¡Abuela Amparo! grité al entrar. ¿Quién te ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?
Amparo Fernández rompió a llorar al ver la valla destrozada. Hacía ya meses que intentaba apuntalarla con tablas y reparar los soportes podridos, esperando que aguantara hasta que pudiera ahorrar, céntimo a céntimo, de su modesta pensión. Pero el tiempo no le fue propicio: la valla finalmente se vino abajo.
Han pasado diez años desde que Amparo se quedó sola en la casa. Su esposo, Julián García, ya no está entre nosotros. Julián tenía manos de oro, y mientras él vivió, la abuela nunca tuvo de qué preocuparse. Era un verdadero maestro, carpintero, manitas. Todo lo arreglaba sin necesidad de que viniera nadie más. En el pueblo se le estimaba por su bondad y empeño. Cuarenta años felices compartieron, solo faltó un día para celebrar el aniversario. La vivienda siempre estaba impecable, el huerto rebosaba de frutos, los animales cuidados; todo fruto de su trabajo común.
El matrimonio solo tuvo un hijo: Rodrigo, su alegría y orgullo. Desde pequeño cogió el hábito del trabajo, nunca hizo falta insistirle. Cuando Amparo regresaba rendida de la huerta, Rodrigo ya había traído leña, agua, encendido la estufa y dado de beber a los animales.
Julián, al volver a casa, se lavaba y salía al porche a fumar mientras su mujer preparaba la cena. Por la noche, cenaban los tres y compartían las novedades del día, contentos de su suerte.
El tiempo pasó volando, dejando recuerdos. Rodrigo se hizo mayor y se marchó a la gran ciudad, estudió en la universidad, se casó con una muchacha de la capital llamada Sonsoles. Al poco, se establecieron en Madrid. Al principio Rodrigo visitaba a sus padres en vacaciones, pero luego, Sonsoles le convenció para viajar fuera de España cada verano, y así, año tras año. Julián no acababa de entender a su hijo.
¿De qué estará tan cansado Rodrigo? Esa Sonsoles le tiene la cabeza hecha un lío. ¿Qué sentido tienen tantos viajes?
El padre se apenaba, la madre sufría en silencio. No les quedaba otra sino esperar alguna noticia. Hasta que Julián enfermó. Débil, rechazó los alimentos, ni los médicos lograron ayudarle y al final, le mandaron de vuelta a casa, como diciendo es lo que toca. Murió una mañana de primavera, cuando en el campo todavía cantan los ruiseñores.
Rodrigo vino al funeral, lloró de rabia por no haber alcanzado a ver vivo a su padre. Pasó una semana en casa, luego regresó a Madrid. En diez años, solo escribió tres cartas a su madre. Amparo se quedó sola. Vendió la vaca y las ovejas a los vecinos.
¿Para qué quería ahora el ganado? La vaca quedó un rato al pie de la valla, escuchando los sollozos de su dueña. Amparo se refugiaba en la habitación más lejana y lloraba.
Sin manos masculinas la casa se venía abajo. Un día se filtraba agua por el tejado, otro se partía una tablilla del porche, otro la bodega se inundaba… Mi abuela intentaba remediarlo en lo que podía. Ahorraba de la pensión para contratar a alguien, a veces se las apañaba sola; fue criada en pueblo, lo sabía todo.
Así vivía, a duras penas, cuando la vida le deparó otro revés: de pronto, comenzó a perder visión sin explicación. Fue a la tienda del pueblo y apenas pudo distinguir los precios de los productos. A los meses, ya ni veía el letrero del comercio.
La enfermera la visitó y le recomendó ir al hospital:
Señora Amparo, ¿quiere quedarse ciega? Le pueden operar y recuperar la vista.
Pero mi abuela desconfiaba de los médicos, se negó a ir. Al año, apenas veía nada. Pero ella no se preocupaba demasiado.
¿Para qué quiero la luz? Ni miro la tele, solo la escucho. El locutor lee las noticias, y yo con eso me apaño. En casa me muevo por memoria.
A veces, sí se preocupaba. El pueblo se había llenado de gente poco honrada, ladrones de paso saqueaban casas abandonadas y robaban lo que encontraban. Amparo temía no tener un buen perro de guarda que espantara a los intrusos con el aspecto feroz y el ladrido fuerte.
