Un regalo para mamá: cuando la confianza se pone a prueba entre electrodomésticos, cumpleaños y promesas rotas en una familia española

Sergio, necesito tu ayuda con el regalo para mamá.

María dejó el móvil a un lado y se giró hacia su marido, que estaba tumbado en el sofá con el mando de la tele en la mano. Sergio cambiaba de canal sin despegar la mirada de la pantalla.

¿Qué regalo quieres ahora?
Una cocina nueva. Buena, de calidad. Su cumpleaños es dentro de dos semanas, ¿no lo recuerdas?

Sergio por fin se dignó a mirar a su esposa. En sus ojos se intuía cierta molestia, que enseguida escondió bajo una sonrisa de compromiso.

¿Y qué pasa con la vieja? Parece que aún aguanta, ¿no?

María se sentó en el reposabrazos del sofá, alisando sin pensar una arruga de su bata.

Lo viste la última vez. El horno apenas calienta, dos fuegos no funcionan. Mi madre siempre se queja de que sus bizcochos ya no salen como antes. Es importante para ella, tú lo sabes.

…Pilar González adoraba preparar masas. Su cocina siempre olía a vainilla y canela, en la ventana reposaban bollitos recién hechos, y los vecinos se pasaban a tomar café, sabiendo que nunca se marcharían sin probar algo casero. Aquella cocina antigua, comprada en tiempos de Franco, apenas aguantaba el tirón estos últimos meses.

Vale Sergio se estiró y se enderezó. ¿Qué tengo que hacer?
Elige tú el modelo. Entiendes más de esto que yo. Pásate por la tienda, mírala, organiza el envío. Con el trabajo ni me da la vida ahora.

María sacó la tarjeta de su bolso y se la tendió. El plástico azul oscuro brillaba bajo la luz del flexo.

Es mi extra, más de seiscientos euros. ¿Dará para una buena cocina?

Sergio cogió la tarjeta, la giró entre sus dedos. Su boca se torció apenas.

De sobra. No te preocupes, lo hago yo.

María asintió. Tras cinco años de casados, confiaba en su marido para las gestiones domésticas: Sergio sabía negociar, encontrar descuentos, conseguir algún regalo adicional. En eso era bueno.

Pero no tardes, ¿eh? Que llegue antes del cumple.
Tranquila Sergio guardó la tarjeta en el bolsillo de sus pantalones y volvió al mando.

Una semana después. María regresaba del trabajo en un autobús atestado, cuando decidió comprobar el saldo desde la app del banco. Sus dedos recorrieron la pantalla, abriendo la aplicación.

Cargo: 600 euros…

María sonrió al ver la cifra. Así que Sergio no la había fallado. Seiscientos euros, una cantidad importante. Seguro que eligió algo estupendo, quizá con grill y temporizador, y la puerta extraíble que su madre quería desde hace tiempo. Pilar González por fin podrá hacer su famoso milhojas sin temer que el horno se le quede frío a mitad de proceso.

María imaginó la cara de su madre con el regalo. Los ojillos se le juntarían de alegría, los labios vibrarían, y Pilar diría lo suyo: Pero, hijos, ¿por qué habéis gastado tanto? Y ya estaría pensando qué pastel preparar primero.

Buena electrónica: una inversión para años. María recordaba cómo la abuela hablaba de su Fagor, que funcionó treinta años sin una avería. Los modelos nuevos serán distintos, sí, pero si no se escatima en calidad, aguantarán igual…

…El cumpleaños cayó sábado. María llevaba toda la mañana preparando ramos y envolviendo los pequeños detalles que había comprado además del regalo principal. Sergio vagaba por la casa, mirando el reloj a cada rato.

No olvides el sobre recordó María, abrochándose los botines. Los papeles de la cocina están ahí, ¿no?
Todo en orden Sergio se tocó el bolsillo interior de la chaqueta.

Llegaron a casa de Pilar González al mediodía. En el piso olía a nuevo bizcocho incluso con su vieja cocina, y los familiares se apretaban en el recibidor, brindando, riendo en la sala de estar.

María abrazó con fuerza a su madre.

Feliz cumpleaños, mamá. Es para ti.

Le entregó el sobre color crema que había recogido a Sergio de camino. Ni miró dentro; ¿para qué? Todo estaba en manos de su marido.

Pilar González se iluminó.

¡Ay, hijos, pero bueno! Abrió el sobre con cuidado, los ojos brillaban.

María veía a su madre con una sonrisa cálida. Un segundo, dos. De pronto, Pilar se quedó paralizada. La sonrisa desapareció, asomó la confusión.

¿Esto… qué es?

María frunció el ceño, se inclinó. Miró por encima del hombro de su madre.
Un bono para una perfumería. Ciento treinta euros.
Ciento. Treinta.

Sergio María se giró hacia su marido, que reculaba hacia la puerta. ¿Esto qué es?
Venga, tampoco te pongas así Sergio sonrió tenso, evitando sus ojos. Es un bono genial, tienen cositas muy buenas…
¿Y la cocina?

