Pues mira, te cuento esta historia que me ha llegado al alma. Resulta que Javier quería llevar a su madre a una residencia de mayores. Antes de salir, echó un vistazo a una cajita que había por ahí.
Después de que su marido falleciera, Carmen vendió su casa en el pueblo, invirtió en un piso para su hijo y su familia, y se mudó con ellos. Mientras tuvo fuerzas, se ocupó de la casa y de los nietos. El hijo y su mujer trabajaban, y Carmen llevaba a los niños al cole, a las actividades extraescolares, cocinaba y limpiaba. Las tareas no le pesaban, al contrario, la hacían feliz. Al fin y al cabo, su familia la necesitaba.
Pero pasaron los años. Los nietos crecieron y volaron del nido, y la salud de la abuela empezó a flaquear. Intentaba fregar los platos, pero se le resbalaban de las manos y se le rompían. Se servía un poco de sopa, pero no llegaba a la mesa sin derramarla. Se levantaba por las noches a beber agua, y sus pasos despertaban a su nuera. Nadie quería hablar con ella ¿Quién iba a perder el tiempo charlando con una vieja? La nuera no hacía más que quejarse y la llamaba “una carga”. ¿Qué culpa tenía ella? La vejez no es precisamente un camino de rosas. Carmen no tenía más remedio que aguantar.
Así que su hijo decidió que lo mejor era ingresarla en una residencia.
“Al menos allí tendrá con quien hablar”, se consoló. Pero esa mañana, al subir al coche, Carmen recordó su cajita.
“Hijo, tráeme mi cajita. Se me ha olvidado”, le pidió con voz temblorosa.
“¿Qué cajita?”, preguntó Javier.
“La de mis tesoros”, respondió Carmen, describiéndosela.
Javier fue a buscarla. La anciana la abrazó contra su pecho, sonriendo.
“Mamá, ¿qué guardas ahí dentro?”, preguntó él.
Carmen abrió la caja. Dentro había un mechón de su pelo y un diente de leche. Javier se apartó del coche y se sentó en el bordillo. Se quedó allí un buen rato, recordando su infancia, cómo su madre siempre estuvo ahí, cuidándolo, protegiéndolo. Nunca lo dejó solo.
“Hijo, ¿vamos?”, Carmen bajó del coche y se acercó a él.
“No vamos a ningún sitio, mamá. Tú te quedas en casa”, dijo Javier, con la voz quebrada.







