Escucha, hija, que tengo que contarte una cosa
Olga se preparó para una charla de esas que se alargan hasta que enfrías el café, sobre todo con ese escuuucha que su madre pronunciaba tan despacito. Y claro, eso nunca traía nada bueno.
¿Te acuerdas de Laura, la hija de la tía Carmen? Bueno, pues mi prima tercera, o algo así. Que en realidad es tu ¿qué, prima lejana?
¿Prima? Mamá, yo la vi una vez hace años, en el funeral de la abuela y ya.
¡Qué más da! Familia es familia. Mira, que les ha pasado una desgracia. Los echan del piso, hija. El dueño lo vende. Imagínate.
Olga se apretó el puente de la nariz. Afuera, la tarde de diciembre se iba apagando lentamente y el café se enfriaba igual que su paciencia.
Mamá, qué pena ¿pero qué tengo yo que ver con eso?
¡Cómo que qué! Si tu piso es enorme, tres habitaciones y tú sola. Ellos solo necesitan estar unas semanas, uno o dos meses, hasta que encuentren algo
No.
La palabra salió disparada antes de que Olga pudiera procesarla.
¿Cómo que no? La madre se quedó cortada con tanta franqueza. ¡Ni siquiera me has escuchado!
Mamá, no pienso meter en mi piso a gente que no conozco. Encima con crío. Encima sin saber hasta cuándo.
¿Cómo que sin saber hasta cuándo? ¡Si te estoy diciendo que es temporal! Un par de meses, máximo. El marido de Laura tiene trabajo, ahorran para el depósito y se van. Olga, tienen un niño de ocho años. ¡El chaval se queda en la calle si tú no haces algo!
Que alquilen una habitación, un hostal, lo que sea.
¿Con qué dinero? ¡Si están pelados! ¡Están en la calle! ¿No lo ves?
Mamá, eso no es mi problema.
Y entonces, de la nada, la madre rompió a llorar. Nada de drama, todo silencioso, con respiraciones entrecortadas. Olga cerró los ojos.
No te reconozco, hija sollozó la madre entre lágrimas. Mi hija se ha vuelto fría, distante. La familia está en apuros y tú, nada.
No son mi familia. Son TU familia.
¡Y también la tuya! ¿O ya has olvidado lo que es ayudar a los tuyos?
Mamá, trabajo desde casa. Necesito tranquilidad. Necesito espacio. No puedo vivir con desconocidos.
¡Pero si es temporal! ¡Por Dios, qué te cuesta! ¡Tres habitaciones! ¡Tres! Y tú sola, como un ermitaño. Ni gato tienes, ¡no hay ni beneficio en ese piso!
El beneficio es que vivo en él.
Egoísta sollozó la madre. He criado a una egoísta. Jamás pensé que mi hija le negaría un trozo de pan a la familia.
No les niego pan. Solo no les dejo vivir en mi casa.
Y vuelta al círculo. La madre sacaba los mismos argumentos, Olga respondía igual. Cuarenta minutos después, Olga se sorprendió aceptando dos veces pensarlo y hasta por probar.
Solo por un mes cedió al final. Dos como máximo. Y si hay problemas, se van.
¡Por supuesto, por supuesto! ¡Olga, hija, muchísimas gracias! ¡No te imaginas cuánto te lo agradezco!
Sentía una náusea, no física, la otra. La que te golpea cuando sabes que acabas de hacer una tontería monumental.
A la mañana siguiente, a las siete, llamaron al timbre. Olga abrió la puerta, despeinada y de mal humor, y lo primero que entró fueron maletas y gritos de niño.
¡Olga! ¡Reina! Laura irrumpió en el recibidor y le plantó un beso en la mejilla. ¡Gracias, gracias, gracias! ¡Nos has salvado!
Detrás venía un tipo enorme con chándal y un niño de ocho que salió disparado a inspeccionar la casa.
Paco, trae la bolsa grande gritó Laura.
Olga contó siete maletas, cuatro cajas y dos contenedores de plástico tamaño nos mudamos. Para unos meses era excesivo.
Nos instalamos rápido prometió Laura. Ni te enterarás de que estamos.
Las dos primeras semanas pasaron en un torbellino controlable. Olga se refugiaba en su habitación, trabajaba entre el ruido de la tele y los pisotones por el pasillo. Se repetía que era temporal. Que no era para tanto.
Hasta que Laura movió los muebles de la cocina, porque así está mejor. Paco ocupó la terraza para su rincón de descanso. El niño rompió el pomo del baño y nadie tenía intención de arreglarlo.
Laura, tenemos que hablar pilló Olga a la invitada en la cocina. Lleváis casi un mes, ¿qué tal la búsqueda de piso?
Buscando estamos respondió sin quitar la vista del móvil. Con lo caras que están las cosas ahora, ni te imaginas. Pero ya saldrá algo, no te preocupes.
Necesito fechas concretas.
Laura levantó la mirada. Algo en sus ojos cambió.
¿A dónde quieres que vayamos? ¿A la calle, con el crío?
