Don Eulogio Martín, ¡que se le han vuelto a pegar las sábanas! La voz de Lucio, el conductor de autobús, suena cordial pero no puede evitar la suave reprimenda. Es la tercera vez esta semana que le veo correr tras el autobús como alma que lleva el diablo.
El anciano, con una cazadora arrugada y la respiración entrecortada, se apoya fatigado en la barra. Su pelo canoso, alborotado, y las gafas deslizándosele por la punta de la nariz.
Perdón, Lucio consigue decir, recuperando el aliento, mientras saca unos billetes arrugados de su bolsillo. El reloj, que se me atrasa. O quizá ya mismamente soy yo
Lucio Jiménez es conductor hecho y derecho, tendrá unos cuarenta y cinco años, la piel bronceada de tantas horas recorriendo las calles de Salamanca. Lleva dos décadas al volante y reconoce a casi todos los viajeros habituales. Pero a este señor lo tiene bien presente, por cortesía y silencio: cada día a la misma hora, siempre correcto.
Siéntese, anda. ¿A dónde va hoy?
Al cementerio, como siempre.
Arranca el autobús. Eulogio Martín se acomoda en su asiento habitual: la tercera fila tras el conductor, junto a la ventanilla. Lleva una bolsa de plástico gastada, con útiles cuyo contenido sólo él conoce.
El autobús va medio vacío, la mañana es de diario. Un par de estudiantes cuchichean, un hombre de traje revisa sus mensajes. Nada fuera de lo común.
Dígame, Don Eulogio, pregunta Lucio, mirándolo por el espejo, usted va a diario, ¿no? ¿No se le hace pesado?
¿Dónde si no iba a ir? responde con una voz apagada, perdido tras el cristal. Mi mujer Allí lleva ya año y medio. Prometí que iría todos los días.
A Lucio se le encoge algo dentro. Casado y devoto de su esposa, le resulta imposible imaginarlo.
¿Vive lejos?
Qué va, en autobús son treinta minutos. Andando me tardaría el doble, y las piernas ya no me acompañan. La pensión me da justo para el bonobús.
Y los días pasaron, y Eulogio Martín se hizo ya un elemento fijo de la línea matutina. Lucio lo esperaba, incluso lo añoraba. Si alguna mañana llegaba con retraso, Lucio se detenía algún minuto más en la parada.
No debe esperarme, le dijo un día el anciano, adivinando el amable retraso del conductor. El horario es el horario.
Bah, por un par de minutos no pasa nada, hombre.
Una mañana, Eulogio Martín no aparecía. Lucio esperó pero nada. Al siguiente día, tampoco. Y otro más.
Oye, ¿te suena el señor mayor ése que iba todos los días al cementerio? le preguntó a la revisora, Doña Milagros Serrano. Hace días que no le veo, ¿estará malo?
Vete tú a saber responde la mujer, encogiéndose de hombros. Igual le han venido a visitar los hijos, o cualquier cosa.
Pero Lucio sentía un desasosiego inexplicable. Echaba de menos al anciano, a su gracias pausado al bajar, esa sonrisita triste.
Pasó una semana y Eulogio seguía sin aparecer. Así que, decidido, Lucio empleó su descanso del mediodía y tomó el autobús hasta el final del recorrido, en la parada junto al cementerio.
Disculpe le preguntó a la señora que cuidaba la entrada, viene por aquí un señor mayor, Eulogio Martín, con gafas, siempre con una bolsa ¿no lo habrá visto últimamente?
¡Ah, claro, el del ramo! La mujer se anima. Venía cada mañana a visitar a su esposa.
¿Ya no viene?
Lleva más de una semana sin aparecer.
¿Y no sabrá si le ha pasado algo?
Él me dio una vez la dirección: vive cerca, en la calle Azahar, el portal quince. ¿Y usted quién es?
El conductor del autobús. Le llevaba cada mañana.
Calle Azahar, número 15. Un bloque de pisos antiguo, la pintura desconchada en la entrada. Lucio sube al segundo, llama a la primera puerta.
Le abre un hombre de unos cincuenta, con gesto cansado.
¿A quién busca?
A Don Eulogio. Soy el conductor del bus, él subía siempre conmigo
Ah, el señor del piso doce el rostro del vecino se suaviza un instante. Está ingresado en el hospital. Le dio un ictus hace una semana.
A Lucio le falla el pulso.
¿En cuál?
