¡Había que avisar antes! ¡Yo no tenía nada preparado! ¿Sabéis lo que cuesta recibir visitas? gritaba mi suegra, Rosario Martínez.
Yo soy la nuera: una mujer trabajadora, sencilla, sin corona en la cabeza. Mi marido y yo vivimos en nuestro propio piso en Madrid, que llevamos adelante entre los dos: hipoteca, gastos, jornadas eternas.
La suegra vive en un pueblo de Segovia, junto con mi cuñada. Todo habría sido normal si no fuera porque decidieron que nuestro piso era su balneario de fin de semana. Al principio, incluso sonaba simpático:
El sábado nos pasamos por vuestra casa.
Que va a ser rapidito.
Que somos familia.
Pero rapidito era con pijama y bolsa de viaje; nos pasamos venía con cacerolas vacías y miradas de banquete pendiente.
Cada fin de semana la misma historia: yo, saliendo agotado del trabajo, corriendo al supermercado, cocinando, limpiando, preparando la mesa, esforzándome por sonreír, y luego pasando media noche fregando platos y ordenando. Rosario Martínez sentada, soltando comentarios:
¿Por qué no lleva maíz la ensaladilla?
Yo prefiero la sopa de ajo más espesa.
En mi pueblo no se hace así.
La cuñada, Carmen, añade:
Uf, qué cansada estoy del viaje.
¿No hay postre?
Y jamás un gracias, ¿puedo ayudar en algo?
Hasta que un día exploté y le dije a mi marido:
No soy la sirvienta de nadie ni quiero pasarme los fines de semana atendiendo a tu familia.
Pues igual deberíamos hacer algo con esto.
Ahí se me ocurrió una idea.
La siguiente vez que Rosario llamó y dijo:
El sábado vamos para allá.
Le respondí tranquilamente:
Uy, pues tenemos planes este fin de semana.
¿Qué planes?
Los nuestros.
¿Y sabes qué hicimos? De verdad nos fuimos pero no a nuestros planes: ¡nos presentamos en la casa de Rosario Martínez! El sábado por la mañana, mi marido y yo estábamos en su puerta. Abrió ella, nos miró de arriba abajo y se quedó atónita.
¡¿Pero esto qué es?!
Venimos de visita. Un ratito nada más.
¡Había que avisar! ¡No tengo nada preparado! ¡¿Sabéis lo que cuesta recibir visitas?!
La miré, respiré hondo y respondí con calma:
Vea, yo vivo esto cada fin de semana.
¡Así que era para darme una lección! ¡Qué descarada!
El griterío fue tal que los vecinos salieron a mirar, y acabamos volviendo a Madrid.
¿Y lo mejor de todo? Desde aquel día, ni una visita sin invitación. Adiós a los nos pasamos y a mis sábados en la cocina. A veces, para que te comprendan, basta con poner a la gente en tu lugar.
Al reflexionar, aprendí que para ser respetado, tienes que hacer valer tus límites. ¿Tú qué harías en mi caso?







