Un día solo para mí: Disfruta de tu tiempo personal al máximo

**Un día para mí**

**Parte 1: El regreso**

La tarde se desvanecía sobre el barrio, tiñendo el cielo de un suave tono dorado. Para Sergio, sin embargo, la rutina era la misma de siempre. Tras una larga jornada en la oficina, donde los informes se acumulaban y las reuniones no cesaban, solo ansiaba llegar a casa, cenar y quizá distraerse un rato antes de dormir. No era un hombre infeliz, pero sí alguien acostumbrado a la monotonía, a esos días que pasaban como cuentas de un rosario interminable.

Aparcó el coche frente a su vivienda y, al salir, notó algo extraño. La puerta del coche de su esposa, Marta, estaba entreabierta. Sergio arrugó el ceño. Marta era meticulosa, cuidadosa con sus cosas, especialmente con el coche, al que trataba casi como un tesoro. Aún más sorprendente fue encontrar la puerta principal de la casa semiabierta, dejando escapar el bullicio de los niños.

Avanzó unos pasos y se detuvo en seco. El jardín, siempre impecable gracias a Marta y los pequeños los fines de semana, era ahora un campo de batalla. Sus tres hijos, Pablo, de ocho años; Elena, de seis; y el pequeño Adrián, de cuatro, jugaban entre charcos de barro, cubiertos de tierra y aún en pijama. Envases de comida vacíos y envoltorios se esparcían por el césped como si hubiera pasado un huracán en miniatura. Sergio sintió una mezcla de preocupación e incredulidad.

¡Papá! gritó Pablo al verlo. ¡Mira lo que hemos hecho!

Elena levantó orgullosa un montón de barro que, según ella, era un castillo inexpugnable. Adrián, entre risas, saltaba en un charco.

Sergio buscó con la mirada al perro, Trufo, pero no había rastro de él. Ni un solo ladrido. Su inquietud creció. ¿Dónde estaba Marta? ¿Por qué todo era un desastre?

¿Dónde está mamá? preguntó, intentando no alterarse.

Dentro contestó Elena, sin apartar los ojos de su obra.

Sergio entró en la casa, esquivando juguetes y restos de comida. El caos era aún mayor. Una lámpara yacía en el suelo, la alfombra estaba arrugada y en el salón, la televisión gritaba con dibujos animados. La sala era un mar de ropa y juguetes desperdigados.

El olor a comida mezclado con tierra y detergente flotaba en el aire. Sergio se dirigió a la cocina, donde los platos sucios se amontonaban en el fregadero, restos de desayuno cubrían la encimera y la nevera estaba abierta. En el suelo, la comida de Trufo estaba esparcida y un vaso roto brillaba bajo la mesa.

El corazón de Sergio latía con fuerza. Algo no iba bien. Subió las escaleras, apartando juguetes y ropa que obstruían el paso. En el pasillo, vio agua corriendo bajo la puerta del baño. Al abrirla, encontró toallas empapadas, espuma y juguetes flotando, con rollos de papel higiénico desenrollados como serpentinas.

Sin pensarlo, corrió al dormitorio. Empujó la puerta y allí estaba Marta. Acostada en la cama, en pijama, con el pelo recogido en un moño desordenado, leía un libro con una calma inquebrantable.

Al notar su presencia, Marta levantó la vista, sonrió y preguntó con serenidad:

¿Qué tal tu día?

Sergio la miró, furioso, sin entender.

¿Qué ha pasado hoy aquí? preguntó, conteniendo la ira.

Marta volvió a sonreír, tranquila.

¿Recuerdas cuando llegas del trabajo y me preguntas “¿Qué haces todo el día?”?

Sí respondió Sergio, confundido.

Pues hoy no lo hice dijo Marta, cerrando el libro. Hoy me tomé el día para mí.

**Parte 2: El silencio y la verdad**

Por un momento, el silencio llenó la habitación. Sergio se quedó inmóvil, sin saber si reír, gritar o dejarse caer. Miró a Marta, cuya expresión seguía serena, y repasó mentalmente el caos que había visto. Por primera vez en años, no supo qué decir.

¿Te tomaste el día para ti? repitió, como si las palabras no encajaran.

Marta asintió, dejando el libro a un lado. Su pijama, de algodón azul, tenía manchas de café, y sus pies descalzos asomaban bajo la manta.

Sí. Hoy decidí no hacer nada de lo que hago cada día. No limpié, no cociné, no organicé, no peleé con los niños para que se vistieran, no lavé platos, no perseguí a Trufo, no contesté mensajes del grupo de padres… Hoy solo fui Marta. No madre, no esposa, no ama de casa. Solo yo.

Sergio sintió una mezcla de admiración y desconcierto. Se sentó al borde de la cama, intentando ordenar sus ideas.

Pero empezó, pero las palabras se le atascaron.

Marta lo miró fijamente.

¿Te has preguntado alguna vez cómo sería la casa si yo no hiciera nada en un día?

Sergio bajó la mirada. Recordó todas las veces que había llegado y, sin pensar, había preguntado: “¿Qué has hecho hoy?”, como si el orden y la comida aparecieran por arte de magia.

Supongo que no admitió en voz baja.

Marta sonrió, con un dejo de melancolía.

No te culpo. A veces ni yo misma me doy cuenta de todo lo que hago, hasta que dejo de hacerlo.

En ese momento, un grito de Adrián llegó desde el jardín. Marta suspiró, pero no se movió.

¿Vas a bajar? preguntó Sergio, casi en un susurro.

No. Hoy no. Hoy es mi día respondió Marta, recostándose de nuevo.

Sergio se quedó mirándola. Por primera vez, vio el cansancio en su rostro, las ojeras, las pequeñas arrugas. Vio también la paz de quien, por un instante, ha soltado el peso del mundo.

Se levantó y salió de la habitación. Al bajar, el desorden lo recibió como un golpe. Los niños seguían jugando, la televisión seguía encendida. Pensó en Trufo, en los platos sucios, en el barro. Por primera vez, entendió lo que significaba un día en la vida de Marta.

Se arremangó la camisa y, sin decir nada, empezó a recoger.

**Parte 3: El peso invisible**

Sergio comenzó por la cocina. En la encimera, el desayuno se había convertido en un pegote seco. La nevera seguía abierta, y al intentar cerrarla, encontró un yogur derramado. Respiró hondo y empezó a limpiar con un trapo.

Mientras fregaba los platos, recordó cómo Marta se levantaba antes que él cada mañana. El café recién hecho, los niños despertándose poco a poco. Él siempre se quedaba unos minutos más en la cama, sin pensar en el torbellino que ya empezaba abajo.

Ahora, frente a la pila de platos, sintió el cansancio en los hombros. Adrián entró corriendo, con las manos llenas de barro.

¡Papá! ¡Elena me tiró agua!

Sergio lo miró. Tenía el pelo revuelto y la cara sucia. Por un instante, pensó en regañarlo, pero recordó las palabras de Marta: hoy no había reglas.

Ve a lavarte las manos dijo, resignado.

Adrián obedeció, dejando huellas de barro al pasar.

Sergio siguió limpiando. Cuando terminó en la cocina, fue al salón. Apagó la

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