Preguntó a Tomás, un cazador del pueblo:
¿No sabes si el guarda tiene algún cachorro? Me vendría bien uno, aunque fuera chiquito. Lo crío yo…
Tomás, curioso por mi abuela, respondió:
Abuela Amparo, ¿para qué quieres cachorros de podenco? Esos valen para el monte. Si quieres, te consigo un pastor alemán bueno de ciudad.
Deben ser caros…
No tan caros como el dinero, abuela.
Pues entonces, tráelo.
Amparo reunió sus ahorros. Creía que alcanzaría para un perro decente. Pero Tomás, hombre poco de fiar, retrasaba la promesa una y otra vez. Amparo le regañaba por hablar sin cumplir, aunque en el fondo le compadecía. Era infeliz, sin familia ni hijos. Solo la bebida le acompañaba.
Casi de la edad de mi padre Rodrigo, Tomás nunca dejó el pueblo, lo de la ciudad no iba con él, prefería la caza y podía desaparecer días enteros en el monte.
Fuera de temporada, trabajaba en lo que podía: huertos, carpintería, reparaciones. Lo que ganaba lo gastaba enseguida en vino y aguardiente.
Tras una mala racha, se refugiaba en el monte, enfermo y oscuro, y volvía días después, cargado de setas, bayas, peces y piñones. Los vendía a precio de risa y volvía a gastar todo. También ayudaba a mi abuela, por supuesto, a cambio de dinero. Cuando cayó la valla, tuvo que recurrir de nuevo a él.
Parece que habrá que esperar por el perro suspiró Amparo. Primero pagar la valla, que apenas tengo dinero.
Tomás vino sin manos vacías. En su mochila, junto a herramientas, algo se movía. Sonrió, llamando a mi abuela.
Mira lo que te traigo abrió la mochila.
Amparo tocó la cabeza peluda y temblorosa.
¿Me has traído un cachorro? dijo, sorprendida.
El mejor de todos. Un pastor alemán puro, abuela.
El cachorro chilló, queriendo salir. Amparo, nerviosa:
Pero no tengo suficiente dinero, solo para la valla…
¿Lo voy a devolver? replicó Tomás divertido. ¿Sabes cuántos euros me ha costado este perro?
No quedó otra, mi abuela fue al colmado y la señora le dio cinco botellas de coñac fiadas y apuntó su nombre en el libro de cuentas.
Por la tarde, Tomás terminó el arreglo de la valla. Amparo le dio un buen almuerzo y su copa de aguardiente. Alegre, se sentó a la mesa y señaló al cachorro, enrollado junto a la estufa.
Hay que darle de comer dos veces al día. Y un buen collar y cadena, crecerá sano y fuerte. Yo sé de perros.
Así llegó a la casa de Amparo un nuevo habitante: Chispa. La abuela adoró al cachorro, que le devolvía cariño. Cada vez que salía a darle comida, Chispa saltaba feliz y le lamía la cara. Solo le inquietaba una cosa: el perro creció como ternero, pero nunca aprendió a ladrar. Esto preocupaba a mi abuela.
¡Ay, Tomás, pillo! Me has vendido un perro inútil.
Pero ¿qué podía hacer? No iba a echar a semejante buen animal. Ni falta que hacía ladrar; los demás perros del pueblo ni se atrevían a ladrar a Chispa, que en tres meses alcanzó la cintura de su dueña.
Cierto día, vino al pueblo Mateo, el cazador del lugar, a comprar sal y cerillas para la temporada de invierno en el monte. Al pasar por la casa de Amparo, se detuvo sorprendido al ver a Chispa.
¡Abuela Amparo! exclamó ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?
Mi abuela se asustó, llevándose las manos al pecho.
¡Ay, Dios! Qué tonta he sido. Ese bribón de Tomás me ha engañado. ¡Decía que era pastor alemán!
Mateo se puso serio:
Hay que soltarlo en el monte, abuela, o habrá problemas.
Los ojos de Amparo se humedecieron. ¡Qué dolor despedirse de Chispa! Noble, cariñoso, aunque fuera lobo. Había notado últimamente su inquietud, tirando de la cadena, deseando libertad. Algunos del pueblo le miraban con temor. No quedaba elección.
