¿Quién ha estado tumbado en mi cama y la ha dejado hecha un desastre? Un cuento.
La amante de mi marido era apenas unos años mayor que nuestra hija mofletuda, con mirada ingenua y un piercing en la nariz (cuando mi hija pidió uno igual, él montó un espectáculo y le prohibió hasta pensarlo). A enfadarse con una criatura así no había manera yo, Yana, miraba sus piernas blancas y heladas, esa chaquetilla tan corta que casi pide socorro, y me daban ganas de soltarle un comentario sarcástico: Mira, si piensas tener hijos con este cenutrio, cómprate un abrigo en condiciones y ponte unas medias bajo los vaqueros, que esto no es Cancún. Pero, por supuesto, no dije nada. Le pasé las llaves a Clara, cogí el par de bolsas con mis restos de cosas y tiré camino a la parada.
Señora Yana, ¿qué es eso que hay bajo la encimera de la cocina? me gritó por detrás la chiquilla. ¿Allí se guardan los platos?
No me pude resistir y le contesté:
Normalmente ahí escondía los cadáveres de las amantes de Sergio, pero si quieres, puedes lavar los platos.
Sin esperar respuesta, ni siquiera mirando la cara horrorizada de Clara, bajé la escalera satisfecha. Y bueno ahí quedaban, veinte años de vida, tirados a la basura, como si nunca hubiesen existido.
La primera en descubrir que Sergio tenía una amante no fui yo, sino mi hija. Se saltó clases, volvió a casa pensando que estaría vacía, y pilló a la ninfa joven tomando cola-cao en su taza favorita. Teniendo en cuenta que la ropa de la ninfa era poca y papá chapoteaba en la ducha, la inteligente Lucía sumó dos y dos en un segundo, me llamó y soltó:
Mamá, creo que papá tiene una amante, ¡y está usando mis zapatillas y mi taza!
Como en los cuentos, sonreí por dentro, recordando cuánto se disgustó mi hija; aunque más por el saqueo de sus cosas que por la traición. ¿Quién ha estado en mi cama y la ha dejado hecha un asco?
Yo, la verdad, lo llevé con bastante más naturalidad. Claro, el ego dolía la chica era joven y preciosa, mientras que yo Bueno, digamos que los años no pasan en balde. Pero también sentí alivio durante años aguantando llamadas nocturnas, jornadas extendidas, tickets de cafeterías a las que él nunca me llevaba Y ni una vez logré pillarle Sergio era más escurridizo que una anguila. Encima conseguía que pareciera que la mala era yo por sospechar.
Es la primera, te lo juro mentía con descaro Sergio. Ha sido como un eclipse, como si me cayera un meteorito.
La meteorito era camarera en el hotel donde Sergio se alojó durante una conferencia. Veinte años y pocas luces, por lo visto, porque se vino detrás de él a Madrid y se alquiló una habitación mugrienta con los ahorros. Por eso se veían en el piso allí podía ducharse, lavar la ropa Ya me preguntaba yo por qué la lavadora sólo usaba programa rápido y no el de mezclados.
El piso era de Sergio; lo heredó de su padre antes de casarse conmigo. Cuando decidí pedir el divorcio, me tocó mudarme con mi hija a mi propio apartamento en Vallecas, el que me dejó la abuela. Mi hija protestaba ¿cómo iba a cruzar Madrid para ir al instituto?
Pues vente con nosotras le propuso Sergio, recibiendo a cambio otro linchamiento verbal. Al menos Lucía sí que supo decirle cuatro cosas bien dichas.
Al principio fue incómodo nuevos recorridos, nuevos supermercados, tardábamos una hora en llegar a cualquier parte. Pero lo bueno es que te acostumbras. Encontré trabajo cerca, Lucía entró en un módulo de FP al que se llegaba en veinte minutos. Entre exámenes y fregar platos, no había tiempo ni para la melancolía. Y cuando los líos domésticos pasaron, ni ganas de ponerse triste.
Clara llamaba de vez en cuando preguntando cómo hornear empanadillas, dónde se metían las pastillas del lavavajillas Hasta vino un día trayendo unas fotos olvidadas, justo antes de la graduación de Lucía. Sergio no podía (¿o le daba miedo?), yo estaba con gripe y mi hija se negaba a volver al antiguo piso porque decía que le daba mal rollo y que así no podía aprobar informática.
Qué mono tenéis el piso balbuceó Clara, mirando los papeles descoloridos y las lámparas vintage.
Ni me molesté en responder era lo que había. Allí todo moderno y cómodo, y aquí, pues, sobrevive como puedas. Que lo disfruten.
Y justo ese favor fue mi ruina casi un año después, una noche me sorprendió el ruido de la puerta.
¿Esperas a alguien? le pregunté a Lucía.
Ella abrió los ojos como platos.
En el umbral estaba Clara llorosa, con rímel corrido y las sombras marca Mercadona brillando en las mejillas. Llevaba una mochila deportiva.
¿Le ha pasado algo a Sergio? solté, sospechando lo obvio.
¡Sí que le ha pasado! respondió entre pucheros. Le he pillado con la secretaria. Quise darle una sorpresa, por eso tenía turno largo y
Volvió a llorar como una cría, tapándose la cara.
¿Y qué esperas de mí? le pregunté, viendo el trolley reventado.
¿Puedo dormir aquí? No tengo ni un duro. Mañana me voy en tren a casa de mi madre.
¿Y cómo vas a pagarlo si no tienes dinero?
Pensé que me podrías dejar.
No sabía si reírme o llorar.
Decidió por mí Lucía.
¡Que te vayas! zanjó, y añadió insultos que ni yo le había oído nunca.
La miré con desaprobación.
Pasa, Clara le dije yo. Es de noche; no te voy a poner en la calle.
Y se lió.
Lucía se indignó tanto que declaró: O ella o yo. Yo encogí hombros tú verás, eres mayor, vete si quieres.
¡Como para irme con ese hombre! Me quedo con Natalia.
Tocó pedirle un taxi para pasar la noche en casa de la amiga. Y después, atiborrar de tila y valeriana a la ex-amante, que tras un año en Madrid no había hecho amigos, ni encontrado trabajo sólo había pillado otro piercing en la lengua. Le dejé dinero para el billete, porque tampoco es plan de adoptarla y hasta fui a la estación, por si se perdía entre los andenes.
Clara se despidió agradecida, pidió perdón y juró que iba a cambiar: estudiar, buscar trabajo, dejar de enredarse con hombres casados.
Mi madre siempre decía que soy un desastre Pues tenía razón.
No la esperé en el andén agitando la mano eso ya es mucha peliculita. En casa, Lucía y yo hicimos las paces rápido, pero ella aún no comprendía cómo su madre había aceptado a esa invadidora en casa. Yo la acariciaba el pelo, sonreía y le decía:
Ya lo entenderás cuando tengas más años.
Sergio llamó una semana después. Dijo que lo había pensado todo, que había dejado a Clara y que estaba listo para volver a la vida familiar.
¿Se te han acabado las camisas limpias, acaso? le contesté con guasa.
Pues sí Y además, la chica no sabe lavar, llevo meses con las camisas como para ir de picnic.
Por supuesto, no volví con él. Ni fui cruel, aunque lo cierto es que después de aquello noté un cambio: me sentía más ligera, tenía la cabeza despejada, y me sorprendía sonriendo. Adopté un perro, paseaba por la tarde, y hasta conocí a un vecino majete diez años mayor, pero ¿quién habla de edad? La vida, al fin, empezaba de nuevo.







