Lo más importante
La fiebre de Lucía subió de repente. El termómetro marcó 40,5 grados y casi al instante empezaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueó con tal fuerza que Irene, su madre, se quedó paralizada un segundo, incrédula, y luego corrió hacia ella conteniendo el temblor de sus manos.
Lucía comenzó a ahogarse en espuma, su respiración se volvía entrecortada, como si se la estrangulase desde dentro.
Irene intentó abrirle la bocalos dedos resbalaban, no respondíanpero finalmente lo logró. La niña perdió la fuerza de golpe y cayó en la inconsciencia. Cinco o diez minutos, nadie hubiera podido decirlo, porque el tiempo no corría en segundos, sino al ritmo de los latidos que retumbaban en las sienes de Irene.
Vigilaba que la lengua de Lucía no obstruyera el aire, le sujetaba la cabeza cuando las convulsiones la sacudían peor que un calambrazo.
Irene no sentía nada excepto una cosa: Lucía debía volver a respirar. Lucía tenía que regresar.
Gritóhacia la cocina, las paredes, la nada y el cielo. Gritó su nombre al 112 por teléfono con tal desesperación, como si con ello pudiera sostenerla en la vida.
Al llamar a Javier, llorando y con hipo, apenas pudo pronunciar:
Lucía Lucía casi se nos va…
Pero al otro lado, Javier sólo oyó una palabra corta y terrorífica: muerta.
Se llevó la mano al pecho; el dolor punzante era como si le hubieran clavado un hierro candente. Las piernas le fallaron y, despacio, casi sin fuerza, resbaló del sillón al suelo, como si de repente se hubiera vaciado de fuerzas, pensamientos y de futuro…
Le intentaron levantar, uno le sostenía por los codos, otro le acercó agua, otro le palmoteó la espaldatodos decían palabras de consuelo, pero eran olas inútiles contra el muro de su desesperanza.
Javier no lograba recomponerse. Los dedos le temblaban con espasmos, el vaso tintineaba contra los dientes, y de su garganta no salían más que sonidos incoherentes, como de máquina rota:
Mu-mu-mu… muerta… Lu-ci-a… mu-muerta…
Los labios pálidos, el aire cortado, las manos ajenas.
El jefe, don Ángel Hernández, reaccionó sin perder tiempo. Levantó a Javier y prácticamente lo metió a empujones en su todoterreno. La puerta se cerró con tal golpe que retumbó por dentro.
¡¿Adónde?! ¿Dónde quieres ir? le gritó directamente al rostro, intentando hacerlo reaccionar.
Javier estaba ahí, ciego, ojos abiertos sin comprender nada, como atrapado entre la realidad y una pesadilla.
Al Hospital Infantil municipal al fin acertó a decir, como si cada palabra le desgarrara la garganta.
El hospital estaba lejos, demasiado para quien acaba de oír la palabra más terrible del mundo.
Ángel pisó el acelerador; el coche volaba por la Castellana, cruzando carriles y pasando los semáforos en rojo o en verde, ¿qué más daba?
Una vez, en un cruce, un todoterreno negro surgió de la nada junto a ellos.
Por centímetros rozaron el accidente. Ángel giró el volante, el coche giró sobre sí mismo, los neumáticos chillaron soltando chispas.
El otro coche pasó dejando olor a goma quemada y la certeza de que la muerte acababa de rozarles, apenas sin verse.
Javier no se enteró.
Las lágrimas no cesaban. Encogido, oprimía el puño contra los labios para no romper a llorar a gritos.
Y entonces, un destello. Como si alguien encendiera por un segundo el proyector de los recuerdos.
Lucía tenía tres años. Una angina tan fuerte que el termómetro marcaba cifras que congelan la sangre. El SAMUR le pinchó un antitérmico y recomendaron supositorios.
La pequeña Lucía, en pijama de conejitos, sudada y caliente, lloraba en la cama. Irene llevaba media hora convenciéndola. Lucía sollozando, frotándose los ojos, al fin se rinde y dice triste:
Vale, ponlo pero que no lo enciendas.
