El amor no es para presumir
Leonor salió de la casa de campo con un cubo lleno de pienso para los cerdos y, enfadada, pasó junto a su marido, Isandro, que llevaba ya tres días arreglando el pozo. Le había dado por adornarlo con relieves, como si no hubiera nada más útil que hacer. Ella atareada por la casa, alimentando a los animales, y él, ahí, con la gubia en mano, lleno de virutas, mirándola y sonriendo. ¿Qué clase de marido le había tocado? Nunca una palabra dulce, ni un puñetazo en la mesa, simplemente trabajaba en silencio y, de vez en cuando, se acercaba, la miraba a los ojos y le acariciaba la trenza oscura con la mano; esa era toda la ternura que recibía. Pero cuánto desearía escuchar un mi lucero, un mi palomita
Mientras pensaba en su destino de mujer, casi se tropieza con el viejo Bolo, el perro. De inmediato, Isandro acudió para sostenerla y miró al perro con seriedad:
No te pongas debajo, que vas a tirar a la dueña.
Bolo bajó las orejas y fue a meterse a la caseta. Y Leonor, por enésima vez, se sorprendió de cuánto habían aprendido los animales a entender a su marido. Una vez se lo preguntó, e Isandro solo dijo:
Los quiero, y ellos me lo devuelven igual.
Leonor también soñaba con el amor, con que la llevasen en volandas, la colmasen de palabras ardientes al oído, le dejasen flores cada mañana en la almohada Pero Isandro era tacaño en gestos de cariño, y Leonor llegaba a dudar si su marido la amaba de verdad.
Que Dios os ayude, vecinita saludó por encima de la valla Simón, el vecino . ¿Aún sigues en tus tonterías, Isandro? ¿Para quién son esos adornitos?
Quiero que mis hijos crezcan siendo buenas personas, fijándose en la belleza.
Pues primero habrá que tener hijos se rió el vecino, guiñándole el ojo a Leonor.
Isandro miró a su esposa con tristeza, y ella, avergonzada, se apresuró a entrar en casa. No tenía prisa por tener hijos; era joven y guapa y aún quería vivir para sí, además, su marido era tan apocado ¡Y el vecino tan apuesto! Alto, hombros anchos, y aunque Isandro no estaba mal, Simón era de los que te hacen suspirar. Y cuando la encontraba cerca del portón, le decía con aquella voz suave, como la lluvia de verano: Estrellita, sol brillante Se le aflojaban las piernas, pero siempre lo evitaba. Al casarse, prometió ser esposa fiel, sus padres le enseñaron el valor de la familia tras años de concordia en el hogar.
Pero, ¿por qué entonces anhelaba asomarse por la ventana, esperar el cruce de miradas con su vecino?
A la mañana siguiente, Leonor sacaba la vaca al prado y se topó en la verja con Simón:
Leonorcita, mi paloma, ¿por qué me rehúyes? ¿Acaso tienes miedo? No puedo apartar la vista de tanta hermosura, pierdo la cabeza cada vez que te veo.
Ven a mi lado al amanecer. Cuando tu Isandro se vaya a pescar, ven conmigo. Yo sí sabría colmarte de caricias, hacerte la más feliz.
Leonor se sonrojó, el corazón se le aceleró, pero no contestó; pasó rápidamente de largo.
Te esperaré la llamó él tras ella.
Leonor pasó el día pensando en Simón, deseando cariño y ternura, y él era tan galán Pero no se atrevía a dar ese paso. Aún quedaban horas hasta el amanecer, quizás entonces
Por la tarde, Isandro calentó la sauna, e invitó al vecino a pasar. Simón, encantado, así se ahorraba encender la suya y gastar leña. Se dieron un buen baño de vapor con ramas de abedul, sus resoplidos y risas retumbaban en los muros. Al salir, Leonor les llevó una jarra de orujo y aperitivos; pensó en los pepinillos en el sótano, bajó a buscarlos y, al regresar, escuchó una conversación por la puerta entreabierta y se detuvo, curiosa.
No seas tan tímido, Isandro musitaba Simón . Vente conmigo, no te arrepentirás. Las viudas de allí son puro fuego, te miman que da gusto, y todas unas bellezas. No como tu Leonor, que es una ratita gris.
No, amigo oyó Leonor la voz baja pero firme de su marido , no quiero bellezas, ni ganas tengo. Mi mujer no es ninguna ratita gris, es la más preciosa de todas las mujeres de esta tierra. No hay flor ni fruta más bonita. Al mirarla, ni el sol veo, solo sus ojos y su figura. El amor me desborda como río en primavera, pero tengo la desgracia de no saber expresar lo que siento. Sé que a ella le duele, temo perderla, porque sin ella no podría ni respirar un día más.
Leonor escuchó inmóvil, el corazón golpeando en el pecho y una lágrima deslizándose por la mejilla. Luego levantó la cabeza con orgullo, entró al vestuario y exclamó en voz alta:
Vete, vecino, mejor entretén a las viudas. Nosotros tenemos asuntos más importantes. Todavía no tenemos a nadie para admirar la belleza que talla Isandro. Perdóname, marido mío, por las tonterías y lo ciega que estuve. Tenía la felicidad en las manos y no supe verla. Vámonos, que ya hemos perdido demasiado tiempo
Al amanecer, Isandro no fue a pescar.
En la vida, a veces la felicidad está tan cerca que no la vemos, y solo cuando escuchamos de verdad, entendemos el amor que de verdad nos rodea.