Nadie habla de la calle. Hablo de
¡Estamos buscando! Laura alzó la voz. ¿Qué más quieres? ¿Que durmamos en la estación?
Paco salió del salón.
¿Algo pasa?
Olga se los miró. Las caras ya no eran de agradecimiento ni vergüenza.
No pasa nada dijo simplemente. Y se fue.
Claro que pasaba. Y cada día más. Paco ocupaba el baño justo cuando Olga tenía que prepararse para una llamada con clientes. Laura recolocó la comida de Olga en la parte baja de la nevera, la suya iba arriba porque así es más cómodo. El niño se había aficionado a poner los dibujos a todo volumen a las siete de la mañana los fines de semana.
Olga trabajaba a ratos. Dormía con el runrún de la tele. Se despertaba con los ruidos de Paco por el pasillo.
Un día volvió del supermercado y se encontró su mesa de trabajo cubierta de juguetes. Laura estaba sentada en su silla, absorta en el móvil.
Ah, ya estás soltó sin moverse. Oye, a ver si cambias el wifi, que este va a pedales.
Es mi despacho.
Pues el niño no tiene sitio para jugar. En su cuarto no cabe.
Olga recogió los juguetes y los dejó en el pasillo. Laura resopló, pero no dijo nada.
Llegó la factura del gas y la luz. El importe, el doble. Olga la dejó en la mesa de la cocina mientras cenaban todos.
Hay que hablar de gastos.
Paco comía sin mirar. Laura cortaba la hamburguesa.
¿Qué gastos?
Los de la casa. Vosotros sois tres, yo una. Lo normal sería repartir la cuenta al menos a la mitad.
Laura bajó el tenedor.
¿Hablas en serio, Olga? Somos familia, ¿vas a cobrarnos?
Solo los gastos. Es lo justo.
¿Lo justo? Paco levantó la cabeza. Lo justo es ayudar a la familia, no andar con las perras con quien lo está pasando mal.
Lleváis dos meses. Sin pagar nada. Usando mi wifi. No hablo de alquiler, solo de gastos.
Mira Laura se levantó , si te parecen un par de euros demasiado, dímelo. Pero deja de hacerte la generosa.
Olga observó cómo salían de la cocina. Cómo el crío pillaba el último trozo de pan. Cómo Paco murmuraba tacaña.
Se quedó sentada hasta medianoche, haciendo cuentas y repasando el sermón de la madre sobre la obligación familiar. Calculó lo que llevaba gastado en los invitados inesperados y cuánto más sobreviviría.
A la mañana siguiente, Olga entró al salón, donde Laura y Paco veían la tele.
Tenéis una semana.
Laura ni se giró.
¿Una semana para qué?
Para buscar algo y marcharos.
Ahora sí, los dos se volvieron.
¿Estás loca? Paco se levantó. ¿Dónde vamos a ir?
No es mi problema. Os di dos meses. No buscasteis piso, no pagasteis, no respetasteis mi casa. Se acabó.
¿Y tú quién te crees que eres? Laura se puso de pie. La reina del piso por herencia, ¿no?
Soy la dueña. Y quiero que os vayáis.
¿Sabe tu madre cómo tratas a la familia? Paco dio un paso adelante. Le llamamos ahora mismo.
Llámala.
Laura agarró el móvil. Olga ni se movió. Y esta vez, que su madre gritara, llorara, amenazara, le daba igual. Decisión tomada.
Que sea una semana insistió. Y si no, llamo al administrador de la finca.
¡Serás! Laura se atragantó de rabia. ¡Tú! ¡Cómo te atreves! ¡Te hemos ayudado!
No me habéis ayudado. Habéis vivido aquí. Gratis. Y hay una diferencia.
Olga se fue a su cuarto, cerró la puerta con llave y se sentó en la cama abrazando las rodillas. Tenía el corazón en la garganta, pero una calma rara le invadía.
La semana fue digna del infierno. Laura no limpiaba ni por equivocación, Paco accidentalmente rompió una estantería, el niño pintó las paredes con rotulador. Olga lo apuntaba todo con el móvil.
Al séptimo día se marcharon. Paco arrastraba las maletas bufando con cada escalón. Laura, en la puerta, se giró:
¡Espero que esto se te vuelva en tu contra!
Olga cerró la puerta.
Recorrió el piso, eliminando huellas ajenas. Abrió las ventanas de par en par, ventilando hasta el rincón del balcón. Recolocó los muebles de la cocina bien.
Al final del día, el piso volvía a ser hogar.
Se sirvió una copa de vino, se sentó en el sofá y miró el móvil: su madre seguía sin dar señales, recuperándose del ataque de quejas de Laura, seguramente. Ya se le pasará.
La bondad es una virtud, pero sin límites se disfraza de debilidad. Y la debilidad siempre se aprovecha.
Olga se prometió: nunca más. Nada de deuda familiar. Nada de es temporal. Nadie más ajeno en su piso.
Apuró el vino, lavó la copa y se fue a la cama. Por primera vez en meses, reinaba el silencio absoluto.







