El secuestro del siglo
¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no me pueden alcanzar! leyó Lucía en voz alta el deseo escrito en el papel, lo prendió con el mechero y dejó caer las cenizas en la copa. Apuró el último sorbo de cava entre las carcajadas de sus amigas.
El árbol de Navidad parpadeó con sus luces, como si pensara en lo que acababa de pasar, y un segundo después resplandeció aún más vivo. La música subió de volumen, las copas tintinearon, las caras giraron y se fundieron en un solo estallido de alegría. Desde las ramas cayó una lluvia de purpurina dorada o al menos así lo recordaría después.
¡Mamáaa mamá, despierta!
Lucía apenas pudo abrir un ojo. Ante ella se alzaba lo que perfectamente podía ser un equipo de fútbol juvenil.
¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños?
Los críos, haciéndose los graciosos, inclinaban la cabeza y se presentaban uno tras otro:
Mamá, haz memoria, Mateo nueve años, Álvaro siete, Diego cinco, Pablo tres
Completa alineación, sin cambios, todos con caritas de pillos y la determinación de un comando. No eran precisamente estos hombres corriendo tras ella con los que había soñado en Nochevieja
¿Y vuestro entrenador? quiero decir, ¿y papá, dónde está? murmuró con voz rota Traedle agua a mamá, por favor
Apenas cerró los ojos un segundo cuando de nuevo, insistentes: ¡Mamá!
De inmediato, le alargaron dos vasos de agua, una mandarina, y una taza de caldo de pepinillos. Sí El mayor ya sabía perfectamente cómo resucitarla tras las fiestas. Estos chicos prometían.
Mamá, levanta, lo prometiste lloriqueaban los pequeños.
Lucía hizo un esfuerzo honesto por recordar cómo había llegado a ese sitio y qué diablos les había prometido.
¿Una peli?
Nooo.
¿Ir al Burguer?
¡No!
¿A la tienda de juguetes?
¡Venga, mamá, no te hagas la loca! ¡Estamos listos y aún no te levantas!
¿Pero adónde vais, me lo decís al menos? se rindió Lucía.
Cariño, venga, despierta escuchó de repente la voz masculina. Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos de un castaño avellana con destellos dorados entró en la habitación. Vaya, pensó Lucía, menudo galán.
Estamos preparados, el coche está listo. Paramos en el supermercado y salimos rumbo a nuestro destino.
Lucía hizo un verdadero esfuerzo por recordar quién era ese hombre y por qué aquellos niños la llamaban mamá. Su cabeza era un completo páramo. Ni una pista.
Mamá, no te olvides de nuestros bañadores. Y coge uno para ti gritó uno desde la habitación contigua.
¿Hay piscina? ¡Qué vida llevo yo, y por qué no me acuerdo de nada?, pensó mientras miraba alrededor.
Abrió los ojos y recorrió lentamente la habitación con la vista. Cada vez le resultaba más evidente: no reconocía nada. Ni los muebles, ni la foto sobre la cómoda, ni las cortinas con aquel dibujo tan extraño en la ventana.
Era todo ajeno. Salvo una isla: una flor de Pascua roja, con hojas aterciopeladas, en una maceta blanca decorada con pequeñas perlas. Ese detalle sí le resultaba familiar.
Lucía cerró los ojos y trató, con cuidado, de tirar del hilo de la memoria. Recordó que la noche anterior se reunió con las chicas en un restaurante para celebrar Nochevieja y jugar al Amigo Invisible. Como en los tiempos de la universidad, aunque ahora lucían bolsos caros, peinados sofisticados y esa escasez de tiempo que sólo la madurez conoce.
Reían, se abrazaban a su rara libertad, aunque fuese por un rato, huyendo del marido, los niños, los deberes, la guardería, las ollas Relucían como colegialas escapadas de la última clase.
Y, salvo Lucía, que estaba serena y radiante como siempre, todas casadas y ocupadas. Ella no tenía que avisar a nadie, ni esperar, ni dar explicaciones.
La última novia decente de Madrid bromeaban sus amigas, brindando y rellenándole la copa de cava.
