Mira, te cuento una historia que parece sacada de cualquier casa en Madrid, te lo juro. Estaba Martina fregando los platos en la cocina cuando entró Nacho. Justo antes había apagado la luz.
Todavía hay bastante claridad, no hace falta malgastar la luz refunfuñó Nacho, ahí con ese tono suyo.
Iba a poner una lavadora dijo Martina, conteniéndose.
Pues la pones esta noche, cuando el kilovatio baja respondió él seco como la mojama . Y tampoco abras el grifo a tope, que derrochas agua, Martina, mucha. Así los euros se nos van por el desagüe y luego qué.
Y ahí va Nacho y reduce el chorro del grifo. Martina lo mira con una resignación que vamos, se le nota que tiene las palabras atragantadas. Apaga el grifo, se seca las manos y se sienta a la mesa.
Oye, Nacho, ¿alguna vez te has mirado desde fuera? pregunta ella muy tranquila.
Si me pasara el día mirándome desde fuera, vaya plan contesta él, con ese deje enfadado.
Pues dime, ¿qué ves? insiste Martina.
¿Como persona o cómo?
Como marido y padre.
Yo qué sé, uno del montón, ni fu ni fa. Como cualquiera. ¿Qué te pasa hoy? saltó él.
¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú? sigue Martina.
Ay, que ya estamos otra vez… ¿Pero qué buscas? ¿Montar una bronca?
Martina sabía que o lo decía ya o se ahogaba, y siguió. Que ya no había marcha atrás.
Mira, Nacho, ¿sabes por qué no te has ido de casa todavía?
¿Y por qué tendría que irme? responde, casi riéndose.
Pues para no tener que quererme, ni a mí ni a los críos, porque para ti eso es como perder mucho dinero.
El tío se pone de culo, pero Martina sigue sin dejarle ni réplica.
No digas que no. Si es que no quieres a nadie, Nacho. Y no lo discutamos, porque no hay nada que discutir. Lo que realmente quiero decirte es que sigues conmigo y los niños solo por no separar tu cuenta de ahorro en dos. Llevamos, ¿qué? ¿Quince años juntos? ¿Y para qué todo este tiempo? Si no fuera porque nos casamos y tuvimos hijos, ¿de qué podríamos presumir? ¿Qué logros hay?
Nos queda toda la vida por delante suelta Nacho.
Toda no, Nacho. La que queda, porque ya llevamos mucho a la espalda. Nunca hemos veraneado en la playa, ni un solo viaje juntos en España, ni mucho menos fuera. Siempre aquí, en Madrid, un agosto tras otro. Ni setas buscamos fuera, ni nada. ¿Sabes por qué? Porque todo te parece un gasto.
Porque estamos ahorrando dice él como si fuese lo obvio.
¿Ahorrando quién, tú? se sorprende Martina.
Lo hago por vosotros… Nacho lo intenta, pero se nota que ni él se lo cree.
¿Por nosotros? ¿De veras? ¿Me das cada mes mi parte o la de los niños? ¿O todo lo metes en tu cuenta y nosotros seguimos con la ropa de hace mil años, la que me dejó la mujer de tu hermano, y los críos igual? Es que no hemos comprado ropa nueva ni una sola vez, ni tú me has dejado buscar un piso para vivir por nuestra cuenta. Todo porque te duele gastar, Nacho.
Mi madre nos ha dado dos habitaciones, podrías agradecérselo. Y lo de la ropa de los niños es tontería, si los primos crecen rápido, ¿para qué comprar más?
¿Y yo? ¿A quién le cojo ropa? ¿A la cuñada? dice Martina, medio riendo, medio llorando.
Pero si tú ya no tienes que pensar en eso, Martina. No estás para modelitos, tienes 35 años, dos hijos. Lo tuyo ya es pensar en cosas importantes.
¿En qué, Nacho?
En el sentido de la vida, en el crecimiento personal. Hay cosas más importantes que estar pensando en vestidos y pisos nuevos.