Mateo llevó al lobo al monte. Chispa movió la cola, desapareciendo entre los árboles. Nadie volvió a verlo.
Amparo echaba de menos a su amigo y maldecía a Tomás, aunque él también se arrepintió, pues no lo hizo por mal. Un día, mientras cazaba, encontró huellas de oso. Oía de lejos un quejido y pensó en marcharse, ya que donde hay oseznos, cerca está la osa. Pero el sonido no era de oso.
Apartando ramas, dio con una madriguera. Cerca, la loba muerta y los lobeznos despedazados. El oso debió atacar el refugio. Solo uno había sobrevivido, escondido en la madriguera.
Tomás lo recogió, llevándoselo con él. Luego pensó ofrecérselo a Amparo, para que lo criara. Creía que cuando el lobo creciera, se iría al monte solo. Entonces tendría tiempo de buscarle a la abuela un buen perro de verdad. Pero Mateo se lo estropeó todo.
Tomás rondó su casa varios días, sin atreverse a entrar. El invierno rugía. Amparo encendía la estufa para no helarse.
Tras un rato, llamaron a la puerta. Mi abuela abrió. En el umbral esperaba un hombre.
Buenas noches, señora Amparo. ¿Me da cobijo? Iba al pueblo de al lado y me he perdido.
¿Cómo te llamas, hijo? Veo poco.
Borja.
Amparo frunció el ceño.
Me parece que aquí no hay Borjas…
No soy de aquí, abuela. Compré una casa hace poco. He venido a verla, pero el coche se atascó en el barro y tuve que venir a pie con esta tormenta.
¿Has comprado la casa de don Marino?
Asintió.
Así es.
Amparo invitó al desconocido a pasar, puso agua a hervir. No notó cómo él miraba con avidez el antiguo aparador, donde la gente del pueblo suele guardar dinero y joyas.
Mientras mi abuela cocinaba, el visitante empezó a rebuscar en el aparador. Amparo oyó el chirrido de la puerta.
¿Qué haces ahí, Borja?
Ha habido reforma monetaria. Le ayudo a quitar el dinero antiguo.
A mi abuela se le puso cara de pocos amigos.
Mentira. No ha habido tal reforma. ¿Quién eres tú?
El hombre sacó una navaja y se la puso bajo la barbilla.
Calla, vieja. Saca el dinero, oro, comida.
Amparo se quedó helada. Frente a ella, un delincuente buscado por la policía. ¿Sería su final…?
De repente, la puerta se abrió de golpe. Entró un lobo enorme y saltó sobre el ladrón. Gritó, pero el grueso de la bufanda lo protegió de las mordeduras. El ladrón sacó la navaja, hirió al lobo en el hombro. Chispa se apartó, dándole oportunidad de huir.
Tomás llegaba en ese momento, decidido a disculparse. Al pasar vio a un hombre armado escapar furioso. Corrió hacia la casa y en el suelo halló a Chispa ensangrentado. Lo entendió todo y fue corriendo al cuartelillo.
El ladrón fue capturado y condenado de nuevo.
Chispa se convirtió en el héroe del pueblo. Cada vecino le traía comida y lo saludaba. No lo volvieron a atar; era libre. Pero siempre volvía a casa, sobre todo cuando Tomás regresaba de una jornada de caza.
Un día vieron un todo terreno negro delante de la casa de Amparo, y alguien partía leña en el patio. Era Rodrigo, su hijo. Al ver a Tomás, le abrazó.
Aquella noche, todos reunidos en la mesa, Amparo irradiaba felicidad. Rodrigo le convenció para ir a la ciudad para operarse y recuperar la vista.
Si hay que ir… aceptó la abuela. En verano vendrá mi nieto, quiero verle. Tomás, cuida la casa y a Chispa, ¿sí?
Tomás asintió. Chispa se tumbó junto a la estufa, satisfecho. Su lugar era allí, cerca de los amigos.
Hoy, al escribir esto, aprendo que a veces la vida nos sorprende con ayuda donde menos la esperamos. Aunque la soledad pese y el mundo cambie, la lealtad y el cariño pueden devolvernos la esperanza. La felicidad se halla en quienes nos rodean y en los gestos sencillos que nos unen.