No contestó. Salió rápido hacia el balcón y cerró la puerta.

María fue tras él. Empujó la puerta con fuerza y el cristal tembló.

Explícate. Ahora mismo.

Sergio se pegó a la barandilla.

Mira, es que Elena está a tope en el trabajo, necesitaba desconectar… No pude…
¿Qué desconectar? ¿Qué Elena? María se acercó con ojos encendidos. ¡Te di el dinero para la cocina de mi madre!
Salió una oferta irresistible, ¿lo entiendes? Quinientos setenta euros: todo incluido, Antalya… Se perdía si no…

María le quitó el móvil del bolsillo antes de que él reaccionara. Abrió la app de mensajes: chats con la agencia de viajes, fechas, cantidades, notas entusiasmadas de Elena, corazones incluidos.

“¡Hermanito, eres el mejor! ¡Mil gracias! El viernes vuelo.”

María clavó la mirada en su esposo. Sergio encogido, casi deseando fundirse con el suelo.

Marcó la agencia, con las manos heladas.

Buenos días, agencia Nautalia, habla Mónica, ¿en qué puedo ayudar?
Hola. Reserva a nombre de Elena López, Turquía, salida viernes. Deseo anularla.
¿Perdone, usted…?
Soy la titular de la tarjeta con la que se pagó. Lo hicieron sin mi permiso.

Sergio avanzó, pero María lo detuvo con la mano.

Un momento la operadora sonó seria. Sí, aquí está la reserva. Debe acudir a nuestra oficina y lo resolvemos. El abono se hará en diez días laborables.

Gracias, iré mañana.

Colgó y lanzó el móvil a Sergio.

María, basta ya… No sé por qué te pones así, vamos a hablar…

Pero ella ya salía. Atravesó el salón, entre un silencio incómodo de familiares fingiendo interés por los entrantes. Se acercó a su madre, que apretaba con fuerza el maldito bono.

Ven, mamá. Vamos a por tu regalo de verdad.

Pilar no protestó. Cogió su abrigo y el bolso, siguiendo a su hija, olvidando los invitados.

En la tienda de electrodomésticos olía a plástico y a tecnología nueva. El dependiente un muchacho de veintitantos, con placa de nombre David explicaba pacientemente las diferencias.

Esta es la mejor David señaló una blanca elegante, ideal para repostería. Calor uniforme, temporizador, grill, convección.

Pilar pasó la mano por la superficie brillante.

Es preciosa susurró.
La llevamos asintió María. ¿Puede entregarse mañana?
El turno de mañana está libre, de nueve a doce.

En quince minutos estaba todo resuelto. Pilar guardó silencio durante el camino a casa; al cruzar el portal, le tocó el brazo a su hija.

María, gracias, cariño. Pero me preocupas.
No hace falta, mamá.
¿Y Sergio…? ¿Vais…?

María abrazó a su madre.

Lo arreglaré. Hoy no pienses en eso. Feliz cumpleaños.

Regresó de noche. Sergio esperaba sentado en el sofá, la tele apagada.

Tenemos que hablar empezó él, levantándose.

María pasó de largo. Abrió el armario, sacó sus camisas y las fue ordenando en una maleta.

¿Qué haces? Sergio se sobresaltó. ¡María, basta! Solo quería ayudar a mi hermana, de verdad, es su única oportunidad para desconectar.

Vaqueros, camisetas, calcetines. María vaciaba impasible el armario.

Estás destruyendo la familia por una cocina. Y sólo tú tendrás la culpa.

Ella se detuvo. Giró despacio.

Te confié el dinero que gané. Te pedí comprar el regalo de mi madre. ¡Y lo gastaste todo en tu hermana!
Gastarlo… tampoco es para tanto…
¡Ni preguntaste! Decidiste por mí. Encima, me mentiste.

Sergio intentó abrazarla. María retrocedió, suéter en mano formando un muro.

¡No me toques!
Elena de verdad lo estaba pasando mal, entiéndelo…
Coge tus cosas y vete.

…Un mes después, María estaba sentada en la cocina de Pilar González. La nueva cocina blanca brillaba, el horno funcionaba a todo dar y la casa se llenaba de olor a bizcocho de vainilla.

¡Imagínate! Estoy apuntada a un curso de repostería. ¡La vecina Lola me recomendó uno con chef francés!

María probó un trozo de pastel. La crema se deshacía en la boca.

Está riquísimo, mamá. Delicioso.

…El divorcio fue rápido, sin complicaciones. Sergio nunca entendió por qué su esposa no perdonó una pequeña travesura. Elena se fue de viaje con sus propios ahorros… o quizá no, a María ya no le importaba.

Ella miraba a su madre moverse feliz entre bandejas y hornos nuevos. Afuera caía la tarde. Por delante esperaba una nueva vida: sin mentiras, sin traiciones, sin quien convirtiera en moneda el dinero ajeno y la confianza.

María sonrió y se sirvió otro trozo de pastel. ¿Por qué no?

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MagistrUm
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