Lo he visto
Está cerrando la caja de la oficina de contabilidad cuando la jefa asoma la cabeza por el despacho y le pregunta si mañana puede echar una mano con el informe de proveedores. En el tono hay esa amabilidad que, en realidad, no deja espacio para rechazar.
Asiente, aunque en su mente ya se forma la lista: recoger a su hijo en el colegio, pasar por la farmacia por los medicamentos de su madre, revisar los deberes en casa. Lleva años viviendo así: no discutir, no llamar la atención, no dar motivos. En el trabajo eso se llama fiabilidad, en casa se llama tranquilidad.
Por la tarde, camina desde la parada de autobús hasta el portal, apretando la bolsa de la compra contra el cuerpo. Su hijo camina a su lado, pegado al móvil, y de vez en cuando le pregunta si pueden quedarse cinco minutos más. Ella contesta luego, porque el luego siempre llega solo.
En el paso de cebra junto al centro comercial, espera a que el semáforo se ponga en verde para peatones. Los coches están parados en dos filas, alguien toca el claxon con impaciencia. Da un paso hacia la raya blanca y, de repente, de la fila derecha sale disparado un todoterreno negro. Parece que arranca de golpe, adelanta a los otros y trata de pasar con el semáforo intermitente.
El golpe suena seco, metálico, como si se hubiera caído un armario. El todoterreno choca contra un Seat blanco que entra en el cruce. El Seat gira, la parte trasera derrapa hacia el paso de cebra. Los que estaban en el cruce se echan hacia atrás. Ella apenas tiene tiempo de tirar del brazo de su hijo y acercarlo a sí.
En un segundo todo queda suspendido. Después, alguien grita. El conductor del Seat está encorvado, tarda en levantar la cabeza. Las bolsas de aire del todoterreno explotan y se ve la cara de un hombre tras el cristal, que ya busca la puerta.
Ella deja la bolsa en la acera, saca el móvil y marca el 112. La voz del operador es serena, como si nada fuera urgente.
Accidente en el cruce junto al centro comercial, hay heridos dice ella, esforzándose por ser clara. El coche blanco ha girado sobre el paso de cebra, no sé si el conductor está consciente.
Su hijo está pálido, la mira de una manera nueva, como si de pronto ella hubiera crecido.
Mientras responde a las preguntas, un chico joven corre hacia el Seat, abre la puerta y habla con el conductor. El hombre del todoterreno sale deprisa, con seguridad, observa todo y dice algo por teléfono. Lleva un abrigo caro, sin gorro, y parece que la situación es solo una molestia, como un vuelo retrasado.
Llegan la ambulancia y una patrulla de policía local. El agente pregunta quién ha visto el accidente. Ella levanta la mano, porque no hacerlo sería mentira.
¿Me da sus datos? pregunta el inspector, sacando su libreta. Cuénteme cómo fue.
Ella dice su nombre, dirección y teléfono. Habla seco, sin rodeos. Explica que el todoterreno salió de la fila derecha, que el Seat cruzaba con su semáforo, que había peatones. El inspector asiente y apunta.
El hombre del todoterreno se acerca disimuladamente. La mira de reojo, sin amenazar, pero le da escalofríos.
¿Está segura? pregunta bajito, como de paso. Hay cámaras, se verá todo.
Digo lo que he visto responde ella. Y se arrepiente, por lo directo del tono.
Él sonríe apenas, y se aleja hablando con el inspector. El hijo tira de su manga.
Mamá, ¿nos vamos a casa? pide él.
El policía le devuelve el DNI, que ella ha sacado del bolso, y le dice que puede que la llamen para aclarar el testimonio. Ella asiente, recoge la bolsa y atraviesa el patio con el hijo. En casa, se lava las manos durante mucho rato, aunque no están sucias. El hijo guarda silencio y luego pregunta:
¿A ese señor lo meterán en la cárcel?
No lo sé responde. Eso no depende de nosotros.
Esa noche sueña el sonido del golpe, y el todoterreno atravesando el aire.
Al día siguiente, en el trabajo, intenta concentrarse en los números, pero la memoria la lleva una y otra vez al cruce. Tras la comida, la llama un número desconocido.
Buenas tardes, ayer estuvo usted en el accidente dice una voz masculina, cortés pero sin nombre. Llámeme de parte de los implicados. Queremos que se quede tranquila.
¿Quién es usted? ella pregunta.
No importa. La situación es delicada, pero no está tan clara. Sabe que ahora a los testigos los presionan, les hacen ir a juicios durante años. ¿Le compensa? Tiene un hijo, trabaja.
Habla suave, como quien recomienda detergente. Eso lo hace más inquietante.
Nadie me presiona dice ella, sintiendo que la voz le tiembla.
Mejor así contesta él. Basta con decir que no está segura. Que fue todo muy rápido. Se lo pondrá más fácil a todos.
Cuelga y mira la pantalla unos segundos. Guarda el móvil en el cajón, como si pudiera meter la llamada allí.
