¡Pero tú quién te has creído para venir a decirme lo que tengo que hacer! exclamó Inés Valdepeñas, lanzando la bayeta a la cara de su nuera.
¡En mi casa vives, mi comida comes!
Carmen se secó la cara, apretando los puños. Llevaba solo tres meses casada, pero cada día era como ir a trabajar a la guerra de las galaxias versión doméstica.
Pero si friego el suelo, cocino, pongo lavadoras ¿qué más quiere usted?
¡Quiero que cierres el pico! ¡Fresca! ¡Y encima te plantas aquí con una niña que ni siquiera es de mi sangre!
La pequeña Lucía, de cuatro años, asomó la cabecita por la puerta. Con esa edad, ya sabía que la abuela tenía el genio de un toro en San Fermín.
¡Madre, ya está bien! Antonio entró desde la calle, lleno de polvo tras la faena. ¿Otra vez lo mismo?
¡Lo que oyes! ¡Tu mujercita me contesta! Le digo que la sopa está salada, y se me pone chula.
La sopa está bien dijo Carmen, agotada. Si le pica la sal, será de tanto buscarle las siete patas al gato.
¡¿Ves?! Inés Valdepeñas señalaba a Carmen indignada. ¡Ahora resulta que la pesada soy yo en mi propio hogar!
Antonio abrazó a su mujer, dándole unas palmaditas en la espalda.
Mamá, ya es suficiente. Carmen se pasa el día haciendo cosas en casa. Tú nada más que protestas.
¡Así me paga mi hijo! ¡Después de criarte, alimentarte!
La señora se fue y dio un portazo digno de sainete. En la cocina se instaló ese silencio incómodo que precede al telediario.
Perdona Antonio acarició el pelo de Carmen. Mamá, con los años, se ha vuelto insoportable.
Antoñito, ¿y si buscamos para alquilar una habitación, aunque sea un cuchitril?
¿Con qué dinero? Soy tractorista, no ministro. Apenas llega para el pan y el jamón de oferta.
Carmen se apoyó en él, pensando que era un buen hombre, trabajador y noble. Pero la madre eso era otro cantar.
Se conocieron en la feria del pueblo: Carmen vendía bufandas de punto y Antonio escogía calcetines porque le hacían gracia. Surgió la conversación, y él soltó tal cual: que venga con niña, que a mí los niños me gustan.
La boda fue más bien austera, y desde el minuto uno Inés Valdepeñas la tomó con su nuera: joven, guapa, universitaria contable, ni más ni menos y su hijo, bueno, tractorista de toda la vida.
Mamá, ven a cenar le recordó Lucía, estirándole la falda.
Enseguida, cariño.
Durante la cena, Inés Valdepeñas apartó el plato con gesto dramático.
No hay quien se coma esto. ¡Parece pienso de cochinos!
¡Mamá! Antonio dio un manotazo en la mesa. ¡Basta ya!
¿Basta ya de qué? ¡Si sólo digo la verdad! ¡Ay, si vieras a Maribel, qué pedazo de ama de casa! Y esta
Maribel era la hija de Inés, que vivía en Madrid y solo venía para las fiestas oficiales. La casa, por supuesto, a nombre de Maribel, aunque ni pisarla.
Mire, si no le gusta mi comida, puede usted cocinar lo que quiera dijo Carmen, como quien clava un banderillazo.
¡Serás…! y la suegra amagó con levantarse.
¡Basta! Antonio se puso entre ambas. Mamá, o te calmas o nos vamos ya mismo.
¿A dónde? ¿A dormir a la plaza? La casa no es tuya, bonita.
Y ahí la señora tenía razón: la casa era de Maribel, y ellos estaban de favor.
***
Esa carga tan nuestra
Esa noche, Carmen no pegó ojo. Antonio la abrazaba repitiendo:
Ten paciencia, cariño. Me compraré un tractor, haré faenas y ahorraremos para un piso.
Pero, Antonio, eso vale un dineral
Me busco uno viejo, lo apaño. Tú ten fe en mí.
Al día siguiente, Carmen se despertó con náuseas. Al baño y, ay, dos rayas en el test de embarazo.
¡Antoñito! corrió a enseñarle el test.
Él, medio dormido, tardó dos segundos en entenderlo, pero cuando lo hizo la cogió y giró por la habitación como si hubieran tocado la lotería.
¡Carmen, cariño! ¡Vamos a ser padres!
¡Habla más bajo, tu madre está al acecho!
