Tengo 55 años y por fin vivo para mí misma. Sin remordimientos, sin miedo a ser “diferente” o a desagradar a alguien. En mi espacio reina la armonía: tranquila, suave, casi en silencio. No hay emociones ajenas que antes me agotaban. Nadie me dicta cómo vivir, qué vestir o sobre qué soñar. He vuelto a ser dueña de mi vida.

Tengo 55 años y, por fin, vivo para mí. Sin remordimientos, sin miedo a ser diferente ni a gustarle a nadie. En mi rincón predomina la armonía: tranquila, suave, casi silenciosa. Ya no aparecen esas emociones ajenas que antes me agotaban hasta el borde. Nadie me dicta cómo vivir, qué ponerme o en qué soñar. He vuelto a ser dueña de mí misma.

Mis mañanas empiezan despacio. Cuando me apetece, pongo mi canción favorita; cuando quiero, me quedo a saborear el silencio y el aroma del té recién hecho. Contemplo la calle desde la ventana del balcón, observo cómo se despierta Madrid y pienso lo reconfortante que es estar en paz consigo misma. No hay reproches por leer un libro durante horas ni por cenar cuando el reloj lo permite. El silencio ya no asusta; se ha convertido en mi mejor aliado.

Antes creía que una vida sin pareja era incompleta. Desde pequeñas nos inculcan que la mujer tiene que estar junto a alguien, cuidar, fundirse, proteger el hogar. Viví así mucho tiempo, olvidándome de mí mientras intentaba ser cómoda, atenta y correcta. Con los años comprendí que el amor no es sacrificio. Amor es respeto, serenidad y aceptación. Y la primera persona a quien debo amar soy yo.

A veces me asalta la idea: «¿Y si vuelvo a abrirme a una relación?» Pero basta recordar cuánta energía y nervios consumían los cambios de humor, las expectativas y los rencores ajenos, y vuelve el deseo de abrazar mi libertad. Esa libertad es ligera como la brisa matutina, no exige explicaciones y se lleva bien conmigo.

Ahora puedo hacer lo que quiera, cuando quiera y con quien quiera. Si me apetece, paseo por el Parque del Retiro; si prefiero, me quedo en casa, me envuelvo en una manta y veo películas clásicas. Puedo guardar silencio todo el día o, de repente, llamar a mi amiga Rosa y reír hasta que me duela la barriga. No hay quien controle, ni celos, ni informes que entregar. Es una sensación maravillosa: ser libre, no solo por fuera, sino también por dentro.

Me gusta la versión de la vida compuesta de momentos agradables: nos vemos, sonreímos, pasamos una buena velada y cada uno vuelve a su hogar, donde el ambiente es acogedor, tranquilo y nadie exige justificaciones. Sin dramas, sin aclaraciones de relaciones, sin subidas y bajadas emocionales. Solo calor humano, ligereza y respeto mutuo.

Elijo la sencillez. Elijo ser yo. He comprendido, al fin, que la felicidad no llega con alguien; nace dentro de uno. Y para sentirla basta con permitirse ser auténtica, sin máscaras, sin papeles, sin temor a quedarse sola. La soledad no es castigo, es un lujo cuando aprendes a ser autosuficiente.

Tengo 55 años. No busco, no huyo. Simplemente vivo. Cada día es una nueva oportunidad para agradecer a la vida la tranquilidad, la experiencia, la libertad y, sobre todo, el hecho de estar finalmente en el centro de mi propio mundo. Al final, la verdadera riqueza es la paz interior que cultivamos cuando dejamos de buscarla fuera.

Rate article
MagistrUm
Tengo 55 años y por fin vivo para mí misma. Sin remordimientos, sin miedo a ser “diferente” o a desagradar a alguien. En mi espacio reina la armonía: tranquila, suave, casi en silencio. No hay emociones ajenas que antes me agotaban. Nadie me dicta cómo vivir, qué vestir o sobre qué soñar. He vuelto a ser dueña de mi vida.