15 de marzo
Hoy siento la necesidad de escribir, de poner en palabras todo lo que me ha pasado. Cuando decidí casarme, mis hijos Noé y Clara se quedaron paralizados, incapaces de reaccionar. La noticia les cayó como un jarro de agua fría.
¿De verdad quieres darle un giro tan radical a tu vida, mamá? me preguntó Clara, mirando a Noé con preocupación.
Pero mamá, ¿para qué te metes en estas cosas a tu edad? se inquietó Noé. Entiendo que lleves mucho tiempo sola, y que hayas dedicado casi toda tu vida a mí, pero casarte ahora es una locura.
Lo veis así porque sois jóvenes les contesté con tranquilidad. Tengo sesenta y tres años, no sé cuánto tiempo me queda, pero tengo todo el derecho de pasar lo que me quede junto a alguien a quien quiero.
Al menos no corras con el papeleo intentó tranquilizarme Noé. A Mateo lo conoces desde hace tres meses y ya quieres cambiarlo todo.
En esta edad no conviene perder tiempo le respondí. ¿Qué tengo que saber? Él es dos años mayor, vive con su hija y su familia en un piso amplio en el barrio Salamanca, cobra una buena pensión y tiene una casita rural en Ávila.
¿Y dónde vais a vivir? preguntó Noé sin entenderlo. Aquí estamos apretados, no cabe nadie más.
No os preocupéis, Mateo no va a pedir ni un rincón. Yo me mudaré con él expliqué. El piso es grande, con su hija Araceli nos llevamos bien, todos somos adultos, no habrá problemas.
Noé sufría por mí, y Clara intentaba que él aceptase mi decisión.
¿Y si somos egoístas nosotros? reflexionó. Es cierto que nos viene bien que tu madre nos ayude, que cuide a Irene, pero ella tiene derecho a rehacer su vida. Si se le presenta esta oportunidad, no deberíamos impedirlo.
Si sólo fuese vivir juntos, vale, pero ¿para qué casarse? no lo entendía Noé. No hace falta una boda ni vestido ni celebraciones.
Son de otra generación, quizá les da tranquilidad razonaba Clara.
Finalmente me casé con Mateo, a quien conocí por casualidad dando un paseo por Retiro. En poco tiempo me mudé a su casa. Al principio, todo fue tranquilo, me recibieron bien, mi marido fue amable, y de verdad pensé que por fin había llegado mi momento de felicidad: era tiempo de disfrutar y agradecer cada día.
Pero, como suele pasar, pronto salieron los matices de la convivencia.
¿Podrías hacer el guiso para la cena, por favor, Carmen? me preguntó Araceli. Yo no tengo tiempo ni energía después de la oficina, pero tú vas sobrada de tiempo.
Capté la indirecta y empecé a ocuparme de la cocina, lo que trajo consigo hacer la compra, limpiar, lavar la ropa, y hasta encargarme del huerto en Ávila.
Desde ahora, la casa rural es cosa de los dos, Carmen me dijo Mateo. Mi hija y su marido no pueden ir, la nieta es pequeña, así que nosotros nos ocupamos.
No me molestaba. Disfrutaba formando parte de una familia grande y solidaria, todo después de un primer matrimonio infeliz: mi ex marido era vago y astuto, y acabó abandonándonos cuando Noé tenía diez años. Veinte años sin saber de él. Ahora todo parecía tener sentido, las tareas no me pesaban y no me molestaba cansarme.
Mamá, ¿para qué te matas en la casa rural? me decía Noé preocupado. Siempre vuelves con la tensión por las nubes. ¿Para qué te complicas?
Me gusta, y además a Mateo también; recogeremos mucha cosecha y compartiremos con vosotros, claro le respondía sonriente.
Lo que no me convenció fue que en meses nunca nos invitaron a visitarles ni para conocernos. Noé y Clara invitaron varias veces a Mateo, pero siempre tenía algún impedimento. Al final, dejamos de insistir, entendiendo que para ellos no era importante mantener la relación. Solo deseábamos que yo estuviera bien y fuese feliz.
Al principio era así, disfrutaba, pero las tareas aumentaban y cada vez me pedían más. Mateo, nada más llegar a Ávila, se quejaba de la espalda o del corazón, y yo, en vez de disfrutar, me ponía a recoger ramas, barrer hojas y tirar basura.
¿Otra vez cocido, Carmen? se quejaba Santiago, el yerno. Ayer ya lo tuvimos, esperaba otra cosa.
No he podido preparar nada distinto, ni ir a la compra, hoy me pasé lavando las cortinas y poniéndolas, acabé agotada y mareada me disculpé.
Pues yo no soporto el cocido, la verdad rechazaba el plato Santiago.
Mañana Carmen nos hará un banquete imperial intervenía Mateo.
Y así era: al día siguiente pasaba horas en la cocina y en media hora devoraban todo. Luego tocaba limpiar y aquello se repetía siempre. Las quejas de Araceli y Santiago crecían con cualquier detalle, y Mateo se ponía de su lado, convirtiéndome en la responsable de todo.
No soy joven, también me canso, y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo yo me atreví a protestar.
Eres mi esposa, tienes que mantener el orden aquí me replicó Mateo.
Como esposa tengo derechos además de obligaciones solté llorando.
Luego me calmaba y volvía al ruedo, tratando de agradar y crear buen ambiente. Pero un día exploté, y me dolió tanto todo lo que pasó. Araceli y su marido iban a ver a unos amigos y me dejaron a la nieta.
Que la pequeña se quede con el abuelo o que os la llevéis, porque hoy voy a ver a mi propia nieta dije firme.
¿Y ahora todos tenemos que cambiar los planes por ti? se enfadó Araceli.
No tenéis que hacerlo, pero tampoco yo os debo nada. Hoy es el cumpleaños de Irene, lo avisé el martes. Encima ignoráis ese hecho y ahora pretendéis usarme de niñera.
Esto no puede ser, de verdad Mateo se ruborizó. Los planes de Araceli son importantes, y tu nieta es pequeña, puedes felicitarla mañana.
Nada pasa si vamos los tres a casa de mis hijos, o si tú te quedas con la niña mientras yo vuelvo respondí decidida.
Ya sabía que este matrimonio acabaría mal se quejó Araceli. Cocina regular, no limpia bien y solo piensa en sí misma.
¿Piensas eso después de todo lo que hice? le pregunté a Mateo. Dime la verdad, ¿buscabas esposa o sirvienta?
Estás equivocada, ahora intentas hacerme responsable de todo parpadeaba nervioso.
Solo quiero una respuesta clara me mantuve firme.
Si así lo quieres, haz lo que te parezca, pero en mi casa no toleramos esa actitud hacia las tareas se desentendió Mateo.
Pues entonces, me despido contesté y empecé a recoger mis cosas.
¿Me aceptáis de vuelta, hijos? con la maleta y el regalo para Irene en mano. Me casé, he vuelto, no me preguntéis nada, solo decidid si me acogéis.
Por supuesto corrieron Noé y Clara. Tu habitación te espera, y estamos felices de tenerte de vuelta.
¿Feliz de verdad? necesitaba aprenderlo.
¿Por qué otra razón se alegra uno de la familia? me sonrió Clara.
Hoy sé que aquí no soy la criada. Sí, ayudo en casa, cuido a Irene, pero Noé y Clara nunca han abusado ni me han faltado al respeto. Aquí soy madre, abuela, suegra y familia, no sirvienta. No pienso volver atrás: solicité el divorcio y prefiero no recordar lo vivido. Hoy es el primer día de mi verdadera vuelta a casa.







