Después de veintiún años de matrimonio, una noche mi esposa me dijo:

Después de veintiún años de matrimonio, una noche mi esposa, Lucía, me susurró con una voz como el eco de una campana de iglesia:
Tienes que invitar a otra mujer a cenar y al cine.

Yo, desconcertado, apenas parpadeé.

Ella sonrió, y en un susurro más tenue añadió:
Te quiero, pero sé que hay otra mujer que también te ama y lleva mucho tiempo esperando un momento tuyo.

Aquella mujer era mi madre, Carmen.

Desde la muerte de mi padre, Carmen vivía sola en un pequeño piso de la Puerta del Sol, ya casi veinte años. El trabajo y el cuidado de mis tres hijos consumían tanto mi energía que apenas la veía.

Esa misma noche llamé y dije:
Mamá, mañana vamos a cenar y al cine, solo tú y yo.

¿Qué ocurre, hijo? ¿Todo bien? preguntó, el corazón temblando como una vela al viento.

Carmen siempre había creído que una llamada inesperada anunciaba malas noticias.

Todo bien, mamá. Solo quiero pasar la noche contigo.

Guardó silencio un instante, luego respondió con una dulzura que sólo las madres conocen:
Con gusto.

El viernes, después de la jornada, la recogí. Ya estaba allí, arreglada, con una sonrisa que parecía haber sobrevivido a los años, y el mismo vestido que una vez se vistió para nuestro aniversario de boda.

Les dije a mis amigas que tenía una cita con mi hijo rió, como si el futuro fuera un juego de niños. Todas esperan saber al final cómo resultó.

Fuimos a un pequeño y acogedor restaurante en el barrio de Malasaña. Carmen tomó mi mano, tan suave como cuando, de niño, me llevaba a cruzar la calle.

Cuando el camarero dejó el menú, lo leí en voz alta, pues a Carmen le costaba descifrar la letra diminuta.

Antes leía yo el menú para ti dijo, entre risas.
Ahora me toca a mí, mamá contesté.

Conversamos largo y tendido, sobre la vida, los recuerdos, todo lo acumulado entre nosotros a lo largo de los años. El film lo perdimos, pero no nos importó.

Al dejarla en su puerta, me dijo:
Quiero repetir este encuentro, pero la próxima vez invito yo.

Yo sonreí y acepté.

Pocos días después, Carmen sufrió un infarto y falleció sin que pudiera despedirme.

Al cabo de un tiempo, recibí un sobre sin remitente. Dentro había una copia de la cuenta del restaurante, con el total de 68 euros, y una nota:
Ya pagué por adelantado. No sabía si podría estar allí, pero quería cubrir la cena para dos: para ti y tu esposa.
Nunca sabrás cuánto significó para mí esa velada.
Te quiero, hijo.

Entonces comprendí: nunca pospongas las palabras Te quiero. Regala tiempo a quien aprecias, porque la familia no es algo que se hace después. La familia es ahora, es presente, es el latido que nos mantiene vivos.

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