costando todo esto, verdad?
Él se quedó como si nunca nadie le hubiera hecho esa pregunta.
Mucho respondió tras una pausa. Muchísimo.
Ahí se acabó un silencio incómodo que llevaba semanas colgado flotando entre ellos.
Carmen entendió algo: siempre había esperado que él cambiara, que fuera otro. Y quizá el cambio tenía que empezar por ella.
Dejó de hablar mal de él con su hija. Cuando ella se quejaba, no salía el típico ¡si ya te lo decía yo!. Simplemente escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que descansara. A veces llamaba al yerno y le preguntaba cómo le iba todo. No era nada fácil, porque lo sencillo era enfadarse.
Sin embargo, poco a poco la casa se volvió más tranquila. No perfecta, pero al menos sin ese runrún constante de la tensión.
Un día, su hija le dijo:
Mamá, gracias por estar con nosotros, no contra nosotros.
Carmen pensó mucho en esas palabras.
Y comprendió una verdad simple: reconciliarse no es reconocer culpas. Es que alguien sea el primero en dejar de luchar.
Seguía queriendo que su yerno fuera más atento. Ese deseo no había desaparecido.
Pero había allí otro más importante: que en su familia reinara la paz.
Y cada vez que el rencor, el enfado o las ganas de soltar alguna indirecta asomaban la patita, ella se preguntaba:
¿Quiero tener razón o quiero que estén mejor?
Casi siempre la respuesta sabía indicarle el siguiente paso.







