Tu mujer está desmandada últimamente. Explícale cómo debe comportarse sermoneó la suegra de Javier.
¡Leonor, cariño, que mañana tengo inauguración de piso! He invitado a media ciudad, y tú sabes, la casa nueva está más vacía que la nevera a fin de mes. ¿Podrás echarme una mano?
Por supuesto, Doña Ninfa contestó Leonor, aunque ya había planeado el fin de semana en otra dirección.
Y ahí empezó el festival. Canapés para treinta invitados. Ensaladilla rusa (¡olvídate del César, aquí manda la rusa!). Tabla de ibéricos y quesos. Centro de frutas. Decoración del salón. Acomodar muebles.
Imagina la escena: viernes por la noche, en vez de cena romántica con Javier, toca excursión exprés a Mercadona. Sábado, antes de que los gallos canten, Leonor ya batiendo mahonesa en una casa ajena.
Javier, al menos ven a ayudarme con las sillas pedía Leonor, exhausta.
Si tú tienes más mano que yo para esto contestaba él, de lo más tranquilo, mientras daba likes a memes en el móvil.
A las tres de la tarde, el piso de Ninfa parecía el Palacio Real. El salón, convertido en paraíso gastronómico; todo decorado con flores, velas Leonor miraba su obra y sentía que había corrido una maratón.
Los primeros invitados llegaron puntuales como el AVE. Compañeras de Ninfa, vecinos del antiguo bloque, amigas del café. Todos abrazando a la anfitriona, halagando piso, entregando regalos (y alguna planta de plástico).
Leonor se hallaba en la cocina, rebanando limones para el gin-tonic.
¿Y la nuera de Ninfa dónde está? preguntó uno.
Ahí, en la cocina, apañándose respondió Ninfa secamente, gesticulando sin asomo de gratitud. ¡Leonor! ¡Sal a saludar!
Leonor salió, sonrió, saludó como si jugara en el Real Madrid.
¡Menuda nuera tienes, Ninfa! exclamó una señora de mono elegante. ¡Se nota que tiene buenas manos!
Sí, la eduqué yo se pavoneó Ninfa, disfrutando del aplauso. Ahora sí tengo ayuda de verdad.
Y aquí viene lo jugoso: ni una silla libre para Leonor.
Ay, hija, ni falta que te hace sentarte se disculpó Ninfa. Mejor vigila los aperitivos.
Leonor asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Ahí estaba, en la esquina, de camarera involuntaria. Repartía canapés, rellenaba copas de cava, y recogía servilletas como si fuese jornada doble de un restaurante cualquiera. Mientras tanto, los demás se desgañitaban de risas y brindis.
¿Te acuerdas, Ninfa, cuando trabajábamos juntas? arrancó una.
Leonor escuchaba historias ajenas, sabiendo que su papel en la vida de esa familia era tan decorativo como el centro de mesa.
Leonor, refresca la fruta ordenó Ninfa en voz alta.
Leonor volvió a la cocina, lavó uvas y compuso un bodegón de nivel museo.
¡Qué artista! festejaban los invitados. Doña Ninfa, tiene usted una joya en casa.
Javier fue muy listo eligiendo esposa tan apañada añadía la del mono. Seguro que nunca le falta la comida ni el orden.
Todos reían. Javier, orgulloso, sonreía con cara de mirad qué suerte tengo.
¿Suerte de tener criada gratis?
Pero eso no era lo peor.
El ambiente se fue calentando, voces más fuertes, bromas algo picantes.
Ninfa, cuéntanos cómo Javier volvía locas a todas en la universidad soltó una amiga con nostalgia.
¡Bueno! respondió Ninfa con coquetería. Toda la facultad babeaba por él. Veinte años, y ya parecía modelo de pasarela.
Risas generales. Javier se ruborizó, pero sólo por aparentar; estaba acostumbrado al show materno.
Leonor, mientras tanto, puliendo copas como si intentara entrar en el Guinness.
Las chicas hacían cola por él insistió Ninfa. El decano de broma decía: Javier será un Don Juan. Y razón tenía. ¡Hasta que llegó Leonor!
Mamá intentó balbucear Javier.
¿Y? Leonor sabe que no fue la primera. Ninfa se encogió de hombros, filosófica. Los hombres deben conocer mundo antes de casarse.
La del mono asentía satisfecha:
Muy cierto, Ninfa. Así las mujeres se benefician de la experiencia del marido.
¡Exacto! remató la vecina. Leonor no es celosa, eso es lo importante.
Miradas a Leonor. Buscaban confirmación como quien pide la cuenta en el bar.
Leonor asintió. No tenía alternativa mejor.
Leonor, ¿cómo os conocisteis tú y Javier? preguntó la vecina curiosa.
Leonor abrió la boca, pero Ninfa se adelantó:
¡En el banco! Javier ya era director de cuentas, y ella, asesora. Desde el inicio se notó que era formal y responsable.