A Javier casi se le desencaja la risa. Unos días antes habían ido a la iglesia, y Lucía recordaba bien que allí las velas se encienden.
Ángel sacó el coche al Paseo del Prado, brillante de luces, tan frío como una hoja de navaja.
La memoria golpeó con otra escena.
Semanas después, Lucía trepó al gran armario del dormitorio. Una pequeña mona, traviesa y ágil. Casi junto al techo, gritaba desafiante.
El armario empezó a tambalearse Un estruendo. Irene chilló, Javier saltó hacia adelante, pero era tarde. El golpe sacudió la casa.
Lucía sobrevivió. Golpes, llanto, susto y una chocolatina gigante para calmarla.
Al ver el chocolate, Lucía se recompuso como si le dieran la vida: dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó:
¿Puedo tomarme dos?
El chocolate era su botón secreto de felicidad.
Javier pensó entonces que si repartieran chocolatinas en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la vida eterna.
Después
Silencio en casa, la lámpara con luz cálida.
Irene dice:
Mañana iremos a la iglesia. Pondremos una vela por tu salud.
Y Lucía, seria como nunca, pregunta:
¿En el culo también?
Irene se tapa la cara resignada; Lucía los mira, ofendida: ¿De qué os reís?
En el coche, esa ocurrencia le apuñaló el corazón.
Porque justo en esas tonterías estaba la vida misma.
Su vida.
Ángel logró llegar al hospital. Frenó tan bruscamente como si el coche tuviera miedo de quedarse un solo segundo más.
La niña está viva fue lo primero que oyó Javier. La han llevado directa a cuidados intensivos; los médicos no nos dicen nada desde hace horas.
Dejaron pasar a Irene junto a la niña. Javier sólo podía esperar y rezar…
—–
Era la una de la madrugada; ese momento en que el mundo parece detenerse, inmenso y solitario. Javier alzó la mirada y buscó con los ojos la ventana del segundo piso, donde su niña luchaba por la vida.
En el cristal, como en una película de terror, apareció Irene. Quieta, brazos pegados al cuerpo, mirada fija a través del vidrio. Ni un gesto, ni un suspiro, ni tocar el móvil.
Él agitó la mano, como si pudiera así ahuyentar el miedo. Llamó, pero ella no contestó. Sólo miraba, como un espectro mudo de amor, temerosa de desaparecer si se movía.
Entonces sonó el teléfono. Corto, seco.
Pase dijeron simplemente.
Y colgaron.
El terror le invadió tan denso que el aire se volvió almíbar. Intentó levantarselas piernas no reaccionaban. El suelo parecía resistirse a soltarle, impedir que escuchara lo irremediable.
Sabía que tenía que entrar, pero el miedo lo paralizaba.
En ese instante, apareció una enfermera joven, exhausta, con unos zuecos desgastados. Caminó hacia él.
Javier la miró y sintió cómo todo se derrumbaba por dentro.
Ya está. Se acabó. Ahora lo dice.
La enfermera se acercó, se inclinó un poco y dijo con la voz baja pero nítida, como si dictara sentenciapero luminosa:
Vivirá. Ya ha pasado lo peor…
Y el mundo giró.
Los labios le temblaban, incontrolables, como si no fueran suyos. Sentado, sólo intentaba articular algo, aunque fuera gracias, Dios mío, o simplemente exhalar con normalidad. Pero solo se movían los extremos de la boca, le temblaban las manos y las lágrimas le corríanvivas, calientes.
—–
Después de aquella noche, Javier dejó de temer por las cosas de siempre.
Ya no le importaba perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni parecer torpe o vulnerable.
Lo único que de verdad le ataba era el recuerdo de aquella noche. Saber, con una certeza nueva, que el mundo puede romperse en un segundo. Que una persona por la que moverías montañas puede desaparecer de un soplo…
El resto perdió peso.
Como si una línea invisible de miedo dividiera la vida en Antes y Después.
Todos los otros miedos se desvanecieron, como un ruido innecesario antes del verdadero silencio.
Y así entendió que lo más importante no es lo que tememos perder, sino a quién estamos dispuestos a no dejar ir nunca.







