Me llamo Javier Martínez y hace ya tres meses que corté los lazos con mi exesposo, Antonio García. Desde entonces parece que ha encontrado la felicidad que nunca me concedió. Dice que yo era quien le ponía trabas y le impedía llevar una vida normal.
Nadie me ha hilado tanto como él. No nos hemos visto en los últimos doce semanas; la última vez que lo vi fue cuando llevé a mi hija, Cayetana, a pasar el fin de semana a su piso en el centro de Madrid. Desde entonces ha cambiado de forma sorprendente.
Durante años le insistí en que perdiera peso, pero él no me hacía caso y se alimentaba de comida rápida y refrescos con gas, engordando cada día más. Pasaba las tardes tirado en el sofá y era imposible sacarlo a la calle, mucho menos convencerlo de ir al gimnasio. Ahora, sin embargo, tiene una colchoneta de yoga pegada a la pared más visible del pequeño apartamento, un corte de pelo moderno y su ropa está siempre impecable, aunque antes no parecía haber nadie que le cuidara. Yo nunca le enseñé a cargar la lavadora ni a ponerla en marcha, y de golpe ha aprendido a hacerlo por sí mismo.
Así que hablamos
Ya había escuchado suficiente. Él aseguró que yo lo había humillado durante años en el matrimonio, que eso lo había convertido en un idiota, pero ahora ya no lo es y que yo y la niña ya no formamos parte de sus planes. Ha empezado una relación nueva en la que se muestra más feliz que nunca y dedica su tiempo a cuidar su cuerpo, su carácter y a ganar unos cuantos euros extra. Eso fue lo que más me dolió. No hizo ni una gota de esfuerzo por mí ni por Cayetana, y ha cambiado tanto por una mujer.
Dicen que hay que dar tanto como se quiere recibir, pero Antonio nunca supo responder en la misma moneda. Le amaba, le respetaba y, de vez en cuando, le hacía algún comentario, aunque él nunca creía que algo necesitara cambiar. Yo nunca recibí nada a cambio
Incluso después de la separación, lo suyo seguía girando alrededor de sí mismo, sin importarle la hija que casi no había vuelto a ver. Ojalá hubiera estado en mi lugar un tiempo, se hubiera complicado y, a cambio, hubiera recibido lo que siempre le pedí. Pero, ¿quién sabe?







