Querido diario,
Cuando mi abuela Enriqueta supo que estaba enferma, la recibió con una serenidad poco común. Se sentó en la cocina, se sirvió un té de hierbas, miró por la ventana y dijo: «No me quedaré en casa esperando a la muerte. Quiero vivir mientras pueda». Tenía entonces sesenta años, bajita, siempre con una sonrisa y una chispa interior que los años, las preocupaciones y las pérdidas no lograron apagar. Su ansia de vivir era como un brote de primavera que atraviesa la piedra: silenciosa, pero firme.
Toda su vida la pasó en una casa antigua pero acogedora, perfumada con manzanas, menta y pan recién horneado. Allí crió a sus cinco hijos, ayudó a los nietos, recibió a los visitantes y soportó los inviernos. Ese hogar era su universo, pero no quería que su historia terminara entre esas paredes.
Un mes después del diagnóstico vendió la casa sin decir nada a nadie, salvo a su tía menor, Luz, que la acompañó al notario. Los demás se enteraron por casualidad. Mi primo Ramiro, al pasar por allí, encontró las habitaciones vacías, sin muebles, sin cortinas, sin el aroma de los pasteles que antes daban la bienvenida a quien cruzaba el umbral. En la puerta colgaba un cartel que decía «Propiedad privada».
Días después nos llegó un mensaje de voz. Su tono era firme, seguro y ligeramente risueño: «No voy a dar explicaciones. Es mi decisión. He trabajado toda la vida; ahora quiero vivir mientras pueda». Con el dinero de la venta, mi abuela no se fue al extranjero ni a hoteles de lujo; decidió recorrer España, un país que ella confesó conocer apenas. Visitó la costa de Cantabria, los picos de los Pirineos, antiguos monasterios de Aragón, y pueblos de La Rioja donde la gente todavía se saluda en la calle.
Nos enviaba postales, breves mensajes y fotos: siempre sonriendo, bronceada, acompañada de nuevos amigos. A veces desaparecía durante semanas y reaparecía renovada, como después de una larga conversación consigo misma. Algunos en la familia no comprendían su hecho y exclamaban: «¡Cómo puede dejar su casa, sus recuerdos, a sus hijos y nietos!». Otros, en cambio, admiraban su valor. Ella respondía sin vueltas: «No quiero quedarme entre cuatro paredes. Quiero que se recuerde que viví».
Y realmente vivió. En su último año, tal vez por primera vez de verdad, volvió a brillar en sus ojos la luz que sólo se veía en viejas fotos. Aprendió a alegrarse con cada amanecer, sin postergar la felicidad. Cuando falleció, descubrimos en su pequeña maleta decenas de billetes de tren, tarjetas turísticas, postales antiguas, notas con nombres de cafés y más de cien fotos: ella, sonriendo al fondo del mar, entre montañas, frente a casas de piedra y en calles empedradas. Cada imagen irradiaba vida, movimiento y luz.
La casa ya no existía. El dinero también se había esfumado. Pero quedó la libertad, el tesoro más preciado que había poseído. Libertad para ser ella misma, vivir a su modo, sin esperar permiso ni mirar atrás.
Hoy reflexiono: si supiéramos que el tiempo nos es escaso, ¿qué haríamos? ¿Quedarnos entre cuatro paredes, rodeados de lo conocido y del miedo? ¿O atrevernos, por fin, a vivir no mañana, no después ahora mismo? Creo que la sabiduría real está en no esperar a la muerte, sino en recibir la vida con los ojos bien abiertos, como lo hizo ella. Esa es la lección que guardo en el corazón.