Por la tarde recoge al hijo, pasa por casa de su madre. Vive en el barrio de al lado, un quinto sin ascensor. Abre en bata y se queja del colesterol y la confusión de las citas en el centro de salud.
Mamá dice ella mientras le da las pastillas, si tú hubieras visto un accidente y te pidieran “no meterte”, ¿qué harías?
La madre la mira cansada.
Yo no me metía responde. A mi edad no quiero líos. Tú tampoco te metas. Tienes un hijo.
Las palabras son sencillas, parecen cuidadosas. Pero le duelen, como si la madre dudara de su fortaleza.
Al día siguiente, la llamada se repite, pero el número es otro.
Nos preocupa dice la misma voz. Piensa que el implicado tiene familia, trabajo. A veces uno se equivoca, y los testigos sufren mucho. ¿Para qué meterse? Podría firmar que no vio el momento del golpe.
Yo lo vi responde.
¿Está segura de que quiere meterse en esto? ahora el tono es frío. Su hijo, ¿en qué colegio está?
Siente cómo todo se le aprieta por dentro.
¿Cómo sabe eso? pregunta.
Madrid es pequeño contesta sin alterarse. No somos enemigos. Queremos que esté tranquila.
Cuelga y se queda sentada en la cocina, mirando la mesa. Su hijo hace los deberes al fondo, pasa hojas en el cuaderno. Ella cierra la puerta con la cadena, aunque sabe que no sirve contra llamadas.
Un par de días después, un hombre sin distintivos la para en el portal. Está de pie, como esperando.
¿Usted vive en el veintisiete? pregunta.
Sí contesta, automática.
Por lo del accidente. No se asuste levanta las manos. Somos amigos de amigos. No le compensa ir a juicio. Se puede arreglar todo. Basta con decir que no está segura.
No acepto dinero se le escapa. Ni sabe por qué lo dice.
Nadie habla de dinero se ríe él. Solo de tranquilidad. Tiene hijo, ya sabe. Hoy en día los tiempos están raros, el colegio es un mundo, el trabajo también. ¿Para qué complicarse?
Dice complicarse como quien habla de basura que se puede tirar.
Ella pasa de largo, sin responder. Sube a su piso, abre la puerta y se da cuenta de que tiene las manos temblando. Deja la bolsa, cuelga el abrigo y va al cuarto del hijo.
Mañana no salgas solo del cole le indica, con voz tranquila. Te recojo yo.
¿Ha pasado algo? él pregunta.
No dice ella. Y nota que es la primera mentira que ya cobra vida sola.
El lunes recibe una citación. Debe ir a la comisaría a declarar y reconocer al conductor. El papel tiene el sello oficial. Lo mete en la carpeta de documentos, pero pesa como piedra.
Por la tarde, la jefa la detiene antes de irse.
Oye le dice, cerrando la puerta, han venido a preguntar por ti. Muy educados. Dicen que eres testigo y que no te conviene el malestar. No me gusta que me pregunten por mi gente. Ten cuidado.
¿Quién vino? pregunta.
No se presentaron. Pero parecían seguros se encoge de hombros. Te lo digo como compañera: quizá mejor no meterse, que tenemos cuentas, inspecciones. Si empiezan las llamadas, es un lío para todos.
Sale del despacho con la sensación de que le quitan algo más que el derecho a hablar, le quitan hasta ese refugio entre papeles.
En casa se lo cuenta a su marido. Él está cenando, escucha en silencio, aparta la cuchara.
¿Sabes que esto puede terminar mal? pregunta.
Lo sé.
¿Y entonces? él está sereno, cansado. Tenemos hipoteca, tu madre, el niño. ¿Quieres que nos compliquen la vida?
No lo quiero responde, pero lo vi.
La mira como si fuera una niña.
Lo viste, olvídalo dice. No le debes nada a nadie.
No discute. Discutir sería aceptar que hay elección, y la elección pesa tanto como el miedo.
El día de la declaración se levanta temprano, prepara el desayuno, revisa el móvil. Mete el DNI, la citación, una libreta en el bolso. Antes de salir, manda un mensaje a su amiga: a dónde va y cuándo debería salir. Su amiga contesta breve: Avísame cuando termines.
En comisaría huele a papeles y a felpudos húmedos. Deja el abrigo, pregunta por el investigador. La pasan al despacho.
El investigador es joven, tiene cara fatigada. Le ofrece una silla, enciende la grabadora.
¿Sabe que puede ser sancionada por falso testimonio? pregunta.
Sí responde.
Preguntas tranquilas: dónde estaba, qué semáforo, de qué lado salió el todoterreno, si vio la velocidad. Ella responde sin añadir nada innecesario. En cierto momento, él levanta la vista.
¿Alguien la ha contactado? pregunta.
Duda. Decirlo es aceptar que ya la han tocado. No decirlo es quedarse sola.
Sí responde. Me llamaron y me abordaron en el portal. Me pidieron que dijera que no estaba segura.
El investigador asiente, como si no le sorprendiera.
