Tía, te tengo que contar lo que me ha pasado este finde en la casa de campo. Imagínate: la familia de mi marido cayó en plan sorpresa, mientras yo estaba dejándome la espalda en el huerto, con las manos llenas de tierra hasta las cejas, y sudando como en pleno agosto en Sevilla.
¿A qué esperas? ¡Abre la puerta, que estamos aquí ya! gritaba la madre de Jorge, mi suegra, con ese tonillo de que todo gira a su alrededor, hasta por encima del zumbido de la cortacésped del vecino. ¡Venimos cargados de cosas, con ganas de pasarlo bien, y tenéis esto cerrado como si fuera una fortaleza!
Yo me quedé parada, secándome el sudor con la mano llena de tierra. Lo último que me esperaba era visita. Nada, que respiro hondo y miro a Jorge, que estaba en el cobertizo, con cara de susto y cogiendo el martillo como si se escondiera. Me hace un gesto de no he sido yo, de verdad.
¡Jorgito! volvió a chillar su madre, ya un poco dolida. ¿Te has dormido o qué? ¡Que ha venido tu madre, tu hermana! ¡Y os escondéis!
Me quité los guantes y los tiré al cubo. Nadie me iba a fastidiar el plan de fin de semana trabajando en mi paraíso. Pero mira, al mal tiempo buena cara: abro la puerta, y allá que entra la comitiva a lo grande, que ni entrada del Sevilla.
Primera en salir del coche, cómo no, Asunción, la madre de Jorge, vestida con ese vestido estampado que parece una cortina vieja y un sombrero de paja más grande que la mesa del salón. Después, su hermana Carmen, en shorts y con las uñas recién pintadas, enseñándolo todo. Y por último, Ángel, el cuñado, que parecía que venía de ver el fútbol y sólo le faltaba la siesta.
Abren el maletero y bajan bolsas de carbón, cerveza, carne para barbacoa Un despliegue. Y la suegra tan campante:
¡Menudo calor, hija! y, abanicándose con el sombrero Oye, ¿qué pintas tienes? Nosotros veníamos a darte una sorpresita, que llamo a Jorge y ni coge el móvil. Total, que aquí estamos, a ver si nos das de comer y nos tiramos a la sombra. ¿La piscina esa que tienes estará ya lista?
Yo les miraba y por dentro hervía. La finca era de mi abuela, la llevo cuidando yo desde antes de casarme y la he levantado con mucho curro y todos mis ahorros. Jorge ayuda, pero lo justo, y toda su familia aparece por aquí solo cuando huele a fruta madura y tumbona libre.
Buenas, Asunción todo el corte posible , vaya sorpresa. Justo estábamos trabajando, qué cosas.
¡Pero si para eso están los fines de semana! se ríe el cuñado, sacando la cerveza. ¡A relajarse, mujer! Jorge, saca la barbacoa. ¡Vamos a jubilarnos aquí hoy!
Carmen inspeccionando el jardín:
Oye, Lucía, ¿dónde tienes las hamacas? Yo venía a tomar el sol. ¿Y las frambuesas? ¿Ya están listas para comer algo?
Las frambuesas aún están verdes le digo y las hamacas en el cobertizo, llenas de polvo.
Pues que Jorge las saque y limpie sentencia mi suegra, ya sentándose en MI silla favorita de la terraza, la que me compré para leer. Lucía, hija, límpiate la cara, que pareces una labradora. Ve poniendo la mesa, que venimos muertos de hambre. Saca algo de ensalada, esos tomates que plantas tú, y a ver si los hombres van haciendo la carne.
Se acomodó y empezó a mirar al revés todo: que si el césped alto, que aquí falta aquí lo otro allá. Miré otra vez a Jorge, que se escondía detrás de un arbusto. Este finde teníamos todo calculado: arreglar el ala del fondo del jardín, pintar el cercado y desmontar el invernadero viejo. Hasta habíamos encargado estiércol para el atardecer. Y ahora me piden que les monte el chiringuito, a servirles como si esto fuera un hotel.
Y ahí, amiga, se me encendió la bombilla. Cogí aire:
Jorge, ven un momento, por favor.
Nos apartamos al pozo.
¿Tú sabías algo de esto? le pregunté bajito.
¡Que va! De verdad. Solo llamaron para preguntar dónde estábamos, yo les dije que aquí, pero nadie me dijo nada de venir. No los podemos echar ahora, son familia… aguantamos un rato, asamos carne y ya.
¿Aguantamos? casi me río. El sábado pasado no vinimos porque tu madre quería ir al centro comercial. El anterior, por el cumple de Carmen. Si hoy no hago lo que tengo que hacer, la plantación se fastidia y el cercado cae este otoño.