Responsable. Como si le recomendaran para una beca.
Le dije a Javier: fíjate en esa chica, no es ligera como las de ahora, es buena para formar familia.
Imagina conversar sobre ti como si fueras coche de segunda mano: ideal para uso doméstico.
¡Y acertaste! exclamó la del mono. Mirad qué manitas tiene, ha montado toda la inauguración.
Ya lo creo sentenció Ninfa, sacando pecho. Supe desde el principio que podía confiarle la casa. No como esas egocéntricas adolescentes que sólo piensan en sí mismas.
Y lo peor: Javier callado, sin defenderla, como si observara la subasta de caballos.
¿Para cuándo los niños? saltó el inevitable.
Ninfa suspiró teatralmente:
¡Ojalá! Pero estos jóvenes, todo lo aplazan: trabajo, viajes Y el tiempo vuela.
Leonor sintió calor en las mejillas. Llevaban casi dos años intentándolo, visitando médicos, tomando vitaminas. Cada mes pesaba más que el anterior.
Eso es asunto suyo matizó la vecina, diplomática.
Claro concedió Ninfa. Pero yo les insinuo, ¡ya va tocando! Que una quiere ser abuela antes de jubilarse.
Leonor apretó los labios. ¿Insinuaciones? Preguntaba cada semana: ¿Hay noticias buenas? Y Leonor, roja, siempre le daba largas.
¿Y si no están listos? arriesgó una invitada.
¡Qué bobadas! cortó Ninfa. A los veintiséis ya estábamos criando, y no pasaba nada. Ahora todo es no estamos preparados. Como si el instinto tuviera agenda.
Leonor se fue al ventanal.
¡Leonor! gritó Ninfa. No te pongas triste, ven aquí, que hablamos de lo serio.
Leonor volvió, se plantó junto a Javier.
Mirad qué sumisa es la mujer de Javier siguió Ninfa. Lo que se le dice, lo hace. No como esas modernas que sólo protestan.
¿Y las mujeres? ¿Para qué están? filosofó la del mono. Lo importante es que el marido sea feliz, y la familia funcione.
Justo secundó la vecina. La dicha de la mujer está en el hogar y los hijos.
Leonor sentía un nudo en el pecho, cada vez más apretado. Hablaban de ella sin hablarle a ella.
Ninfa, ¿recuerdas la primera novia de Javier? ¿Era Almudena?
¡Ay, no me la nombres! rió Ninfa. Sí, era mona, pero tan contestona Menos mal que se acabó.
¿Por qué? preguntó la concurrencia.
Ninfa sonrió maliciosa:
Porque tenía mucho genio. Siempre su opinión por delante. Para Javier, era una penitencia. Le advertí: Hijo, medítalo bien, ¿te ves aguantando toda la vida?
Javier se removió en la silla, pero se mantuvo en silencio.
¡Y muy bien! aplaudió la del mono. Las madres ven siempre lo mejor para sus hijos.
Leonor, ¿puedes traer más hielo? pidió Ninfa.
Leonor fue a la cocina, sacó el hielo y se quedó mirando los cubitos.
Y entonces, lo comprendió: no era invitada, era personal de servicio.
Leonor, con el cubo de hielo en mano, se asomó al balcón. Afuera, la noche caía sobre Madrid, las luces encendidas en otras casas; gente ajena, viviendo de verdad.
En el salón, el bullicio seguía. Karaoke, voces desafinadas, risas.
¡Leonor! gritó Ninfa. ¿Ese hielo? Y pon café, no seas tímida.
Como robot, activó la cafetera y volvió al salón con el cubo.
¡Aquí llega nuestra curranta! celebró la del mono. ¡Leonor, qué seria! ¡Únete a la fiesta!
Está cansada desestimó Ninfa. Lleva todo el día en pie. Pero ya se sabe, mujer debe saber de todo. Es la cruz que nos toca: cuidar del clan.
¡Claro! terció la vecina. El marido, que trabaje.
¿Y yo no trabajo? musitó Leonor.
Las miradas se dirigieron a ella. El silencio cayó como jarra de agua fría.
¿Cómo dices? preguntó Ninfa, algo confundida.
Que si yo no trabajo repitió Leonor, ahora en voz alta.
Javier frunció el ceño:
Leonor, ¿qué tontería dices ahora?
Porque tía Puri dijo que el hombre trabaja y descansa. ¿Y yo? ¿No trabajo?
Los invitados cruzaron miradas. Nadie esperaba tal giro.
Bueno, claro que trabajas intentó apaciguar la del mono. Pero es distinto.
¿Distinto por qué?
Bueno dudó. Eres asesora. Javier, gestor. Él tiene más carga.