¿Tiene los números?
Saca el móvil, muestra las llamadas. Él copia, pide capturas y que las mande al correo oficial. Ella lo hace, aunque le cuesta mover los dedos.
Luego la sacan al pasillo y le piden esperar para el reconocimiento. Sentada en el banco, con el bolso en el regazo. Se abre la puerta, ve al hombre del todoterreno. Camina con abogado, hablan en voz baja. Cuando pasa cerca, voltea y la mira apenas. Su expresión es serena, incluso cansada, como quien está acostumbrado a que todo se arregla.
El abogado se detiene a su lado.
¿Es testigo? pregunta con una sonrisa.
Sí responde.
Le recomendaría cuidado con lo que afirma dice él, suave. En situaciones de estrés uno puede confundirse. No querrá cargar con errores.
Quiero decir la verdad contesta.
El abogado arquea las cejas.
Cada uno tiene su verdad añade y se aleja.
La invitan al despachito. Le enseñan varias fotos y le piden señalar al conductor. Señala. Firma el informe. El bolígrafo deja líneas nítidas en el papel y eso, por algún motivo, la calma: ese rastro no se borra con una llamada.
Cuando sale de comisaría ya es de noche. Camina hacia la parada, mirando atrás todo el tiempo, aunque nadie la sigue. En el bus, se sienta cerca del conductor, como hacen los que buscan protección.
En casa, el marido no dice nada. El hijo asoma la cabeza.
¿Qué tal? pregunta.
Conté lo que pasó responde.
El marido suspira hondo.
¿Sabes que esto no se acabará aquí? dice.
Lo sé repite ella.
Esa noche no duerme. Escucha los portazos en el portal, pasos por la escalera. Cada ruido es una alarma. Por la mañana lleva al hijo al cole ella misma, aunque le viene mal. Pide a la tutora que no deje salir al hijo con desconocidos, ni siquiera si dicen que son de la familia. La maestra la mira con atención, sin preguntar, y asiente.
En el trabajo, la jefa le habla con más distancia. Le dan menos tareas, como si ahora fuera tóxica. Nota las miradas furtivas de los compañeros. Nadie dice nada, pero se crea un espacio vacío a su alrededor.
Las llamadas cesan una semana. Luego recibe un mensaje: Piensa en tu familia. Sin firma. Ella lo lleva al investigador, como le pidió. Él responde escueto: Queda registrado. Si hay más, avisa.
No se siente protegida, pero sabe que sus palabras no se han disuelto.
Una tarde, la vecina del primero la alcanza en el ascensor.
Me he enterado de lo tuyo baja la voz. Si pasa cualquier cosa, mi marido suele estar en casa. Llámame. Y para la cámara del portal, que llevamos tiempo queriendo ponerla, si quieres nos juntamos y la colocamos.
La vecina lo dice natural, sin drama, como si hablara del portero automático. Eso le hace un nudo en la garganta.
Al mes, la citan otra vez. El investigador le informa que el caso va a juicio, que habrá vistas, que puede que la llamen más veces. No promete que castiguen al responsable, habla de protocolos, peritajes, informes.
¿Le han amenazado de nuevo? pregunta.
No contesta. Pero siempre estoy alerta.
Es normal dice él. Intente vivir como antes. Si ocurre algo, avíseme.
Sale y piensa que normal suena ajeno. Ya no vive como antes. Es más cuidadosa: cambia de ruta, nunca deja solo al hijo, instala en el móvil grabación de llamadas y acuerda con la amiga que le escriba cuando llega a casa. No se siente fuerte. Se siente alguien que aguanta donde puede.
En el juicio vuelve a ver al conductor del todoterreno. Está serio, escucha, toma notas. No la mira. Eso es peor que mirar, como si ella solo fuera trámite.
Le preguntan si está segura de su declaración. Por un momento el miedo la invade. Ve a su hijo en la puerta del cole, a la jefa tensa, a su madre instándole a no meterse. Pero dice:
Sí. Estoy segura.
Al salir de la sala, se detiene en las escaleras. Tiene las manos frías pese a los guantes. La amiga le escribe: ¿Estás bien? Responde: Estoy. Voy a casa.
De camino compra pan y manzanas en la tienda de la esquina, porque la vida sigue y hay que cenar. Eso la reconforta: el mundo no se ha parado, exige acciones sencillas.
En casa, el hijo la recibe en la puerta.
Mamá, ¿vas a ir hoy a la reunión? pregunta.
Y entiende, al mirarlo, que por esa pregunta ha aguantado tanto.
Sí responde. Pero primero cenamos.
Después, al cerrar la puerta con dos vueltas de llave y comprobar la cadena, nota que lo hace con calma, como parte de una nueva rutina. Esa calma es el precio, algo que ha aprendido de nuevo. No ha ganado, no ha recibido gracias ni se ha vuelto heroína. Pero queda esto: el peso de haber sido fiel a lo que vio, y saber que ya no necesita esconderse de sí misma.