Regaló a una de ellas un set de cosmética con caviar negro y hilos de oro. Bromearon diciendo que esa crema bien podía untarse en una tostada y servir con el champán en el desayuno. Grabaron la caja desde todos los ángulos, como si se tratara de una pieza de museo.
Lucía recibió como regalo una flor de Pascua, aquella planta en la maceta con perlas, y una botella de cava muy especial, traída por su amiga de un castillo francés, de esos vinos que sólo se abren en ocasiones especiales.
Leyó el papelito, tal vez un brindis, tal vez un deseo, y fundido a negro. No recordaba más. Como quien tropieza en la acera, se cae y despierta con una escayola.
Lucía se miró en el espejo. La misma joven de siempre, incluso tenía el maquillaje de la noche anterior. Pero entonces, ¿de dónde salían esos niños, ese marido? No recordaba ni un parto, ni una noche sin dormir, y mucho menos su boda con el galán. Sabía los nombres de los niños, pero del marido ni idea. Algo no encajaba.
Salió al pasillo. Ahí estaban las maletas: dos enormes, de adulto una negra, otra beige, carísimas y tres mochilas infantiles deportivas.
Así que no iban simplemente de picnic al Retiro. ¿Un viaje?
En ese momento, el supuesto marido apareció. Cogió las maletas con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces y la condujo hacia la puerta con una amabilidad casi de costumbre.
Llegamos tarde dijo sin perder la calma.
Lucía miró su mano. Se quedó helada: no había anillo de boda. Ni en su dedo ni en el de él. Otra rareza más. ¿O?
Uno a uno, los niños subieron a la furgoneta espaciosa. Las mochilas volaron a su sitio, los cinturones se abrocharon como en una coreografía. Él se puso al volante, seguro. Lucía, tras un suspiro, ocupó el asiento delantero.
Le tendió de inmediato un vaso de café. Caliente, con leche, justo el tipo que ella no soporta. Por alguna razón, esto fue lo que más le dolió.
Vamos allá sonrió, guiñando un ojo a los niños. El coche rodaba calle abajo y Lucía sentía una inquietud creciente.
Detrás, los niños cuchicheaban y reían, disputando sobre pequeñeces. Él conducía atento, seguro de sí mismo. A veces la miraba con esa chispa en la mirada, como si compartieran un secreto. Como si supiera algo que ella aún no recordaba.
Lucía observaba la carretera y se sentía como una eriza en la niebla. Todo parecía claro: la familia, el coche, el viaje. Pero nada tenía sentido.
Pronto tomaron la autovía y dejaron atrás la ciudad. Entonces Lucía lo supo, con una certeza profunda: esa no era su familia. ¡Ese hombre era un desconocido y esos niños también!
¡La habían secuestrado!
¡No, la secuestraron ellos a ella!
Pero entonces, ¿cómo sabía los nombres de los niños? Ya no entendía nada, pero el razonamiento era simple: hombre desconocido, posible secuestro, ¡toca actuar!
Lucía se irguió en el asiento, apretó el vaso de café e intentó parecer tranquila, mirando la carretera. Su mente cambió de modo de víctima despistada a superviviente.
Media hora después, la revolución infantil estalló:
¡Papá, quiero hacer pis!
¡Tengo sed!
¿Hay algo para comer?
El coche paró en una estación de servicio. Todos salieron alborotados.
Ahí estaba su oportunidad. Notó el corazón golpearle el pecho como tambores en Semana Santa. Se escabulló fuera del café, se agachó, se deslizó hacia el coche, abrió apresurada la puerta del conductor…
No había llaves en el contacto.
¿Aquí estabas? Te estamos buscando dijo una voz por la ventanilla bajada. Lucía se estremeció.
Bueno, ya estamos todos, continuamos insistió él, con dulzura. Cariño, deja que yo conduzca y tú descansa.
Y volvieron a la carretera.
Poco después, el aeropuerto brilló en el horizonte: acero, cristal, coches entrando y saliendo, multitudes. Dejan el coche en el párking a rebosar y entran todos juntos en la terminal.
