El hijo no está preparado para ser padre…
“¡Desvergonzada! ¡Malagradecida, eres una puerca!”, chillaba la madre a su hija Lucía allá donde la veía. El vientre redondeado de la chica no frenaba la ira materna. Al contrario, la avivaba más. ¡Vete de casa y no vuelvas! ¡Que no te vea jamás!
Y así fue como la madre la echó realmente a la calle. No era la primera vez que Lucía sentía sus gritos y humillaciones, pero nunca antes la había expulsado por una falta tan imperdonable como quedarse embarazada sin estar casada. Le dejó claro que no regresara mientras siguiera en esa situación.
Llorosa, con una maletita y el corazón roto, Lucía llegó hasta su novio, Gonzalo, un chico perdido y sin saber qué hacer. Pronto descubrió que él ni siquiera se lo había contado a sus padres. Al entrar en su casa, la madre de Gonzalo fue directa: le preguntó si aún estaban a tiempo de evitarlo. Por supuesto, ya era tarde; la barriga se notaba mucho. Lucía, presa del miedo y la desesperación, habría hecho cualquier cosa por sentir algo de apoyo. Hace apenas un mes se oponía con todas sus fuerzas a la ruda propuesta de su madre, pero esa noche el desánimo pesaba más.
Mi hijo no está preparado para ser padre sentenció la madre de Gonzalo. Es joven todavía, arruinarías su vida. Claro que te ayudaremos en lo posible, pero por ahora he pedido a una amiga que te consiga plaza en un centro especial para chicas como tú… esas embarazadas de nadie que no tienen a dónde ir.
En el centro, Lucía recibió un pequeño cuarto para ella sola. Por primera vez, pudo descansar y recuperar algo de paz. Nadie la juzgaba allí. Recibió ayuda psicológica y se preparaba para el parto tanto física como mentalmente. Y cuando, por fin, depositaron en sus brazos a un pequeño ser envuelto en mantas, Lucía sintió de repente mucho temor. La sobrevino el pánico. Pero al tomar conciencia, se obligó a mirar y a memorizar aquella carita nueva: su hija.
Se acercaba la Navidad, y en vez de una buena noticia, avisaron a Lucía: tenía que buscar albergue, pues su plaza pronto sería de otra. Con su pequeña Inés recién cumplido el mes, Lucía se quedó en su habitación sin saber cómo sobreviviríandónde encontrar pesetas, a quién pedirles cobijo. El corazón de su madre seguía frío como una piedra, ni quiso mirar a su nieta ni volver a pensar en ellas.
Vaya, pequeña, menudo Nochebuena más triste nos ha tocado murmuró Lucía a su hija. Siempre había adorado esa noche. Desde niña salía a cantar villancicos con los otros críos del barrio por las calles de Valladolid, y no era raro que recolectase decentes pesetas con sus cánticos, siempre tan alegres y afinados. Aquella tarde le nació la nostalgia y el deseo de volver a sentir el ambiente festivo: ir de casa en casa, entonar viejos villancicos, saber que aún quedaba algo de alegría en el mundo. ¿Y por qué no?, pensó Lucía. Mi niña es tranquila, la arropo bien, la ato pegadita a mí y salgo a cantar. El que no me abra la puerta, que siga con su vida.
La tarde del día de Navidad, cogió ánimo y fue a un barrio residencial, un lugar silencioso y próspero. Como temía, nadie esperaba a una muchacha joven con un bebé en brazos viniendo a cantar. La tradición era que llamaran chicos o grupos mayores. Pero en un par de casas le dejaron entrar. Lucía cantó con tanta dulzura y verdad que los dueños no sólo la recompensaron generosamente en pesetas, sino también con dulces y turrones. Al notar a la niña, se les enternecían los ojos; entendían bien que si una mujer cantaba con su bebé a cuestas, no era por costumbre, sino por necesidad.
Ir de casa en casa, con el frío calando los huesos, era faena ardua. Voy a probar en ese chalet; parece de buena familia, tal vez hoy tenga suerte, se animó Lucía. Ya había recaudado una suma nada despreciable, suficiente para calentar el corazón por unas semanas.
¿Me permite cantarle un villancico? preguntó cuando el dueño le abrió.
La reacción del hombre, sin embargo, la desconcertó. Le permitió el paso y se quedó mirándola fijamente. Pasó la vista a la niña, palideció y se tambaleó antes de sentarse.
¿María…? susurró con voz rota.
¿Perdón…? No, yo soy Lucía… tendrá que confundirme con otra.
¿Lucía?… Es que te pareces mucho a mi esposa… acertó a decir él. Y esa niña… También tuve una hija así. Pero fallecieron, en un accidente. Hace pocos días soñé que ambas volvían y ahora, apareces tú. ¿Será posible?
No sé qué decir…
Por favor, pasa, no te quedes ahí. Cuéntame tu historia…
Lucía sintió miedo al principio; el desconocido estaba demasiado emocionado, demasiado extraño. Pero enseguida recordó que no tenía a dónde ir. Entró en un salón amplio y acogedor; en la pared vio una foto de una mujer y una niña pequeñas realmente, había parecido entre ella y la difunta.
Y entonces, Lucía empezó a hablar. Habló de su vida, de sus miedos, de su hija y del rechazo. Por primera vez, alguien la escuchaba de verdad. El hombre la oía en silencio, atento a cada palabra. De vez en cuando, giraba la vista hacia la niñadormía, sonreía levemente, como si al fin hubiera encontrado su hogar. Quizá aquella casa extraña llegaría, pronto, a ser hogar también para ellas.