Pero era tarde. Inés Valdepeñas ya asomaba en la puerta, radar siempre encendido.
¿Qué es tanto griterío?
Mamá, ¡que esperamos un bebé! él brillaba de felicidad.
La suegra torció el morro.
¿Y dónde pensáis apretujar ese crío? Aquí ya no cabe ni un dedal. Cuando venga Maribel os pone en la calle.
¡Eso sí que no! se le encendió el ceño a Antonio. ¡Esta también es mi casa!
La casa es de Maribel. Yo la puse a su nombre. ¿O no te acuerdas? Aquí solo eres inquilino.
La alegría se desplomó. Carmen se dejó caer en la cama, sonando a marcha fúnebre.
Unas semanas después llegó la tragedia: Carmen levantó un cubo de agua para fregar no había ni cañerías, notó un dolor seco y una mancha roja Perdida.
¡Antonio! gritó.
Aborto. El médico fue claro: estrés y tanto trajín. “Reposo” recomendó, como si eso fuera cosa fácil en la casa de Inés.
Sola en la habitación del hospital, Carmen miraba al techo preguntándose cuánto aguantaría.
Me voy dijo a su amiga por el móvil. No puedo más.
Pero, Carmen, ¿y Antonio? Es buen hombre.
Sí, pero su madre voy a acabar en un manicomio.
Antonio llegó después del trabajo, con las manos hechas trizas y un ramo de margaritas robadas al campo.
Carmen, cariño, perdóname. Es culpa mía no supe protegerte.
Antonio, no regreso a esa casa.
Ya lo sé. Pediré un préstamo, alquilamos un piso.
No te lo van a dar. Cobras poco.
Lo consigo. Ya tengo un segundo curro en la granja, de noche. Por la mañana con el tractor, por la noche ordeño vacas.
¡Si vas a acabar espatarrado!
Me da igual. Por ti muevo montañas.
Después de una semana le dieron el alta. Al llegar, Inés Valdepeñas la recibió con una perla digna de refrán:
Ya decía yo que no lo aguantarías. Demasiado delicada para esta familia.
Carmen pasó de largo. Ya no era digna ni de lágrimas aquella mujer.
Antonio no paraba: tractor de día, vacas de noche, dormir no entraba en sus planes.
Voy a trabajar, aunque sea de contable para el Ayuntamiento propuso Carmen.
Si te pagan una miseria
Pues de peseta en peseta se hace un euro.
Y así fue: por la mañana llevaba a Lucía a la guardería, después al despacho a lidiar con números. Recogía a la niña, cocinaba, lavaba. Inés seguía con el menú del reproche, pero Carmen aprendió el arte ancestral de hacer oídos sordos.
***
Un rinconcito y otra vida
Antonio seguía empeñado en su tractor. Encontró uno tirado de precio, viejo y muerto de risa.
Haz el préstamo animó Carmen. Lo arreglas y empezamos de cero.
¿Y si sale mal?
Tienes manos de santo, algo saldrá.
El banco soltó los euros justitos. Compraron el tractor, que de tractor tenía lo mismo que un botijo.
¡Ahora sí que nos hacemos ricos! se reía Inés. ¡Eso no vale ni para chatarra!
Antonio, imperturbable, le metió mano al motor por las noches, con la linterna a pilas. Carmen le pasaba herramientas y sostenía piezas.
Anda, vete a dormir, que ya tienes lo tuyo.
Empezamos juntos, acabamos juntos.
Un mes y otro, el vecindario se partía de risa: el cateto del tractor haciendo el tonto.
Hasta que, una mañana, el cacharro rugió como si de golpe le hubieran dado una tapa de callos. Antonio, al volante, no se lo creía.
¡Carmen! ¡Ha arrancado! ¡Funciona!
Ella salió corriendo y le abrazó, con ese abrazo que arregla motores y días malos.
Llegaron los primeros encargos: un arado aquí, unos troncos allá, y la cartera empezó a notar el subidón.
Tiempo después, Carmen empezó con esas náuseas que ya conocía.
Antonio, creo que esperamos otro churumbel.
¡Ni cubos, ni esfuerzo! Te quiero en modo jarrón de porcelana.
Y Antonio la cuidaba como si fuera la copa del rey Felipe, sin dejar que tocara más de lo imprescindible. Inés, cómo no, protestaba:
¡Mírala, la frágil! ¡Yo tuve tres y aquí sigo, tan pancha!
Pero Antonio estaba en modo muro: ni tu suegra ni tu prima te acercan una escoba.