Así que mi trabajo vale menos. Y en casa, todos los deberes son míos. Trabajo dentro y fuera, pero Javier sólo en la oficina. Y mientras, aquí quien descansa es él.
Incómodas miradas. Silencio espeso.
Leonor, ¿a qué viene esto? protestó Javier, molesto.
A que llevo dos días organizando este sarao: comprando, cocinando, decorando. Hoy levantada al alba, sin parar. ¿Y sabéis qué? Ni silla tengo.
No fue a propósito intentó escudarse Ninfa. Error de cálculo.
Cálculo asintió Leonor. Pero no pensasteis en mí. Porque soy la criada.
¡Leonor! le cortó Javier. Basta ya.
¿Basta qué? ¿Decir la verdad?
Leonor, cálmate, hija. Es cansancio.
¡Ya está bien! saltó Ninfa. ¿Te parece normal montar un numerito delante de todos?
¿Y contar mi vida privada sí es normal? ¿Decir que no tengo hijos, sí? ¿Rememorar las ex-novias de Javier, sí?
Ninfa palideció.
No era mi intención
Habláis de Almudena, como si fuera problema tener carácter. Todos contentos porque Javier tiene esposa cómoda. ¿Sabéis qué? Almudena tenía razón: nadie debería dejarse convertir en pinche gratis.
¿Pero qué dices? Javier se levantó. ¿Qué ayudante?
¿Sabéis qué soñaba hoy? prosiguió Leonor. Quería oír: Os presento a mi esposa. Trabaja en un banco. Es lista y brillante. Pero lo único que he escuchado es qué apañada, qué tranquila, ideal para el hogar.
Leonor, venga
¿Venga qué? le cortó ella. Cuando tu madre presume de tener nuera sumisa, tú callas. Cuando discuten mis derechos, callas. Cuando todos analizan mi vida, tú callas.
La voz de Leonor tembló. Las lágrimas, finalmente, aparecieron.
¿Sabéis qué? Ya no quiero ser cómoda.
Se secó el rostro.
Perdonad por arruinar la fiesta. Pero no puedo seguir interpretando el papel de nuera perfecta.
Se dirigió a la puerta.
¡Leonor, espera! llamó Javier. ¿Dónde vas?
Al balcón. A respirar. Seguid la fiesta. Pero sin vuestra asistenta.
La puerta se cerró. Del otro lado, el murmullo, la música. Sobre el cielo de Madrid, Leonor por fin podía ser ella misma.
Incluso llorar.
Leonor permaneció en el balcón más de una hora. Primero, llanto de rabia, vergüenza y alivio. Luego, quietud: observando los tejados iluminados.
En el interior, las voces bajaron, los invitados se dispersaron. Sólo quedaban Javier y Ninfa.
No entiendo lo que le ha dado bufaba Ninfa. ¡Montar tal escena!
Mamá, quizá no está del todo equivocada susurró Javier.
¿Equivocada en qué? ¿Por faltar el respeto? ¿Por arruinar el evento?
Leonor escuchaba, entre risas amargas.
Todo el día trabajando, ella también.
¿Y qué? Yo trabajé también, y nunca me quejé. Familia es sacrificio. La mujer debe saber estar.
Una sonrisa irónica cruzó el rostro de Leonor. Ni un ápice de comprensión de su suegra.
Bueno, pero
¡”Pero” nada! Necesita que le aclares cómo comportarse. Se le ha subido demasiado.
Leonor abrió la puerta y entró. Javier y Ninfa, rodeados de platos sucios.
Una conversación seria, buena idea dijo Leonor.
Se sobresaltaron.
Leonor, hija, no fue con mala intención intentó suavizar Ninfa.
Lo sé contestó Leonor, serena. No están acostumbrados a que hable.
Mejor en casa, cariño pidió Javier.
No. Lo que comenzó aquí, termina aquí.
Leonor se sentó en la butaca que antes ocupaban los invitados.
Javier, mañana me voy unos días con mis padres. Semana sabática. Hay cosas que pensar.
¿Qué hay que pensar? preguntó Javier, nervioso.
Si quiero seguir en una familia donde no se me valora.
Leonor, no seas dramática.
No lo soy replicó ella. Es una decisión: o cambian las cosas, o cambio yo de ruta.
Ninfa bufó:
¡Jóvenes! Siempre con ultimátums
Javier, si aprecias nuestro matrimonio, reflexiona. No sobre cómo ponerme en mi sitio, sino sobre por qué tu mujer ha llorado en el balcón mientras tu madre recibía felicitaciones.
Una semana después, Javier apareció en casa de los padres de Leonor, la pulsera dándole vueltas en la mano.
Vuelve, Leonor. Te prometo que todo cambiará.
Leonor le miró con calma.
De acuerdo. Lo intentaremos.
Desde entonces, Leonor no volvió a llorar en ninguna celebración familiar.
Había aprendido a exigir respeto.







