Me separé de mi marido tras 40 años. Porque al fin me atreví a vivir a mi manera.

Me alejé de Javier después de cuarenta años de matrimonio. Al fin me atreví a vivir a mi manera.

Todos se llevaban la mano a la frente. La familia, los vecinos, incluso la dependienta del puesto de frutas y verduras me miraba como a una loca. «Qué buen marido», «Tenéis casa, nietos, tranquilidad», «¿De repente te has vuelto loca?», «¿Divorcio a la vejez?».

Sí, a la vejez. A los sesenta y dos años. Empaqué una maleta, dejé las llaves sobre la mesa y salí. Sin discusiones, sin lágrimas, sin escena. Porque todo lo que había que sufrir y llorar lo había vivido en los últimos veinte años, en silencio, dentro de mí.

No me engañaba. No bebía. No golpeaba. Era simplemente una pared. Fría, muda, indiferente. Éramos como dos muebles en el mismo salón, uno al lado del otro, sin contacto. Él veía la tele, yo regaba las plantas. Compartíamos la cama, pero desde hacía tiempo dormíamos separados. Durante años me repetía: «Así es el matrimonio», «Todos viven así», «No se puede tener todo».

Hasta que, un día, desperté y pensé: ¿Y si se puede?

Esa mañana preparé un café, me miré al espejo y no reconocí a la mujer que allí aparecía. Gris, cansada, invisible. Pero en algún rincón de mi interior seguía la muchacha que soñaba con viajes, con pintar, con reír hasta el amanecer. Sentí entonces que ya no quería esperar. Que si ahora no lo intentaba, nunca lo haría.

Así que lo intenté. Abrí la puerta y abandoné una vida que ya no era mía.

Los primeros días fueron extrañamente silenciosos. No como la opresión del viejo hogar, sino como una ligera brisa. Alquilé un piso chico en los suburbios de Madrid: un estudio, tres ventanas, un sofá gastado. Todo era mío, aunque aún nada lo era realmente. No tenía plan, no sabía qué vendría después. Pero, por primera vez en años, sentí espacio. En la cabeza, en el cuerpo, en el corazón.

Al principio me despertaba con culpa, como si hubiera hecho algo terrible. Había dejado la casa, al marido, los domingos familiares. ¿Se puede abandonar algo que ya no existía? Yo ya no me sentía esposa, sino sombra al lado de un hombre que ya no comprendía y que no se esforzaba por comprenderme.

Hablábamos de ello una y otra vez, aunque en realidad solo yo hablaba. Decía que me dolía, que necesitaba cariño, que quería algo más que sopas y series. Él asentía, entrecerraba los ojos, encendía la tele. Con el tiempo, yo también dejé de hablar. ¿Cuántas veces se puede pedir que te miren como a una persona y no como a un mueble?

Mis hijos reaccionaron de manera distinta. Luis guardó silencio. Celia lloró. «¿Por qué no esperaste a que los nietos crecieran?», «Papá sufre», «¿Para qué lo hiciste?». Les expliqué con calma que no me alejé por ira, sino por silencio. No era por nadie más, sino por mí. No tengo romance, ni vida lujosa. Sólo una maleta, un piso modesto y el valor que llevo como una medalla.

Comencé a salir. Al parque, a la biblioteca, al yoga. Me apunté a un curso de acuarela, aunque temblaba la mano por el nerviosismo. Aprendí a hacer cosas por primera vez: comprar pinturas, tomar el autobús sola, entrar a una cafetería y pedir un té. ¿Suena banal? Tal vez. Pero tras cuarenta años de ser el fondo, era mi pequeño Monte Everest.

Una tarde, sentada en un banco del Retiro con cuaderno y lápiz, dibujé. Un árbol que proyectaba sombra. Hojas. Una mujer con un perro. Sentí los ojos húmedos, pero no eran lágrimas de dolor; eran alivio y una pizca de melancolía, no por haberme ido, sino por haber esperado tanto.

Hubo momentos de duda, cuando volvía a casa al anochecer sin a quién acudir, cuando alguien decía: «¿Y ahora mejor?». Cuando me miraba al espejo y veía a una anciana de cabellos plateados que había huido de su propia vida. Entonces recordaba mis días anteriores: miradas vacías, largos silencios, frío. Sabía que ahora, pese a la soledad, al fin era yo misma.

Porque la vida después de los sesenta no es el final. Puede ser el principio.

Y no, no se trata de una gran revolución, de un romance con un hombre más joven, de viajes exóticos. A veces basta con querer prepararse un café por la mañana, del que uno se gusta, y beberlo junto a la ventana mientras el día se despierta. Sin miedo, sin rencor. Con la sensación de que, por fin, se respira.

Una mañana desperté y sentí paz. No euforia, no excitación. Sólo un silencio que no dolía. Afuera una niebla abrazaba los árboles, el aire olía a invierno. Me senté con una taza de té en el alféizar y miré el mundo: el mismo de siempre, pero diferente.

Bajé al piso de la panadería. La señora del mostrador preguntó, como de costumbre:
¿Pan de masa madre, como siempre?
Yo respondí:
No, hoy con amapola. Tengo ganas de probar otra cosa.

Eso fue todo. Pequeñas decisiones. Elecciones que no necesitan agradar a nadie. Ya no tengo que preguntar: «¿Qué prefieres para cenar?», «¿Qué película vemos?», «¿Te parece bien?». Después de cuarenta años sin escuchar mi propia voz, comencé a oírla. Silenciosa, pero mía.

Hace poco me crucé con una vieja conocida. Me detuvo en la calle, me miró desde arriba y dijo:
Qué pena. Eran tan compatibles.
Yo sonreí.
Tal vez. Pero la compatibilidad no es lo mismo que la cercanía.

Regresé a casa. Puse la lavadora, encendí una vela de jengibre y me senté a esbozar. Mis manos siguen temblorosas, pero el corazón ya es más valiente.

No sé qué vendrá después. Sólo sé que ya no quiero volver a una vida en la que olvidé quién soy.

Porque a veces hay que irse muy tarde para, al fin, encontrarse a uno mismo.

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MagistrUm
Me separé de mi marido tras 40 años. Porque al fin me atreví a vivir a mi manera.