Lucía estaba como un resorte. No dejaría que la llevasen quién sabe dónde. No sería la víctima de un secuestro de película. Se defendió hasta el último aliento.
Empezó a rezagarse del grupo. Un paso, otro, y de repente
¡Me están secuestrando! ¡Ayuda, por favor! gritó, lanzándose hacia un guardia de seguridad.
El guardia tardó un segundo en reaccionar. Lucía cayó al suelo, esposada, rodeada de armas cortas, walkies y caras muy serias.
¡Esperen! ¡Déjenme explicar! gritó el hombre al que ya había etiquetado como secuestrador.
¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Una inocentada! ¡No hay armas! ¡No es un secuestro!
Lucía oía su voz como si le llegase desde el otro lado de una piscina Y entonces, como en el cine, los vio. Detrás de un panel publicitario estaban sus amigas, radiantes, entre avergonzadas y felices.
¡Mamá! gritaron los niños corriendo hacia una de las mujeres, plantada entre las amigas. Las demás corrían a explicar, hablando todas a la vez, echándose a reír y pidiendo que soltaran a la secuestradora.
Le quitaron las esposas a Lucía, la ayudaron a incorporarse. El mundo se detuvo. Ahí estaba, en pleno aeropuerto de Madrid-Barajas, con el pelo alborotado y el corazón a mil, y de repente entendió que no la habían raptado.
¿Era todo una broma?
Cuando por fin el temblor bajó y el ruido despareció, Lucía pudo escuchar y comprender.
Fue una broma.
Monumental. Carísima. Organizada entre todas, con la tensión de un thriller.
Las amigas se peleaban por hablar, justificándose, riendo, disculpándose.
Resulta que todas querían presentarle desde hacía tiempo a un buen chico, ese que llevaba años admirándola a distancia pero nunca daba el paso por respeto a su carácter. Porque Lucía era inflexible con estos temas:
Gracias, pero no hace falta. Yo estoy bien sola.
Las amigas lo sabían. No tenían agallas para presentárselo cara a cara. Así que pensaron: ¿por qué no hacer que lo viva todo de golpe?, una inmersión total en la atmósfera familiar. Aquí tienes: un desayuno, café, niños organizados, hombre atento y tranquilo que hace lo que debe y todavía sonríe. Y, por cierto, con ojos irresistibles.
Queríamos que no pensaras. Solo que sintieras el calor confesaron ellas.
Lucía intentaba enfadarse pero no podía. La lógica femenina a veces odia las invasiones, pero venera los finales felices.
Sí, fue atrevido. Sí, casi da un infarto. Pero el experimento fue impecable. A veces, para saber si quieres a alguien, basta una mañana, tres niños y un café del “secuestrador”.
Entonces le vio. El “galán” sonreía con ese aire pícaro que hacía recordar al Gato con Botas. Ojos de avellana bailando con chispitas doradas. Los niños resultaron ser sus sobrinos, encantados con el numerito del tío favorito.
¡Ay, que el avión se va! gritaron las amigas ¡Corred, id a embarcar!
¿Me volverán a secuestrar? pensó Lucía. ¿A dónde pretendían llevarme? ¿A la Costa del Sol? ¿A bucear al Mediterráneo y comer mangos bajo el sol?
Él le tendió la mano.
Empecemos de cero. Soy Nico. ¿Me permites secuestrarte? dijo con una sonrisa dulce.
Lucía volvió la cabeza; vio a sus amigas, expectantes, mirándola en silencio. Luego miró las maletas, y finalmente, esos ojos avellana que le llegaban al alma.
Una idea fugaz le cruzó la mente: ¿y por qué no?
¡Vamos! suspiró sonriente, dándose cuenta de que ese secuestro era la mayor aventura que podía imaginar.
Y añadió en voz baja: Pero solo si los niños se quedan en casa
Todas rieron, él sonrió aún más, y en ese momento el aeropuerto, el bullicio y la multitud se transformaron en el inicio de algo nuevo, cálido y sorprendentemente acogedor.
A veces la vida no nos secuestra.
Solo nos arrastra con la fuerza justa a donde realmente debemos estar.