A los siete meses llegó Maribel, con marido y todo, y un plan debajo del brazo.
Mamá, se vende la casa. Nos han ofrecido un dineral. Te vienes a Madrid.
¿Y estos? levantó el dedo señalando a Antonio y Carmen.
¿Estos? Que se busquen un techo.
¡Maribel, nací en esta casa! ¡También es mi hogar!
Sí, y ahora es mío. ¿Te lo repito?
¿Cuándo tenemos que irnos? preguntó Carmen en modo zen.
En un mes.
Antonio hervía por dentro. Carmen le tocó el hombro: mejor ser digna que montar un circo.
Por la noche, abrazados, planeaban su futuro con más dudas que certezas.
Ya nos buscaremos la vida. Lo importante es estar juntos.
Antonio se mataba a trabajar: tractor por la mañana, tractor por la tarde, tractor hasta en sueños. En una semana juntó lo que antes ahorraba en cuatro meses.
Entonces llamó señor Domínguez, el vecino del pueblo de al lado.
Antonio, vendo la casa, antigua pero dura como una roca. ¿La miráis?
Fueron a verla: tres habitaciones, cocina de leña, un corral, mucha luz y hasta jardín con naranjo.
¿Cuánto pide?
El precio era el doble de sus ahorros.
¿Me la dejas a plazos? Una parte ahora, el resto en seis meses.
Trato hecho. Tú eres hombre de palabra.
Volvieron ilusionados. Inés Valdepeñas los esperaba en guardia:
¿Dónde rayos os metíais? ¡Maribel trae los papeles!
¡Perfecto! respondió Carmen. Porque nos mudamos.
¿A dónde? ¿A la plaza?
A nuestra casa. Estamos de mudanza.
La suegra quedó muda tres segundos. Récord personal.
¡Estáis inventando! ¿De dónde habéis sacado dinero?
De partirnos el lomo Antonio abrazó a su mujer. Mientras tú hablabas, nosotros trabajábamos.
Dos semanas después, la mudanza fue tan rápida que apenas dejaron huella.
Lucía corría por la casa nueva, el perrillo ladraba como si hubiera ganado el cariño de la reina.
¿Mamá, de verdad esta es nuestra casa?
Sí, hija, la nuestra de verdad.
Al día siguiente apareció Inés Valdepeñas.
Antonio, hijo he pensado que a lo mejor me venía mejor con vosotros. En Madrid se me sube la tensión.
No, mamá. Tu elección está hecha. Vive con Maribel.
¡Pero si soy tu madre!
Las madres que desprecian a sus nietos no tienen llave aquí. Adiós.
Cerraron la puerta. Dolía, pero era lo justo.
El pequeño Mateo nació en marzo: fuertote y con unos pulmones que dejaron sorda a la matrona.
¡Igualito que el padre! se reía la enfermera.
Antonio miraba a su hijo como quien sostiene el mundo.
Carmen, gracias. Por todo.
Gracias a ti. Por no rendirte. Por creer siempre en nuestro futuro.
Empezaron a hacer suyo aquel rincón: sembraron el huerto, compraron gallinas, el tractor generaba trabajo.
Por las noches, sentados en el porche, Lucía jugaba con el perro, Mateo dormía en la cuna.
¿Sabes? dijo Carmen soy feliz.
Y yo.
¿Te acuerdas de aquellos días en casa de tu madre? Pensé que no sobrevivíamos.
Tú eres fuerte.
No, lo somos los dos. Unidos.
El sol se escondía tras los olivos. La casa olía a pan y leche fresca. Un verdadero hogar: el suyo.
Donde nadie te humilla, ni te echa, ni te llama de fuera.
Donde vivir, amar y criar a tus hijos.
Donde, simplemente, se puede ser feliz.
***
Queridos lectores, cada familia arrastra sus propias guerras y glorias. La historia de Carmen y Antonio es un espejo donde tal vez veáis reflejadas vuestras propias batallas y ganas de tirar para adelante, aunque a veces la vida te lo ponga en chino.
Así vamos tirando: del drama a la alegría, y vuelta al ruedo, hasta que la suerte por fin te guiña el ojo.
Y vosotros, ¿creéis que Antonio hizo bien en esperar tanto? ¿O habría que haber cortado el cordón de raíz y buscarse su propio rincón antes? ¿Qué es para vosotros un verdadero hogar paredes y techo o el calor de la familia?
Venga, dejad vuestros pensamientos, que esto de la vida no se aprende en libros, se vive y se comparte.