Pero Lucía…
Ni peros ni nada. Es mi casa de campo. Y aquí se viene a ayudar, o a disfrutar de verdad. El campo espabila a cualquiera.
Volví a la terraza, saqué del cobertizo tres palas, el rastrillo, el azadón y una lata de pintura. Los dejé delante de todos, que se quedaron de piedra.
Mirad, queridos, ya que habéis venido sin avisar, vamos a hacer las cosas bien. Hoy toca jornada de trabajo. El que quiera quedarse, que arrime el hombro. Al que no le guste, ahí tiene la puerta.
¿Pero qué dices? Carmen, la pobre, se apartaba la pala como si fuera tóxica. Que venimos a descansar…
Pues yo, ni soy cocinera ni animadora gratuita contesté , iba a trabajar, y aquí el que no trabaje, no come. Lo dice hasta el refrán.
Asunción se quedó con la manzana a medio morder.
¡Lucía! ¿Pero tú de qué vas? ¡Somos tus invitados! Jorge, ¿vas a permitirlo? ¡Que me está obligando a mí, su suegra!
Jorge se vino junto a mí, pero no se atrevió a decir nada aún.
Yo seguí: Asunción, te lo recuerdo: la casa la heredé antes de casarnos, tú lo sabes. Aquí mando yo. Jorge me ayuda, porque somos familia, y vosotros aparecéis a mesa puesta. ¿Barbacoa? Fenomenal. Aquí el trabajo que toca.
Fui repartiendo herramientas.
Ángel, toma esta pala, el trozo de tierra junto a la verja es duro, así que te va perfecto. Hasta que no termines, no hay carne.
Ángel, con la cerveza, se atascó.
¿En serio, Lucía? Estoy de vacaciones…
El ejercicio es lo mejor para la salud. Carmen, tú con el rastrillo: la hierba cortada detrás de la casa va al compost, y de paso ayuda a limpiar el huerto. Así coges colorcito sin marcas de tirantes.
¡Ni de broma! gritó Carmen. ¡Acabo de pagarme la manicura! Mamá, dile algo…
Asunción se levantó como una tormenta.
Esto ya es el colmo. Jorge, quita estos trastos. Vamos a preparar la comida. Y tú señalándome , si no quieres vernos, dilo claro. Pero obligar a tu familia a currar… ¡Qué humillación!
Asunción, la semana pasada contabas que te hacías tres horas de zumba sin despeinarte le solté así que fuerzas te sobran. Te dejo lo más “delicado”: pintar la valla del jardín. La pintura no huele y el pincel es nuevo.
Nos vamos ahora mismo espetó, roja como un tomate. Ángel, recoge. ¡Aquí no me ven más! Jorge, mira a quién has elegido por mujer: ¡una bruja!
Yo, brazos cruzados.
Nadie echa a nadie. Si ayudáis, fenomenal. Si no, nada de fiesta aquí, que tengo faena.
¡Jorge! chilló su madre. ¡Di algo! ¿Eres hombre o un calzonazos?
Jorge miró a todos, luego a mí, con mi pelo enredado y la camiseta medio destrozada, pero con la cabeza muy alta. Seguro que pensó en todos los proyectos y curro que he metido aquí.
Mamá soltó al fin , Lucía tiene razón.
¿Qué has dicho? dijeron los tres a coro.
Que Lucía tiene razón y esta vez, fuerte. Esta casa es de ella. Hoy veníamos a currar. Os habéis presentado de repente y la molestia es evidente. Si queréis relax, hay un hostal en el pueblo. Allí hay tumbonas, piscina y buffet. Aquí, faena.
Silencio de catedral, solo se oía una abeja cerca de los rosales. Asunción casi pierde el aire de la impresión. Al final, entre indignada y herida:
Anda, vámonos de aquí, Ángel, que con este par no hay quien viva.
Metieron las cervezas de vuelta en el coche, Carmen pataleando como una chiquilla y Asunción lanzando miradas que si mataran, yo no cuento esto. Antes de irse, gritó:
¡Ya os arrepentiréis! ¡Cuando necesitéis algo, a ver a quién llamáis!
Y el coche salió, dejando una nube de polvo.
Jorge y yo nos quedamos ahí, en medio del silencio. Por fin, descansamos. Yo me dejé caer en las escaleras, derrotada y feliz a la vez.
Él se sentó a mi lado, me cogió la mano.
¿Estás bien? preguntó.