Claro. Por eso todo queda en tu cuenta y a nosotros ni un duro. Para nuestra felicidad futura. ¿No?
Porque si os lo dejo, os lo pulís en dos días y si pasa algo, ¿de qué vivimos? le corta él, medio gritando.
¿Y cuándo vamos a empezar a vivir? Porque así, parece que ya hemos llegado a ese “por si pasa algo”, Nacho.
Nacho calla, pero se nota que está rabioso.
Es que ahorras hasta en el gel de ducha, en el papel higiénico, en las servilletas. Te llevas jabón del curro, ese que reparten por litros.
Un euro ahorrado es un euro que no gastas. Todo suma dice él, seco.
Pues dime cuánto más, Nacho. ¿Diez años más así, o veinte? ¿Cuándo se supone que es aceptable gastar algo en vivir mejor? Porque ya tengo 35 y todavía no toca, ¿no?
Nacho no responde.
A ver si adivino… ¿Cuarenta años? ¿Cincuenta? Igual ahí sí, ¿no? ¿O hay que esperar a los sesenta para estrenar ropa y comprar papel de doble capa?
Nada, que sigue sin soltar prenda.
Y si no llegamos, Nacho. ¿No te lo has planteado? Entre tanta comida barata y el mal humor que tenemos, vete tú a saber. Porque, vamos a ver, el ambiente en esta casa es asfixiante, y ya no aguanto más.
Si nos vamos de la casa de mi madre y gastamos más en comer, no se puede ahorrar responde Nacho, como si la opción no existiese.
Exactamente por eso te dejo, Nacho. Porque estoy harta de ahorrar para nada. No quiero seguir así. A ti te encanta, pero yo ya no.
¿Y cómo piensas mantenerte? se le escapa el susto a Nacho.
Pues como pueda, que no creo que sea peor que esto. Me alquilo un piso con los niños, mi sueldo tampoco es tan malo. Me llega para vivir, vestirnos bien y respirar tranquila. Lo que más quiero es no tener que escuchar nunca más tus explicaciones sobre la luz y el gas y la dichosa economía. Pongo la lavadora cuando me dé la gana, y no me vuelvo loca por si me dejo una luz encendida. Y si quiero, me compro el mejor papel higiénico y servilletas de las que huelen bien. Y en el supermercado, no espero a que rebajen, pillo lo que me apetece.
No podrás ahorrar nada gime Nacho, descompuesto.
¿Ahorrar? Claro que no. Bueno, tus pensiones para los niños las apartaré. O igual tampoco. Mira, la verdad es que no quiero ahorrar. Me lo voy a gastar todo, cada euro. Vivir de nómina a nómina, y los fines de semana los niños te los dejo con tu madre, y yo me iré por ahí: al teatro, a exposiciones, a cenar, y cuando llegue el verano, a la playa. No sé aún a cuál, pero iré. Cuando ya no esté contigo, lo decidiré tranquila.
Nacho se queda pálido, haciéndose cuentas sobre lo que se le quedará tras la separación, y más aún con la idea de Martina yéndose de viaje, gastándose según él su dinero.
Y otra cosa añade Martina mientras recoge fuerzas , ese dinero que tienes en la cuenta común, lo dividimos.
¿Cómo es eso? suelta Nacho.
A partes iguales, como es justo. Lo que haya, me lo gasto también. No pienso seguir ahorrando para una vida que nunca llega. Quiero gastarlo ahora, en mi vida.
A Nacho le tiembla la boca, se ha quedado mudo del susto, vamos, que ni le salen las palabras. El miedo que tiene no es porque nos vayamos los niños y yo, sino por lo suyo, lo que él va a perder.
Y te digo más, Nacho remata Martina con voz firme , quiero llegar al final de mi vida sin un euro en la cuenta. Así sabré que lo gasté todo en mí. Ni un solo euro sin gastar.
Pues eso, que a los dos meses, Nacho y Martina firmaron el divorcio y cada uno tiró por su lado.