En el Virgen de la Vega, por la calle de San Pablo. Dicen que estuvo muy mal, pero parece que poco a poco mejora.
Esa misma tarde, tras el turno, Lucio va al hospital. Con ayuda de la enfermera localiza la planta.
¿Don Eulogio? Sí, está aquí. ¿Es usted?
Un amigo, podríamos decir.
Habitación seis. Procure no cansarle, está mejor pero aún flojo.
Don Eulogio está recostado junto a la ventana, pálido pero despierto. Cuando ve a Lucio, tarda en reconocerle, pero luego los ojos se le iluminan con asombro.
¿Lucio? ¿Cómo me ha encontrado?
Pues preguntando sonríe torpemente el conductor, dejando una bolsa de frutas en la mesilla. Como no le veía, me preocupé.
¿Le he preocupado yo a usted? algo brilla en los ojos húmedos del viejo. No soy nadie, hijo
¿Cómo que no? Mi pasajero fiel. Cada mañana espero verle.
Don Eulogio calla, la vista perdida en el techo.
Hace diez días que no voy al cementerio susurra, derrotado. Por primera vez en año y medio. He fallado a mi promesa
No diga eso, don Eulogio. Su mujer lo comprendería, la salud es lo primero.
No lo sé niega el anciano. Yo le contaba todo, el tiempo, cómo iban las cosas Y ahora aquí, sin poder ir, y ella allí sola
Lucio, conmovido por el desconsuelo, no necesita pensarlo más.
¿Quiere que vaya yo? A verla por usted. Le cuento que está aquí, que pronto estará mejor
Don Eulogio lo mira, y en sus ojos mezcla de incredulidad y esperanza.
¿Lo haría? ¿Por alguien que apenas conoce?
¡Pero qué dice! sonríe Lucio. Dos años viéndonos cada día. Eso le hace más cercano que a muchos parientes.
El domingo, Lucio se presenta en el cementerio. Encuentra la lápida: la foto de una mujer joven, ojos suaves y sonrisa bondadosa. Leonor Sanz Álvarez. 1952 – 2024.
Vacila, pero acaba hablando:
Buenas tardes, doña Leonor. Soy Lucio, el conductor del bus. Su marido iba a visitarla cada mañana Ahora está en el hospital, pero se está recuperando. Me ha pedido que le diga que la quiere mucho y pronto vendrá
Habla un poco más: de buen hombre, de la lealtad de don Eulogio, de lo mucho que la echa de menos. Siente pudor, pero una voz interior le confirma que es lo correcto.
Ya en el hospital, encuentra a don Eulogio tomando un té. Tiene mejor semblante.
Fui le dice Lucio. Le conté todo.
¿Y cómo estaba todo? le tiembla la voz.
Bien, limpio, con flores frescas. Algún vecino debió llevárselas. Y su mujer le espera.
Eulogio cierra los ojos. Unas lágrimas serenas le cruzan las mejillas.
Gracias, hijo Gracias
Dos semanas después, le dan el alta. Lucio le espera a la salida para llevarle a casa.
¿Mañana le veo? le pregunta al apearse.
Por supuesto, Lucio. A las ocho, como siempre.
Y en efecto, a la mañana siguiente, Don Eulogio está en su asiento. Pero algo ha cambiado. Ya no son sólo conductor y viajero habitual: una amistad callada les une.
Mire, don Eulogio, le dice Lucio un sábado, si quiere, los fines de semana le llevo yo en mi coche, así, como amigos. No es molestia.
Pero, ¿cómo se le ocurre?
Porque ya me he acostumbrado sonríe Lucio. Es más, mi esposa dice que a buena gente hay que cuidarla.
Y así siguieron. Durante la semana, autobús municipal; los domingos, Lucio le lleva al cementerio. Incluso a veces llevaba a su esposa: se hicieron amigos.
Sabes dice Lucio una tarde a su mujer, yo pensaba que esta era una rutina más: pasajeros, horarios Pero cada persona que sube lleva su historia, su vida
Eso es, cariño le responde ella. Menos mal que no miraste para otro lado.
A veces, Don Eulogio les dice con la voz temblorosa:
Cuando perdí a Leonor, pensé que ya no tenía sentido mi vida. ¿Para qué iba a estar yo ya aquí? Pero resulta que la gente no es tan indiferente. Y eso vale mucho.
***
Y tú, ¿has visto alguna vez cómo la gente sencilla puede hacer cosas enormes?