Sí, pensaba que me matarían o algo peor…
Seguro que nos han maldecido se rió , pero le pasará pronto, ya sabes que mi madre al final se le olvida todo cuando le interesa. Eso sí, Carmen se lo tragará durante meses.
Apoyé la cabeza en su hombro.
Gracias por estar de mi lado, creí que ibas a quedarte callado como siempre.
Ya era hora de que hablara. Estaban aquí, exigiendo, sin preguntar siquiera cómo estábamos. Y tú, dejándote la vida. Me dio vergüenza ver que no valoran tu esfuerzo. Esto es tuyo, Lucía.
Le sonreí.
Es de los dos, si quieres currar de verdad, no solo venir a comer carne.
Me apunto y muy decidido fue en busca de la pala. Que Ángel la ha tirado ahí, ¿no? Ahora mismo me pongo.
Y se fue a cavar el trozo más duro del huerto. Yo le miraba con cariño. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que éramos un equipo de verdad.
Al rato, cuando iba empapado en sudor, le llevé una jarra de limonada fresca.
¡Hora del recreo! bromeé.
Nos sentamos por fin en MI terraza, esa que había sido zona de guerra unas horas antes.
¿Sabes qué? empezó Jorge. Ellos nunca lo entenderán.
¿El qué?
Que lo importante no es el trabajo. Si hubieran preguntado “¿en qué ayudamos?”, a lo mejor al rato ya estábamos todos tumbados al sol. Pero venir en plan invasión…
Es cuestión de respeto, Jorge. No puedes aparecer en casa ajena como si te lo debieran todo.
En ese momento le sonó el móvil.
Es de mi madre… “Estamos en el hostal. Carísimo y la comida mala. No tenéis vergüenza”.
Nos partimos de risa.
Al menos descansan, sin herramientas.
Y sin nuestra barbacoa añadió él. ¿Quedó carne?
Se la llevaron, pero tenemos patatas nuevas, un poco de bacalao y tranquilidad.
Al anochecer, ya los dos agotados y llenos de manchas de pintura, cenamos en la cocina unas patatas cocidas que nos supieron a gloria. Ahí, con el zumbido de los grillos y el fresquito, me dice Jorge:
¿Sabes? Esto nos ha servido para aprender a decir no. Y no es tan horrible como parece.
Da miedo, pero merece la pena le contesté. ¿Y si el finde que viene no dejamos que nadie venga? Solo tú y yo, ni una pala. Simplemente estar.
Me parece perfecto respondió. Bueno, la pala para desmontar el invernadero, pero nada más.
Y justo en ese momento, escuchamos un coche ralentizando fuera. Nos tensamos los dos. Jorge miró por la ventana.
Tranquila, son los vecinos.
Solté el aire. Mi casa de campo era mi castillo. Da igual cuánta familia se piense con derecho a invadir.
Pero no acaba ahí la cosa. A la semana, en casa, llaman al timbre. Y aparece Asunción, sin sombrero, sin Carmen, con una bolsa.
¿Puedo pasar? me dice, y la noto cortada.
Claro, pase.
Se sienta en la cocina y deja la bolsa encima de la mesa.
Son empanadillas, de repollo. Hechas por mí.
Jorge sale, sorprendido.
¿Pasa algo, mamá?
Pues sí suspira ella. He estado toda la semana dándole vueltas. Me avergoncé bastante. La vecina, Maruja, contó que su nuera la echó aire cuando fue a mandonear a su casa, y he pensado… que yo he hecho lo mismo. Vosotros aquí, trabajando, dejando esto tan bonito. No como antes.
Juega con el asa del bolso, nerviosa.
En fin, que os pido perdón. Sigo viendo a Jorge como mi niño, pero ya es hombre. Y tú, Lucía, tienes carácter. Eso es bueno, que si no, la vida nos pasa por encima.
Me miró, y ahí me derritió. Yo tampoco esperaba disculpa.
Bueno, mujer, no pasa nada le dije, poniendo el agua para el té. Ya está olvidado, solo pedimos que respeten nuestros planes.
Por supuesto, ni una visita más sin aviso. Ni a mandar, ni a ayudar, si no lo pedís. Carmen todavía está enfadada, pero ya caerá.
Esa tarde merendamos las tres, hablando poco pero con las cosas claras. Al final, marcar los límites nos ha hecho familia de verdad. El respeto que se gana a base de pala y sudor, vale más que mil silencios o sonrisas forzadas.
Ahora las herramientas están a la vista. Como recordatorio. Y un mes después, cuando la familia pidió volver, fue con llamada previa y preguntando en qué podían ayudar.
Así sí, prima. Así, yo invito a quien sea, y abro la puerta de par en par.







